La Asociación de Vecinos Tesorillo organiza talleres de pintura para personalizar el complemento estrella de la feria

El artista melillense, Francisco Peinado continuará con la customización de abanicos, la próxima semana

En una época donde el aire acondicionado domina los veranos, las vecinas del Tesorillo han decidido que hay herramientas que nunca pasan de moda. Armadas con pinceles, colores y mucha creatividad, se han propuesto que los abanicos de las próximas fiestas patronales lleven el sello personal de cada una.

"Los abanicos los hicimos el otro día, y ahora empezamos el día 18 porque lo queremos terminar para las feria", explica Juani, presidenta de la Asociación de Vecinos del Tesorillo. Con la naturalidad de quien organiza una revolución artística sin darse cuenta, añade: "El 4 de septiembre tenemos la junta de la feria aquí, así que hay que tenerlos listos".

En los talleres del Tesorillo no hay dos abanicos iguales. "Cada una ha hecho lo que le gusta", comenta la presidenta mientras muestra orgullosa las creaciones que adornan el local. Flores de todos los colores, diseños geométricos, y patrones que van desde lo clásico hasta lo sorprendentemente moderno pueblan estos lienzos de varillas.

El proceso, según relatan las participantes, es adictivo. "Estuvimos cuatro días, cuatro mujeres nada más, pero muy contentas", reconoce una de las artistas improvisadas. El método es sencillo: se proporciona el abanico base y cada mujer deja volar su imaginación. "Ese está pintado como una rosa", señala una vecina observando uno de los diseños, "y ese de ahí parece una pata", añade entre risas otra participante.

El abanico en España no es solo un utensilio contra el calor. Es un idioma silencioso, un complemento de elegancia y, en fiestas y ferias, prácticamente un carné de identidad. En Andalucía, una mujer sin abanico en feria es como un guitarrista sin guitarra: técnicamente posible, pero extraño de ver.

"Antes no había aire acondicionado, y la gente se las arreglaba", recuerda una de las vecinas mayores. "El abanico era fundamental". Pero más allá de su función práctica, el abanico se convirtió en un elemento de distinción social y feminidad. El movimiento elegante de la muñeca, la manera de cerrarlo, incluso dónde apoyarlo, formaba parte de un código no escrito que las mujeres dominaban con maestría.

La variedad de diseños sorprende por su diversidad. Los hay florales, de pájaros, y algunos que desafían cualquier clasificación artística conocida. "Este me encanta", dice una vecina señalando un diseño particularmente colorido.
Sin proponérselo, el taller de abanicos se ha convertido en algo más que una actividad preparatoria para las fiestas. "Yo que no pinto", confiesa una de las participantes, "pero esto es diferente". El ambiente relajado, las conversaciones entre pincelada y pincelada, y la satisfacción de crear algo bonito con las propias manos han convertido las sesiones en una especie de terapia grupal con aire acondicionado natural incluido.
Cada abanico cuenta una historia, refleja una personalidad y, sobre todo, garantiza que su portadora no pasará desapercibida en las fiestas.

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