Cultura y Tradiciones

Juan Carlos Cavero reivindica el sufismo como camino de iluminación y reconciliación con el mundo en el Festival de Fez

El profesor y presidente del Fórum Filosófico de Melilla participó en la XVIII edición del Festival de la Cultura Sufí de Fez, celebrado del 17 al 24 de octubre bajo el lema "La poésie mystique, élixir de guérison"

El profesor Juan Carlos Cavero, presidente del Fórum Filosófico de Melilla y delegado permanente de la Unión Nacional de Escritores de España para las Relaciones con el Mundo Árabe, participó en la XVIII edición del Festival de Fez de la Cultura Sufí, celebrado entre el 17 y el 24 de octubre bajo el título "La poésie mystique, élixir de guérison", una convocatoria dedicada a la capacidad de la poesía mística para actuar como fuente de conocimiento, transformación interior y sanación espiritual.

En este encuentro internacional, que sitúa la tradición sufí en el centro del diálogo entre la espiritualidad, la filosofía y las manifestaciones artísticas, Cavero presentó una reflexión sobre el sufismo como vía de iluminación y perfeccionamiento humano, capaz de conectar la experiencia estética con la búsqueda de la trascendencia y el reconocimiento de la belleza presente en toda la creación.

Bajo el título "El sufismo es un medio homogéneo para alcanzar la iluminación", el profesor melillense articuló una intervención en la que convergen la filosofía occidental, el pensamiento místico islámico y una crítica de determinados comportamientos de la sociedad contemporánea. Su exposición partió de una idea fundamental: la experiencia de la belleza puede abrir al ser humano las puertas de una transformación interior cuando existe una disposición sensible para reconocerla y vivirla plenamente.

Cavero comenzó su intervención reivindicando la capacidad de los momentos de intensa emoción estética para conducir al individuo hacia una experiencia de plenitud. Un instante vivido con tal intensidad que parece aspirar a la eternidad puede convertirse, según explicó, en una oportunidad para superar los límites de la percepción cotidiana y acceder a una dimensión más profunda de la existencia.

Para ilustrar esta idea, recurrió al concepto de Augenblick, asociado a la tradición existencialista y, particularmente, al pensamiento de Søren Kierkegaard. El término alude al instante decisivo en el que la experiencia temporal adquiere una profundidad excepcional y parece abrirse a la eternidad. Cavero relacionó esa vivencia con la mirada del amor, expresada mediante la fórmula árabe Nadarat lhub, con la que quiso subrayar el valor de la contemplación y del encuentro con el otro.

En este recorrido filosófico también incorporó el pensamiento de Georg Lukács y su reflexión sobre la catarsis estética como instrumento de perfeccionamiento personal. La experiencia artística, desde esta perspectiva, no se limita al disfrute de una obra, sino que puede transformar la manera en que el individuo comprende su propia existencia y se relaciona con los demás.

El profesor distinguió así entre el "hombre entero", arraigado en las obligaciones y necesidades de la vida ordinaria, y el "hombre enteramente", capaz de elevarse espiritualmente a través de experiencias de sublimidad. Ambos estados, precisó en su planteamiento, no pueden separarse de manera definitiva: el ser humano necesita mantener sus vínculos con la realidad cotidiana, pero también debe preservar la sensibilidad necesaria para acceder a aquello que trasciende lo inmediato.

De ahí su llamamiento a defender la contemplación frente a una vida absorbida por las rutinas, la indiferencia y la búsqueda permanente de resultados prácticos. Para Cavero, conservar la capacidad de asombro constituye una forma esencial de libertad.

Crítica a la vanidad

Otro de los ejes de la intervención fue la crítica a la vanidad como rasgo de la sociedad contemporánea. El profesor advirtió sobre los efectos de la búsqueda desmedida de fama, honores y dinero, objetivos que, en su opinión, pueden terminar convirtiéndose en formas de servidumbre y alimentar sentimientos como la envidia, el odio y la insatisfacción.

En su análisis, la necesidad constante de reconocimiento social favorece la construcción de jerarquías artificiales y el sentimiento de pertenencia a determinadas élites. Este proceso, sostuvo, puede debilitar la espontaneidad individual y fomentar un ego desproporcionado, más preocupado por aparentar superioridad que por alcanzar una verdadera mejora personal.

Frente a esa dinámica, Cavero defendió una concepción de la excelencia basada en el crecimiento interior y no en la acumulación de prestigio o bienes materiales. La aspiración fundamental, según su planteamiento, no debería consistir en tener más, sino en ser mejores.

Esta reflexión enlazó con la tesis central de su exposición: el sufismo constituye un "medio homogéneo" para la catarsis porque, a través de sus tradiciones, escuelas espirituales y comunidades, ofrece un marco para desarrollar la contemplación, cultivar la sensibilidad y transformar la conducta.

El profesor destacó en este sentido la continuidad histórica de las tariqas, las vías o cofradías sufíes, y el papel de sus sheikhs, maestros que orientan el camino espiritual de sus discípulos. En su interpretación, estas tradiciones mantienen una autonomía hermenéutica vinculada a la santidad y proporcionan un espacio en el que la búsqueda interior puede desarrollarse al margen de la primacía de los objetivos materiales.

Ibn Arabi

La exposición adquirió una dimensión específicamente sufí al abordar el concepto de Al-Insân Al-Kâmil, el ser humano perfecto, asociado al pensamiento del místico y filósofo murciano Ibn Arabi. Cavero relacionó esta figura con la idea del "hombre enteramente" y con la metanoia, entendida como transformación profunda de la conciencia, así como con el término sufí fath, vinculado a la apertura espiritual y a la iluminación.

El ideal del ser humano perfecto representa, dentro de esta tradición, a quien ha logrado superar el dominio de sus impulsos más elementales y trascender una existencia limitada por el egoísmo, el automatismo y el comportamiento gregario. Se trata de alcanzar una comprensión integradora de las dimensiones interior y exterior de la realidad, de manera que la sensibilidad espiritual transforme la relación del individuo consigo mismo, con los demás y con el universo.

Para el profesor melillense, este horizonte de perfeccionamiento no debe entenderse como una huida del mundo, sino como una forma diferente de habitarlo. La iluminación espiritual implica reconocer una unidad más amplia de la existencia y actuar de acuerdo con esa comprensión.

En este punto, su intervención conectó la tradición mística islámica con algunos de los grandes debates filosóficos de la actualidad, entre ellos el posthumanismo y el desarrollo de la inteligencia artificial. Cavero planteó la necesidad de reflexionar sobre el sentido de la superación humana en un contexto en el que las nuevas tecnologías cuestionan los límites tradicionales entre lo biológico, lo artificial y lo propiamente humano.

Para desarrollar esta idea recurrió a Friedrich Nietzsche, cuya reflexión sobre el superhombre interpretó como una invitación a pensar en la educación y en la capacidad de superación del individuo. Citó la conocida imagen de la cuerda tendida entre el animal y el superhombre, suspendida sobre un abismo, para representar el carácter exigente del camino hacia una humanidad capaz de trascender sus limitaciones.

En su lectura, ese itinerario puede ponerse en diálogo con el ideal sufí de Al-Insân Al-Kâmil: no como una identificación automática entre ambas tradiciones, sino como una oportunidad para explorar distintas concepciones del perfeccionamiento humano.

El arte islámico

La dimensión estética ocupó un lugar central en el discurso de Cavero, especialmente al referirse a las manifestaciones artísticas del islam y a las expresiones vinculadas al misticismo sufí. La hadra, el sama, la poesía, la música, los mosaicos, la arquitectura y la caligrafía fueron presentados como formas de aproximación a una belleza que, desde la perspectiva espiritual expuesta por el profesor, remite a la perfección de la creación.

La máxima "Dios es bello y ama la belleza" sintetizó esta concepción, en la que la experiencia estética adquiere una dimensión que va más allá de lo ornamental. La belleza se convierte en una vía de conocimiento y contemplación, capaz de despertar en el ser humano la intuición de una realidad más profunda.

Cavero evocó asimismo el pensamiento de Ibn Arabi para defender que el mundo, contemplado desde esta sensibilidad mística, puede ser comprendido como una manifestación de belleza. En la cita incorporada a su intervención, el pensador murciano aparece como defensor de una creación en la que todo alcanza su propia plenitud estética.

Esta perspectiva permite comprender el papel que desempeñan las prácticas artísticas y rituales en las comunidades sufíes. La música, el movimiento, la poesía y la repetición de determinadas fórmulas espirituales no se presentan únicamente como expresiones culturales, sino como experiencias compartidas que favorecen la concentración, la cohesión y la búsqueda interior.

En el contexto de un festival dedicado a la poesía mística como "elixir de sanación", la reflexión de Cavero situó estas manifestaciones en el espacio de encuentro entre arte, espiritualidad y transformación humana.

La fuerza de la solidaridad

El profesor también dedicó una parte de su intervención a la función de las tariqas y las zawiyas, espacios y comunidades vinculados a la tradición sufí. En ellas, señaló, se establecen relaciones que se fortalecen mediante la convivencia, las prácticas compartidas y unas normas transmitidas a lo largo de generaciones.

Estas comunidades pueden ofrecer un marco de apoyo a quienes buscan desarrollar su vida espiritual y fortalecer sus vínculos con los demás. Cavero destacó así el valor de la pertenencia comunitaria frente a la soledad y al individualismo, sin renunciar a la responsabilidad personal que exige todo camino de transformación.

Para expresar esta idea, recurrió a un antiguo dístico que invita a aspirar a la totalidad y, cuando no resulta posible alcanzarla individualmente, a integrarse como miembro al servicio de un todo.

La referencia sirvió para subrayar que el crecimiento interior no tiene por qué constituir un proceso aislado. La relación con los compañeros de camino, los foqara, y la orientación del sheikh forman parte de una experiencia en la que la búsqueda personal se desarrolla en compañía.

De este modo, la solidaridad aparece en su discurso como una dimensión inseparable de la espiritualidad. La comunidad no elimina la singularidad del individuo, sino que puede contribuir a sostenerla y orientarla hacia una convivencia más consciente.

Conciencia viva de la naturaleza

La relación entre el ser humano y el mundo natural constituyó otro de los asuntos destacados de la intervención. Cavero defendió una concepción holística de la naturaleza, entendida como una realidad interconectada de la que el ser humano forma parte y a la que no debería tratar como un simple recurso disponible para su explotación.

Desde esta perspectiva, el sufismo invita a reconciliarse con la physis, es decir, con la naturaleza, y a reconocer la unidad de la existencia. La creación no debe ser concebida como algo ajeno al individuo, sino como una totalidad de la que depende su propia vida.

El profesor contrapuso esta visión a lo que describió como una sociedad deshumanizada, dominada por el pragmatismo neoliberal y por una interpretación materialista de la realidad. Su crítica se dirigió especialmente a una lógica que, a su juicio, reduce el mundo a materia y energía y subordina sus recursos a las exigencias de la productividad y el crecimiento económico.

Frente a ese modelo, propuso recuperar una sensibilidad capaz de reconocer el valor intrínseco de la naturaleza y la responsabilidad humana hacia el conjunto de la creación. En su planteamiento, el mundo puede comprenderse como una realidad viva y sensible, cuya integridad exige respeto, cuidado y una actitud de no violencia.

Esta posición implica también una exigencia ética: el dominio de uno mismo, la moderación y el respeto por los demás y por el entorno deben traducirse en comportamientos concretos. La sabiduría, por tanto, no puede quedar reducida a un conocimiento teórico, sino que ha de convertirse en una forma de vida.

Cavero advirtió de que el deterioro de la naturaleza y la pérdida de sensibilidad hacia ella terminan repercutiendo sobre la propia humanidad. La defensa del mundo natural se presenta así como una condición para preservar una existencia verdaderamente humana.

Paz duradera

En el tramo final de su exposición, el profesor melillense volvió sobre la relación entre belleza, amor y conocimiento. Frente a una comprensión de la ciencia basada en la probabilidad, la indeterminación y los modelos explicativos, describió la aspiración mística como una búsqueda de comprensión profunda de la totalidad de la existencia.

Esta búsqueda, explicó, permite interpretar el sentido del sacrificio, la ritualidad, el amor y la convicción pacífica que orientan la vida de quienes siguen el camino sufí. No se trata únicamente de conocer el mundo desde fuera, sino de aprender a experimentarlo y comprenderlo desde una relación consciente con el conjunto de lo creado.

La propuesta de Cavero culminó con una apelación a la esperanza y a la posibilidad de construir una relación más armónica entre las personas y su entorno. La mirada del amor, expresada en su discurso mediante la fórmula Ainin el hob, se convirtió en la imagen final de una aspiración universal: que la humanidad sea capaz de reconocer, saborear y respetar la belleza del mundo.

Su intervención en el Festival de Fez de la Cultura Sufí situó así el pensamiento místico en diálogo con cuestiones contemporáneas como la crisis de valores, la soledad, el impacto de las tecnologías y el deterioro ambiental. A través de referencias que abarcan desde Kierkegaard y Lukács hasta Nietzsche e Ibn Arabi, el profesor defendió una espiritualidad que no busca apartar al ser humano de la realidad, sino ayudarlo a vivir en ella con mayor conciencia, sensibilidad y responsabilidad.

La conclusión de su mensaje quedó formulada como un deseo de alcance universal: que la experiencia de la belleza y la mirada del amor contribuyan a hacer posible una humanidad reconciliada consigo misma, con la naturaleza y con la totalidad de la creación, capaz de avanzar hacia una "Paz perpetua".

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