Cultura y Tradiciones

José Luis Abad: "Hay muchas formas de interpretar las cosas y de mirarlas"

Las 44 piezas de 'El arte que permanece' rescatan obras de los fondos municipales que permiten reconstruir su historia artística de la ciudad

En la segunda planta del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo La Casa del Reloj, entre cuadros que recogen distintas miradas sobre Melilla y esculturas que se remontan a las primeras décadas del siglo XX, José Luis Abad recorre una parte de la historia artística de la ciudad. A su alrededor, 44 piezas plásticas y escultóricas componen El arte que permanece, una exposición que reúne obras procedentes de los fondos municipales y que permite acercarse a un patrimonio que, durante años, ha permanecido repartido entre distintas dependencias públicas y espacios de conservación. Algunas de estas creaciones han ocupado despachos y edificios institucionales; otras aguardaban en los almacenes de San Juan, donde se custodian, preparan y restauran buena parte de las pinturas municipales. Ahora comparten espacio para mostrar no solo el resultado de diferentes procesos creativos, sino también las distintas formas en que los artistas han observado, representado e interpretado Melilla.

La exposición toma como hilo conductor los premios artísticos conservados en los fondos municipales. Una selección que, como advierte su comisario, no pretende reunir la totalidad de las obras premiadas ni ofrecer un inventario completo de la colección. "No son todos los que están ni están todos los que son", explica Abad. Hay piezas reconocidas en certámenes que continúan colgadas en los despachos nobles del Palacio de la Asamblea y otras que no han podido incorporarse por cuestiones de espacio. La muestra se ha construido, por tanto, a partir de las obras disponibles en los almacenes de San Juan, con una selección que también atiende a los formatos y a la disposición de las piezas. Abad ha querido evitar la saturación de las salas: "Una cosa que odio mucho es el horror vacui, el miedo a llenar". De ahí que se haya optado por mantener cierta distancia entre las obras y una coherencia visual que permita contemplarlas sin que unas terminen por imponerse sobre otras.

La reunión de estas piezas ofrece, además, una aproximación a la formación del patrimonio artístico melillense y a los cambios que experimentó la ciudad desde comienzos del siglo XX. Abad sitúa en torno a 1900 el momento en el que Melilla empieza a desarrollar una actividad artística vinculada a su transformación urbana y social. Hasta entonces, recuerda, su configuración era muy distinta. "Melilla empieza a funcionar en el sentido de ciudad, en el sentido de Occidente, a partir de 1900. Antes era un castillo". La llegada de población para ocupar y construir el territorio, la actividad de los obreros, los arquitectos, los pintores, los escultores y los diferentes maestros artesanos fueron configurando un escenario en el que también comenzó a crecer la demanda de manifestaciones artísticas.

La expansión urbanística trajo consigo nuevos edificios, plazas y espacios públicos que necesitaban ser ornamentados. El desarrollo del triángulo modernista y de los primeros recintos de la ciudad estuvo acompañado por la llegada de profesionales de distintos oficios y por el establecimiento de escuelas de formación. Entre ellos se encontraban maestros de albañilería, hierro y madera, además de artesanos especializados en trabajos como los suelos hidráulicos. Aquella actividad constructiva fue creando las condiciones para que la pintura y la escultura encontraran un lugar en la vida cotidiana de Melilla. También apareció una nueva demanda de retratos y representaciones destinadas a conservar la imagen de las personas y de los espacios. "La gente se quiere inmortalizar. Antes no había cámaras. Antes era una pintura lo que te inmortalizaba. O una escultura", recuerda el comisario.

El recorrido histórico que plantea Abad permite comprender cómo aquella actividad inicial fue adquiriendo continuidad. Según los inventarios municipales, hasta 1918 la ciudad contaba con apenas tres cuadros registrados. Después llegaron las primeras iniciativas de enseñanza artística, entre ellas la escuela de pintura impulsada por Juan Francés, y fueron desarrollándose diferentes espacios de formación. Las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta ampliaron progresivamente ese movimiento, mientras que los certámenes y concursos que comenzaron a celebrarse a finales de los años cincuenta contribuyeron a atraer artistas y a incorporar nuevas obras a las colecciones públicas.

Algunas de las esculturas expuestas remiten precisamente a aquellos primeros concursos vinculados a la transformación de la ciudad. En otra de las salas se encuentra una pieza de Juan López López, fechada en 1929, que obtuvo el reconocimiento en un concurso en el que también participó Manescau, escultor al que Abad sitúa entre los nombres de referencia de la época. Ambos habían concurrido a proyectos de relevancia pública, como el monumento de la Plaza de España. La obra premiada de Juan López forma parte de una historia escultórica que no se limita a las salas del museo. Melilla conserva numerosas esculturas en sus calles, algunas de ellas vinculadas a encargos y concursos que acompañaron la construcción de sus espacios urbanos.

El comisario recuerda también el peso material de estas obras y la dimensión de algunos de aquellos proyectos. El soldado de bronce relacionado con el monumento de la Plaza de España, explica, alcanza los 800 kilos. Una referencia que permite acercarse a la escala de los encargos públicos y a los procedimientos de fundición empleados en la escultura monumental. Cada pieza conserva, de este modo, una relación con el momento histórico en el que fue concebida, con los gustos estéticos de su época y con las necesidades de representación de una ciudad que iba adquiriendo una nueva configuración.

La diversidad de lenguajes artísticos se aprecia especialmente en las esculturas reunidas en la exposición. Abad señala las diferencias entre las figuras de inspiración art déco, de rostros estilizados y líneas más depuradas, las propuestas de carácter vanguardista y las representaciones de corte clásico. Entre ellas menciona una obra de Lalo Simón, que permite establecer una comparación con otros planteamientos escultóricos presentes en las salas. "Hay muchas formas de interpretar las cosas y de mirarlas", apunta. La exposición reúne precisamente esas distintas maneras de abordar una figura, un rostro o una composición, mostrando cómo los artistas han ido modificando sus recursos expresivos a lo largo del tiempo.

En las pinturas, esa diversidad se traslada a la manera de representar la ciudad. Melilla aparece a través de sus paisajes, sus espacios y sus elementos reconocibles, pero también desde sensibilidades y técnicas diferentes. Las obras permiten observar cómo cambia la mirada de los artistas y cómo un mismo entorno puede convertirse en imágenes muy distintas según el lenguaje plástico empleado. La distribución de las piezas, organizada en torno a distintos aspectos temáticos y estéticos, facilita esa comparación entre generaciones y estilos. En la planta superior, donde se encuentran obras vinculadas a certámenes de arte joven, se perciben otras formas de tratamiento y una relación diferente con la imagen y la composición.

Detrás de cada cuadro expuesto existe, además, un proceso de localización, documentación y conservación que forma parte del trabajo desarrollado sobre los fondos municipales. Abad reconoce que la revisión de las colecciones ha permitido descubrir obras cuya existencia desconocía y recuperar información que no siempre resulta visible a primera vista. También ha puesto de manifiesto las pérdidas ocasionadas por el paso del tiempo y por las condiciones ambientales. La humedad de Melilla, la aparición de hongos y la oxidación han afectado a numerosas piezas, especialmente a las más antiguas. En los primeros años del siglo XX, recuerda, no siempre se disponía de lienzos adecuados y algunos artistas pintaban sobre sábanas, materiales cuya resistencia frente a la humedad y el deterioro era limitada.

A pesar de esas pérdidas, el patrimonio conservado es amplio. El comisario considera que Melilla cuenta con un conjunto de arte contemporáneo muy completo, desarrollado desde comienzos del siglo XX y enriquecido con las sucesivas generaciones de artistas que han trabajado en la ciudad o han llegado a ella para participar en sus concursos. Su conservación requiere una labor continuada, en la que intervienen restauradores contratados por la Administración para atender las obras que presentan problemas específicos. Abad pone como ejemplo varios cuadros de gran formato situados en el hall del Ayuntamiento, entre ellos el de la Inmaculada y el de Fray Bartolomé, que han sido objeto de restauración.

También se recurre a la incorporación de restauradores a través de los planes de empleo, una fórmula que ha permitido intervenir sobre piezas afectadas por la oxidación, los hongos y otros deterioros. Abad recuerda especialmente el hallazgo de un retrato de Alfonso XIII relacionado con el antiguo cuartel de la Base Alfonso XIII. Durante la Guerra Civil, la obra fue escondida y troceada para protegerla. El comisario localizó una fotografía del cuadro en su formato mural, completamente deteriorado, y pudo comprobar posteriormente el resultado de su recuperación. La pintura se encuentra actualmente en la sala noble del acuartelamiento. "Una pasada", resume al recordar aquella restauración.

La conservación de una obra, sin embargo, comienza mucho antes de que sea necesaria una intervención. La catalogación constituye una de las tareas fundamentales para conocer los fondos, establecer su procedencia y documentar sus características. Abad sitúa en 1998 uno de los primeros inventarios oficiales de la colección municipal, cuando se contabilizaron alrededor de 200 cuadros. Hasta entonces, muchas piezas habían sido consideradas enseres y no existía una documentación sistemática sobre ellas. A partir de aquella primera catalogación comenzó a organizarse la información por título, autor y fecha, entre otros datos. En torno al año 2000, el número de obras registradas había aumentado hasta unas 500 y, en la actualidad, el fondo pictórico municipal se sitúa aproximadamente entre 700 y 800 cuadros.

En ese trabajo, la observación no se limita a la superficie pintada. El reverso de cada cuadro y su marco también forman parte de la investigación. "La gente ve los cuadros por delante, pero por detrás hay mucha información que es muy interesante", explica Abad. Una firma, una anotación manuscrita o una inscripción pueden aportar datos sobre la autoría, la procedencia o la historia de una pieza. También se examinan los marcos, su construcción, el tipo de madera y los sistemas de ensamblaje. Son elementos que permiten contrastar información y descubrir aspectos que no aparecen en la imagen. Para el comisario, revisar estos detalles constituye una parte imprescindible del proceso de catalogación.

La colección municipal se ha ido formando mediante diferentes vías de adquisición. Una de ellas ha sido la compra de obras vinculada a exposiciones organizadas por instituciones y entidades públicas. Abad recuerda que esta práctica ya se utilizaba en las muestras celebradas durante las décadas de los cuarenta y cincuenta, cuando la adquisición de alguna pieza permitía incorporar a los fondos municipales trabajos de los artistas participantes. También menciona las compras directas y la aportación de generaciones de pintores que han contribuido al crecimiento de la colección.

A partir de los años noventa, los certámenes adquirieron un papel destacado en esa incorporación de obras. La Bienal, el Certamen Nacional de Pintura y Escultura de Melilla y otras convocatorias, como las relacionadas con el arte joven o la mujer, fueron ampliando los fondos. En estos concursos, los premios pasan a formar parte de la colección municipal. Pero no todas las obras que permanecen en la ciudad llegan por esa vía. Algunos artistas procedentes de otros lugares, después de participar en los certámenes, han decidido dejar sus trabajos como donación. A ello se suman las aportaciones particulares de familias que entregan pinturas heredadas o colecciones que ya no pueden conservar.

Abad recuerda que esta sensibilidad hacia la conservación del patrimonio no siempre ha existido. Durante años, algunas pinturas terminaron en el rastro o directamente en la basura. En ocasiones, las familias no sabían qué hacer con las obras heredadas y optaban por desprenderse de ellas. El comisario ha llegado a encontrar cuadros desechados que posteriormente han podido incorporarse a los fondos. Uno de ellos se encuentra en esta misma exposición. La experiencia le permite constatar el cambio en la consideración social del patrimonio artístico y la importancia de contar con mecanismos que faciliten su conservación y donación.

La muestra también permite observar cómo las distintas generaciones han representado la ciudad desde perspectivas diferentes. No se trata únicamente de reunir obras premiadas, sino de ofrecer al visitante una visión de la evolución pictórica y escultórica de Melilla a través de sus autores. Abad insiste en que la selección no pretende establecer jerarquías ni dejar fuera a quienes han contribuido a la historia artística local. La ausencia de determinadas obras responde a los criterios de selección y a las limitaciones de espacio, no a una valoración de su calidad. La intención es que esta exposición pueda dar paso a otras muestras que aborden los fondos desde nuevos planteamientos estéticos y temáticos.

Entre las posibilidades que el comisario contempla se encuentra también la recuperación del certamen de pintura rápida. Abad habla de esta modalidad con especial entusiasmo y recuerda el ambiente que se genera cuando los artistas trabajan al aire libre, con el público observando cómo una imagen de la ciudad va trasladándose al lienzo. "Es una fiesta del arte", afirma. Para él, la calle se convierte entonces en una galería abierta, un espacio donde el proceso creativo puede contemplarse directamente y donde la ciudad recupera su relación con la pintura.

Al terminar el recorrido, El arte que permanece deja sobre la mesa una parte de esa historia que todavía continúa escribiéndose. Las obras reunidas proceden de distintas épocas, autores y circunstancias, pero comparten su incorporación a una colección pública que sigue creciendo y que requiere investigación, documentación y cuidados para llegar a las generaciones futuras. En las salas de La Casa del Reloj, los cuadros y las esculturas permiten reconocer los cambios de la ciudad, sus espacios y las diferentes maneras de mirarla. Como señala José Luis Abad, se trata de mostrar "los distintos aspectos que un artista capta a la hora de interpretar algún espacio". Una historia visual que, gracias a la conservación y a la apertura de estos fondos, comienza a salir de los almacenes para encontrarse con quienes también forman parte de ella: los ciudadanos.

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