Isabel Migallón el día de la ceremonia en el Salón Dorado. -JCF-
El momento en que le comunicaron que recibiría el Premio Lourdes Carballa 2026 aún lo recuerda con una mezcla de sorpresa, emoción y cierta incredulidad. Isabel Migallón no esperaba un reconocimiento de este tipo. Durante años ha desarrollado su trabajo en un ámbito mucho más silencioso y discreto: el de los archivos, los documentos antiguos y las historias que esperan pacientemente a ser descubiertas entre páginas amarillentas. Por eso, cuando escuchó su nombre vinculado a este galardón, lo primero que sintió fue desconcierto. Solo con el paso de los días, tras recibir numerosos mensajes de felicitación y muestras de cariño, empezó a asumir que aquel reconocimiento era real.
El pasado 6 de marzo, el Salón Dorado del Palacio de la Asamblea de Melilla acogió el acto institucional de entrega de este premio que distingue una trayectoria dedicada a investigar y divulgar la historia de la ciudad. Un reconocimiento que Migallón recibe con gratitud, aunque insiste en interpretarlo de una manera muy concreta: para ella, las verdaderas protagonistas de este galardón no son quienes lo reciben, sino las mujeres cuyas historias ha ido recuperando durante años de investigación. Mujeres que formaron parte de la vida cotidiana de Melilla y cuyos nombres, en muchos casos, quedaron relegados al anonimato en los relatos históricos tradicionales.
La relación de Migallón con el pasado de la ciudad comenzó hace décadas en un lugar que terminaría marcando profundamente su trayectoria: el Archivo Histórico de la Ciudad de Melilla. Allí trabajó durante 25 años, rodeada de expedientes, registros administrativos y periódicos antiguos que, poco a poco, se fueron convirtiendo en una ventana abierta al pasado. En ese entorno aprendió que la historia no se compone únicamente de grandes acontecimientos o episodios memorables, sino también de pequeñas huellas dispersas que revelan cómo vivía realmente una sociedad. Cada documento, cada anotación o cada noticia aparentemente menor podía contener un fragmento de vida capaz de iluminar una parte olvidada de la ciudad.
Entre las fuentes que más han marcado su forma de investigar ocupa un lugar destacado el Telegrama del Rif, una publicación que considera fundamental para comprender la Melilla de principios del siglo XX. Sus páginas ofrecen un retrato detallado del día a día de la ciudad: anuncios de comercios, noticias sociales, referencias a academias, aperturas de negocios o crónicas que reflejan el pulso cotidiano de una comunidad en constante crecimiento. Migallón reconoce que, con el tiempo, aquel periódico se convirtió casi en una obsesión investigadora. En sus páginas descubrió una Melilla dinámica y diversa, llena de historias pequeñas que, juntas, conforman el verdadero tejido de la vida colectiva.
Fue precisamente durante ese minucioso trabajo de lectura cuando comenzó a advertir algo que despertó su curiosidad y que terminaría orientando buena parte de sus investigaciones: la escasa presencia de nombres femeninos en los registros históricos. Las mujeres aparecían con frecuencia en las crónicas, pero casi siempre mencionadas de forma indirecta, como esposas, madres o hijas de otros protagonistas. Aquella ausencia la llevó a plantearse una pregunta que acabaría marcando su trabajo durante años: dónde estaban los nombres de aquellas mujeres que también habían formado parte de la historia de la ciudad.
A partir de entonces comenzó a tomar notas a mano, a recopilar referencias y a reconstruir pequeñas biografías dispersas en los documentos. Hoy conserva varias libretas llenas de nombres y fragmentos de historias que reflejan la presencia de mujeres en distintos ámbitos de la vida melillense. Entre ellas aparecen figuras como Adriana de Herrera, Carmen Conde, Eleuteria Silvestre o Beatriz Cabeza de Vaca, la esposa de Pedro de Estopiñán, cuya presencia suele quedar eclipsada en los relatos históricos más conocidos. Nombres que, al recuperarse, permiten ampliar la mirada sobre el pasado y comprender mejor el papel que muchas de estas mujeres desempeñaron en su tiempo.
Pero junto a esas figuras concretas aparecen también muchas otras protagonistas que formaron parte del tejido cotidiano de la ciudad. Mujeres que trabajaban como maestras en escuelas de barrio, matronas que asistían a los nacimientos de generaciones enteras de melillenses, costureras que sostenían pequeños talleres familiares, dependientas de comercios, trabajadoras de tiendas o emprendedoras que abrían casas de huéspedes y pequeños negocios en una ciudad que durante décadas tuvo una marcada estructura militar. Historias que revelan hasta qué punto las mujeres participaron activamente en la construcción social y económica de Melilla.
Algunas de estas figuras han salido a la luz en investigaciones recientes. Desde 2023, Migallón trabaja junto a Maribel Pintos y María Elena Fernández en distintos proyectos históricos vinculados al patrimonio de la ciudad. Uno de esos trabajos, centrado en el centenario de la Iglesia Castrense, permitió recuperar la figura de Eleuteria Silvestre, madre del general Silvestre, cuya presencia en Melilla dejó una huella significativa en la vida social y religiosa de la época. Episodios como este ilustran, según la investigadora, hasta qué punto todavía quedan historias por descubrir entre los documentos del pasado.
La visión que Migallón tiene de la historia se aleja deliberadamente de una interpretación rígida o exclusivamente académica. Para ella, el pasado no puede entenderse únicamente a través de grandes fechas o episodios militares. La historia, insiste, también se construye a partir de la vida cotidiana de quienes habitaron la ciudad: comerciantes que abrían sus tiendas, familias que llegaban desde distintos puntos de la Península en busca de oportunidades, trabajadores que contribuían a levantar el tejido económico y social de Melilla. En ese contexto, las mujeres ocuparon un lugar fundamental que durante mucho tiempo quedó poco visible.
Quizá por eso suele definirse con una mezcla de humor y cercanía como “una contadora de historias” o incluso “una cotilla de la historia”, alguien que disfruta descubriendo pequeños detalles escondidos en el pasado y compartiéndolos con quienes sienten curiosidad por conocerlos. Su forma de entender la historia también está profundamente marcada por una reflexión de la escritora Virginia Woolf, quien señalaba que durante siglos la palabra “anónimo” fue casi sinónimo de mujer. Una idea que resume con claridad la invisibilidad que muchas de ellas han sufrido en los relatos históricos.
Ese espíritu divulgador se refleja también en iniciativas como Melipedia, Melilla y su historia, un espacio desde el que comparte pequeñas piezas sobre el patrimonio y el pasado de la ciudad. Fotografías antiguas, documentos curiosos, episodios olvidados o personajes que ayudan a reconstruir el mosaico de la memoria melillense. Para Migallón, contar esas historias no es solo una actividad intelectual, sino también una forma de devolver a la ciudadanía una parte de su propio pasado.
Después de tantos años de investigación hay una convicción que se ha ido asentando con fuerza en su forma de trabajar: lo que no queda publicado termina perdiéndose. Los descubrimientos, las historias recuperadas o los nombres que vuelven a aparecer entre los documentos corren el riesgo de desaparecer de nuevo si no se comparten y se ponen por escrito.
Ese convencimiento es el que ahora impulsa uno de los proyectos más personales de su trayectoria. Durante años ha ido llenando cuadernos con anotaciones sobre mujeres vinculadas a la historia de Melilla: nombres, referencias, pequeñas biografías que esperan todavía encontrar una forma definitiva. El Premio Lourdes Carballa 2026 ha funcionado, en cierto modo, como un estímulo para dar el siguiente paso. Migallón quiere transformar ese material en una publicación que reúna y preserve esas historias, de manera que puedan ser conocidas por las generaciones actuales y futuras. Porque, como suele recordar, la historia de una ciudad no se compone únicamente de grandes nombres, sino también de todas esas vidas que, desde el anonimato de su tiempo, contribuyeron a construir la Melilla que hoy conocemos.
En esa mirada hacia el pasado también hay una reflexión que Isabel Migallón repite con frecuencia: la historia no se puede reescribir. El pasado, explica, no puede cambiarse, aunque sí puede estudiarse, comprenderse y analizarse con una mirada crítica que permita aprender de él. Para la historiadora, la historia es como las propias personas: tiene luces y sombras, episodios que enorgullecen y otros que quizá nadie habría querido que ocurrieran. Sin embargo, todos forman parte de un proceso que ayuda a entender cómo se ha llegado hasta el presente. En ese recorrido también aparecen las luchas de las mujeres a lo largo del tiempo, reivindicaciones que han marcado distintas etapas históricas y que siguen teniendo eco en la actualidad.
Conocer esas historias permite valorar el camino recorrido, pero también comprender que la construcción de una sociedad más igualitaria no depende únicamente de leyes o conmemoraciones. Migallón insiste en que el cambio empieza en lo cotidiano, en la educación que se transmite en las casas y en el respeto hacia las personas más allá de su sexo, su religión o su origen. Porque, en definitiva, sostiene que el verdadero sentido de la historia es ayudar a entender el pasado para construir un presente y un futuro mejores.
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