Ignasi Terraza y Andrea Motis -Cedida-
Las Jornadas de Jazz de la UNED celebran su 30ª edición con una programación ampliada que abarca desde diciembre hasta febrero, desbordando su calendario habitual. Tras abrir el ciclo con el legendario Chucho Valdés, Melilla acoge ahora una propuesta marcada por la emoción y la complicidad: el pianista Ignasi Terraza y la cantante y trompetista Andrea Motis ofrecerán un concierto en formato dúo el próximo miércoles 14 de enero, a las 20:00 horas, en el Salón de Actos de la UNED.
El primer contacto de Ignasi Terraza con la música fue a los doce años, tras perder la vista a los nueve. Un amigo le enseñó una canción en un órgano eléctrico y desde ese momento no pudo dejar de tocar. “Volví a casa de mi abuela, que tenía un piano, y estuve probándolo. Me pasé horas jugando, y mis padres vieron que tenía interés”, recuerda. Comenzó así sus estudios en el conservatorio, aunque ya entonces convivían en él dos caminos paralelos: el rigor académico y una fuerte pulsión creativa. “Desde el comienzo me gustaba cambiar las cosas y jugar un poco, improvisar”.
Durante su adolescencia, amplió sus referencias y empezó a tocar también pop y rock, aprendiendo de oído. “Empecé a tocar las músicas que me gustaban”, explica. Ese instinto por transformar y reinterpretar le fue llevando, poco a poco, al jazz, un terreno que unía estructura, libertad y sofisticación. “Esta música me permitía ese grado de libertad y, por otro lado, de exigencia que tiene. Me he quedado con el jazz como lenguaje”, afirma.
Terraza reconoce que el jazz no fue una ruptura con el clásico, sino una evolución natural. Su formación clásica le ofreció profundidad técnica y sensibilidad instrumental, especialmente en el piano, al que define como “uno de los instrumentos más completos que hay”. Sin embargo, en el jazz encontró el lugar donde podía expresarse de forma auténtica, sin limitaciones impuestas por la partitura. “En el conservatorio, cuando tocabas cosas más libres, te decían: ‘si quieres, hazlo, pero aquí no’. Eran como dos terrenos estancos”, recuerda.
En su forma de tocar y de entender la música, las emociones juegan un papel fundamental. Terraza habla del jazz como una música que conecta con el estado interno del músico y también con el del público. “Las emociones funcionan en dos sentidos. La música induce emociones, pero también las emociones que tenemos las puede estar produciendo la música”, reflexiona. De ahí que cada concierto sea distinto, imprevisible, lleno de matices: “Nunca un concierto es igual, nunca partes de los mismos puntos, y no has de pretender llegar a los mismos puntos tampoco”, añade.
Desde su experiencia, el jazz tiene una capacidad especial para provocar movimiento, físico y emocional. “El jazz es una música que mueve y conmueve”, resume. Es una forma de tocar que apela tanto al cuerpo como a lo profundo, a la expresión personal. Combina el ritmo con la emoción, la improvisación con la escucha, y todo ello se filtra por el estado anímico de quien lo interpreta. De ahí que cada nota, cada fraseo y cada silencio pueda adquirir un significado distinto en cada actuación.
Uno de los conceptos esenciales para él es el swing, que define como algo mucho más profundo que un simple estilo rítmico. “Cuando decimos que tiene swing, decimos que es el que te hace mover, que te mueve”, afirma. Pero para Terraza, ese movimiento va más allá del cuerpo: se trata de un pulso interno que conecta al músico con la música, y que provoca que las ideas fluyan de forma natural. Lo asocia con el duende dentro del flamenco, con ese momento especial en el que todo encaja. “Tiene que ver con que cuando hay swing, la creatividad se dispara”.
En ese estado, el intérprete deja de controlar racionalmente y pasa a sentirse espectador de lo que está tocando. No se trata de algo que se adquiera ni que pueda provocarse de forma forzada. “No porque lo busques lo encuentras, pero si no lo buscas, seguramente tampoco lo encuentras”. El swing, entonces, no es una herramienta, sino una consecuencia. Ocurre cuando hay entendimiento entre los músicos, cuando el ritmo encuentra su forma y cuando la música empieza a respirar por sí sola. Es, para Terraza, una de las aspiraciones más altas del jazz, y también una de sus manifestaciones más auténticas: esa chispa que transforma una canción en una experiencia irrepetible.
Esa búsqueda creativa no se realiza desde el vacío, sino desde una base sólida. Terraza subraya que la improvisación en el jazz no es libertad absoluta, sino libertad con estructura. “El jazz establece una serie de cánones propios del lenguaje a partir de los cuales improvisas. No es una improvisación totalmente libre”, aclara. Es precisamente esa estructura lo que permite el entendimiento entre músicos durante la interpretación. “Es la que permite tocar e improvisar colectivamente y estar tocando la misma pieza”.
La versatilidad del piano le ha permitido adaptarse a diferentes formaciones a lo largo de su carrera, desde grandes big bands hasta dúos como el que presentará en Melilla. En este formato reducido, el piano asume un rol total: rítmico, armónico y expresivo. “Cuando uno se queda tocando solo, estás asumiendo todo el peso de la sección rítmica y también el peso como solista”, explica. Un reto que convierte cada interpretación en un ejercicio de sensibilidad, presencia y escucha activa.
La actuación del 14 de enero será su cuarta visita a Melilla, y la segunda junto a Andrea Motis, con quien mantiene una relación musical que comenzó en 2009. Fue su profesor, Juan Chamorro, quien los reunió para grabar un disco. “Me dijo que quería invitar a una alumna que canta muy bien. Primero iba a hacer un tema, luego dos o tres, y al final acabó cantando y tocando todo el disco”. Aquella sesión marcó el inicio de una colaboración que se ha mantenido viva durante más de trece años, con giras por América, Europa y Asia.
Esa conexión artística se tradujo también en una evolución compartida. Terraza fue testigo directo del crecimiento de Motis, tanto musical como personalmente. “Vimos cómo crecía. Fuimos testigos de ese florecer”. A lo largo de más de una década tocaron en quinteto y en otros formatos, hasta el año 2022. Sin embargo, han seguido haciendo colaboraciones como este reencuentro en Melilla donde ofrecerán un repertorio que incluirá temas que han interpretado a lo largo de los años y, posiblemente, alguna novedad.
El dúo permitirá al público melillense deleitarse, el próximo 14 de enero, con la complicidad que mantienen estos dos músicos sobre el escenario desde un lenguaje compartido. “Nos entendemos muy bien, musicalmente nos reconocemos rápidamente”, destaca Tarraza. Un encuentro en el que el jazz será más que música: será emoción, swing, experiencia compartida. Será ese lugar donde la estructura permite volar, donde el ritmo se convierte en estado mental, donde cada nota dice algo distinto e irrepetible.
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