Cedida
Venus de Lespugue
Continuando con este hilo sagrado que atraviesa la historia, quisiera detenerme un poco más en la Venus de Laussel.
Esta figura paleolítica continúa sosteniendo preguntas que todavía hoy permanecen abiertas. Su gesto parece seguir hablando, incluso a través de los milenios.
Su significado exacto continúa siendo un misterio. Algunos investigadores han relacionado estas incisiones con los ciclos lunares o menstruales; otros consideran que podrían responder a rituales, cuentas simbólicas o formas primitivas de observación del tiempo. No existen certezas absolutas. Solo huellas.
Y quizá ahí resida precisamente su fuerza, para mi fuente de inspiración.
La espiritualidad prehistórica no dejó textos. No existen doctrinas capaces de explicarnos qué pensaban exactamente aquellos seres humanos sobre el cuerpo, la naturaleza o lo sagrado. Solo quedaron símbolos, enterramientos, figuras, gestos y fragmentos de una sensibilidad humana anterior a la historia lineal que hoy conocemos.
Pero incluso desde ese silencio remoto, algunas imágenes parecen seguir hablándonos.
Las trece muescas del cuerno continúan despertando una pregunta profundamente humana: ¿cuándo comenzamos a observar conscientemente los ciclos de la vida?
Mucho antes de los calendarios y de la escritura, el tiempo probablemente se percibía de otra manera. A través de la luna, las estaciones, la fertilidad, el sueño, la respiración o el propio cuerpo. El ser humano no vivía separado de los ritmos naturales; formaba parte de ellos.
No deja de resultar sugerente que la propia raíz etimológica de la palabra menstruación remita al mes y, más antiguamente, a antiguas formas de medir el tiempo vinculadas a los ciclos lunares. Como si el lenguaje hubiese conservado, silenciosamente, la memoria de esa antigua relación entre cuerpo y tiempo.
Y la Venus de Laussel no es la única figura paleolítica que parece señalar esta conexión entre cuerpo femenino y ciclos naturales.
Otra escultura especialmente fascinante es la Venus de Lespugue, hallada también en Francia y esculpida en marfil de mamut. Sobre la parte posterior de su cuerpo aparecen diez líneas verticales que algunos autores han relacionado con las diez lunas tradicionalmente asociadas a la gestación humana o incluso las aguas del parto.
De nuevo, cuerpo, tiempo y naturaleza parecen entrelazarse en una misma imagen simbólica.
Es sugerente pensar que aquellas culturas paleolíticas observaran con tanta profundidad la relación entre los ritmos celestes y los procesos del cuerpo humano. Como escribió Joseph Campbell, quizá una de las primeras intuiciones espirituales de la humanidad surgió precisamente al reconocer una armonía entre el orden terrestre y el celeste.
Tal vez aquellas antiguas figuras no fueran únicamente representaciones de fertilidad, sino también mapas simbólicos de una conciencia profundamente conectada con los ciclos de la vida.
En este mismo horizonte simbólico aparece también la Venus de Willendorf, una de las figurillas más conocidas del Paleolítico. Su cuerpo compacto y su cabeza recubierta por una textura de bandas o estrías ha sido interpretado de múltiples maneras. Algunas lecturas modernas han visto en esa segmentación visual una sugerencia de ritmos o secuencias cíclicas. Sin embargo, como en el resto de estas piezas, el significado exacto permanece abierto: lo que nos queda es la potencia de la forma y la persistencia de la pregunta.
Y es precisamente aquí donde este recorrido entre historia y yoga comienza a abrir nuevas preguntas.
Porque miles de años después, algunas investigaciones contemporáneas han explorado de forma específica la relación entre atención consciente, estrés y experiencia del ciclo menstrual. Por ejemplo, Nayman et al. (2023), en Archives of Women’s Mental Health, observaron que en mujeres con síndrome premenstrual los niveles de rumiación diaria y estrés percibido se asocian con la intensidad de los síntomas, y que ciertas facetas del mindfulness parecen modular esa relación. No se trata de intervenir directamente sobre el ciclo, sino de cómo la atención modifica la forma en que ese ciclo se vive y se percibe.
Resulta fascinante pensar que, en pleno siglo XXI, la ciencia vuelva a mirar hacia algo que las antiguas culturas quizá ya intuían de otra manera: que existe una profunda relación entre conciencia, cuerpo y ritmo.
Tal vez por eso ciertas prácticas yóguicas continúan otorgando tanta importancia a la respiración, la repetición, la escucha interna y la observación consciente. No necesariamente porque exista una línea histórica directa entre el Paleolítico y el yoga tal como hoy lo conocemos, sino porque ambas experiencias parecen señalar una misma capacidad humana: la de habitar el cuerpo con atención.
Y hay otro detalle especialmente sugerente. La media luna que aparece simbólicamente vinculada a la Venus de Laussel parece reaparecer siglos después en distintas representaciones de lo femenino sagrado. Desde antiguas divinidades hasta ciertas imágenes de la Virgen María sostenida sobre una luna creciente, el símbolo lunar continúa atravesando culturas, religiones y épocas.
No necesariamente como una continuidad histórica demostrable, sino como la persistencia de un imaginario simbólico que la humanidad parece conservar una y otra vez: la noche, el misterio, los ciclos, la fertilidad, la receptividad, el cuerpo y lo invisible.
Como si existiera un hilo sagrado atravesando silenciosamente distintas épocas de la historia humana.
Quizá por eso algunas imágenes antiguas siguen produciendo una extraña familiaridad. Aunque no comprendamos del todo su significado, algo en ellas continúa hablándonos desde muy lejos.
La Venus de Laussel, la Venus de Lespugue y la Venus de Willendorf no nos ofrecen respuestas definitivas. Nos dejan algo quizá más importante: la posibilidad de volver a mirar el cuerpo no solo como materia biológica, sino también como memoria, símbolo y experiencia consciente.
En una época marcada por la velocidad, la hiperestimulación y la desconexión corporal, aquellas antiguas huellas siguen lanzándonos una pregunta silenciosa: ¿Qué ocurre cuando volvemos a escuchar los ciclos que habitan dentro de nosotros?
Tal vez la primera forma de sabiduría humana no fue dominar la naturaleza, sino aprender a sentirse parte de ella.
Y quizá el cuerpo, mucho antes que la historia escrita, ya recordaba el lenguaje secreto de los ciclos
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