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Historia y Yoga: Cuando las diosas comenzaron a morir

Las antiguas culturas neolíticas dejaron tras de sí un universo simbólico fascinante

¿Qué representaban realmente aquellos antiguos símbolos y por qué algunos de ellos terminarían convirtiéndose, siglos después, en figuras que los héroes debían vencer?

Con esta pregunta concluíamos el artículo anterior.

Las antiguas culturas neolíticas dejaron tras de sí un universo simbólico fascinante: Serpientes, aves, peces, espirales, semillas y aguas aparecen una y otra vez en los hallazgos arqueológicos. Lejos de ser simples motivos decorativos, parecen expresar una forma de comprender la vida profundamente ligada a los ritmos de la naturaleza.

La arqueóloga Marija Gimbutas dedicó gran parte de su vida al estudio de estas culturas. A partir de miles de piezas halladas en la llamada Vieja Europa, propuso que existió un complejo lenguaje simbólico en torno a una Gran Diosa, no entendida únicamente como una divinidad de la fertilidad, sino como expresión del nacimiento, la muerte y la regeneración permanente de la vida.

La diosa serpiente representaba la transformación; la diosa pez evocaba las aguas primordiales; las aves unían simbólicamente la tierra y el cielo; la vegetación recordaba que toda muerte contiene la posibilidad de un nuevo comienzo.

No eran divinidades separadas de la naturaleza. Eran la propia naturaleza manifestándose. Sin embargo, conforme avanzamos en la historia, ese lenguaje simbólico comienza a transformarse.

Los mismos animales que durante milenios habían representado la regeneración y el misterio aparecen ahora como criaturas que deben ser dominadas. En muchas tradiciones, las serpientes dejan de custodiar el conocimiento para convertirse en seres que deben ser vencidos. Los antiguos símbolos femeninos empiezan a desaparecer del centro del relato.

La escritora Vicki Noble, en su libro La mujer Shakti, llama la atención sobre un motivo que aparece en distintas tradiciones: el de la diosa desmembrada.

En la India, Sati es despedazada y sus miembros se convierten en lugares sagrados. En Mesopotamia, Tiamat es vencida y su cuerpo sirve para crear un nuevo orden del mundo. En la tradición mexica, Coyolxauhqui, diosa de la Luna, es fragmentada por Huitzilopochtli. Medusa, en la mitología griega, termina decapitada por Perseo.

Más allá de las diferencias entre estos relatos, todos parecen compartir una misma imagen: una poderosa figura femenina es fragmentada para dar paso a una nueva forma de entender el mundo.

Algunos investigadores han sugerido que, en ciertos casos, estos relatos podrían conservar el eco de antiguas divinidades femeninas cuyo significado fue transformándose con el paso del tiempo. El historiador de las religiones Joseph Campbell, por ejemplo, señaló que muchos mitos heroicos conservan huellas de tradiciones simbólicas anteriores, reinterpretadas desde nuevas formas de organización social y religiosa. Desde esta perspectiva, Medusa no habría sido únicamente un monstruo al que derrotar, sino también el posible recuerdo de un antiguo poder asociado a la serpiente, la transformación y la sabiduría, convertido más tarde en una amenaza.

No sabemos hasta qué punto estos mitos conservan la memoria de transformaciones históricas reales o responden únicamente a elaboraciones simbólicas. Pero sí parecen reflejar un profundo cambio en la conciencia humana.

Quizá el verdadero desmembramiento no fue únicamente el de aquellas diosas. Quizá fue también la separación entre el ser humano y la naturaleza. Entre el cuerpo y la mente. Entre la contemplación y el dominio.

Resulta sugerente observar que, siglos más tarde, en la India comenzaron a surgir los śramaṇas, hombres y mujeres que abandonaron el protagonismo de los rituales y los sacrificios para emprender una búsqueda diferente: la exploración de la conciencia.

Fue en ese largo proceso donde comenzó a gestarse el yoga. La palabra yoga procede de la raíz sánscrita yuj, que significa unir ¿Unir qué? Tal vez aquello que había quedado fragmentado. El cuerpo con la mente. La respiración con la conciencia. La persona con la naturaleza. La acción con la compasión.

El yoga no comienza enseñando posturas. Comienza proponiendo una manera distinta de mirar la realidad. Y esa intuición sigue profundamente vigente hoy. El mindfulness contemporáneo también nos recuerda que la forma en que prestamos atención condiciona la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que habitamos.

Si durante miles de años la serpiente, el pez, las aves, la vaca o la cerda pudieron representar la vida, la fertilidad y el misterio de la existencia, ¿qué significa que hoy muchos de esos mismos animales hayan quedado reducidos a la condición de recursos?

Las culturas neolíticas parecen expresar una visión en la que el ser humano no ocupaba un lugar separado del resto de la vida. Los animales no eran únicamente alimento: formaban parte de un universo simbólico compartido.

¿Es posible hablar de unión mientras permanecemos indiferentes al sufrimiento de otras formas de vida?

Quizá el verdadero viaje del yoga no consista en llegar a ningún lugar. Quizá consista, simplemente, en volver a unir aquello que un día quedó fragmentado. Y quizá ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. No sólo recordar quiénes fuimos. Sino preguntarnos qué tipo de conciencia queremos cultivar.

Porque si el yoga nació como un camino de unión, la primera pregunta quizá no sea cómo mover el cuerpo, sino cómo relacionarnos con la vida. Y esa reflexión comienza con una palabra que Patañjali situó al inicio de todo: Ahimsa, la no violencia.

Tal vez la historia del yoga sea, en el fondo, la historia de un antiguo recuerdo: que nunca estuvimos separados de la vida.

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