El helado es, desde hace décadas, un emblema del verano. No hay tarde calurosa que no invite a pasar por una heladería o rebuscar en el congelador en busca de ese pequeño alivio dulce que parece reconfortar tanto el cuerpo como el ánimo. En ciudades como Melilla, donde las temperaturas pueden superar con facilidad los 30 grados durante semanas, se convierte en casi una necesidad emocional y térmica.
Pero más allá del deseo, surgen preguntas legítimas: ¿Es saludable comer helado? ¿Cuánto es demasiado? ¿Todos los helados son iguales? ¿Puede una persona con diabetes o en proceso de pérdida de peso consumirlo sin riesgos?
Para responder a estas preguntas y otras cuestiones, El Faro de Melilla ha conversado con Marina García Pérez, nutricionista y dietista colegiada, y ha recogido opiniones de varios melillenses que comparten sus costumbres, precauciones y placeres veraniegos.
Lo primero que aclara la nutricionista es que el helado no es un alimento esencial, sino un producto recreativo.
“El helado se considera un alimento superfluo. No es necesario en ninguna dieta equilibrada. Sin embargo, eso no significa que no se pueda consumir. Como todo, se trata de moderar y de saber elegir. Su valor emocional o social no debe estar reñido con la salud”, apunta García.
Esa visión de equilibrio también la comparten algunos melillenses como Antonio, que nos explica cuál es su rutina alimenticia en verano: “Yo disfruto mucho de los helados, especialmente los domingos. Es mi pequeño capricho de la semana. Me tomo uno artesanal, normalmente de turrón o pistacho, pero solo uno. No me privo, pero tampoco abuso. En el resto de la semana como bastante sano.”
Uno de los aspectos que más preocupa a los nutricionistas es la densidad calórica y el escaso valor nutricional de los helados convencionales, especialmente los industriales. Un helado de bola medio puede aportar entre 200 y 300 kcal, y si lleva nata, galleta o cobertura, esa cifra se dispara. En los formatos comerciales, los más populares pueden llegar a las 400 kcal por unidad.
“Además del azúcar, muchos helados contienen grasas saturadas, estabilizantes, colorantes, emulgentes y jarabes de glucosa. Todos estos ingredientes, en exceso, contribuyen a un entorno metabólico inflamatorio, que puede favorecer el sobrepeso, la resistencia a la insulina y el colesterol alto”, explica García.
Una opinión que no pasa desapercibida. Una melillense con antecedentes de padres diabéticos ha dicho que: “Antes no me fijaba en lo que comía, pero ahora me preocupo. Mi padre era diabético y yo por ende, tengo antecedentes. Intento evitar los helados industriales. Si me tomo uno, procuro que sea de yogur natural o con fruta. Incluso leo las etiquetas.”
Aunque muchos consumidores creen que los helados artesanales son más saludables, la realidad es más compleja. Marina García matiza:
“Es cierto que los helados de heladería suelen tener menos aditivos, pero eso no los convierte en sanos. Muchos llevan nata, leche entera, azúcar refinado y grandes cantidades de grasa. El término 'artesanal' a menudo se utiliza como reclamo comercial, sin que eso implique un perfil nutricional favorable.”
Por eso, la experta recomienda mirar la composición o preguntar al heladero por los ingredientes si se busca tomar decisiones informadas.
Frente a la incertidumbre de los helados comerciales, muchos consumidores están optando por elaborar sus propios helados en casa, con ingredientes controlados. La nutricionista respalda esta opción:
“Los helados caseros con base de fruta congelada, yogur natural, kéfir, leche vegetal sin azúcar o incluso dátiles como edulcorante, son una alternativa muy recomendable. Se pueden hacer en batidora o con moldes de polos, y permiten disfrutar del sabor sin comprometer la salud.”
Una tendencia que, a través de las redes sociales, ha conquistado a muchas madres melillenses.
“Mis hijos me pedían helado todos los días. Así que decidí hacerlos en casa con yogur griego, frutas como fresas o mango, y un poco de plátano para endulzar. Ellos los devoran y yo me quedo más tranquila. Además, participan en la preparación y eso los motiva" asegura una joven, madre de dos hijos.
Para las personas con diabetes tipo 2, el helado plantea un desafío. El alto índice glucémico de la mayoría de las versiones comerciales eleva la glucosa en sangre de forma rápida, lo que puede tener consecuencias graves.
“No es que esté totalmente prohibido, pero hay que tener mucho cuidado. Un helado convencional puede disparar la glucemia. En cambio, si se elabora en casa con fruta natural y una buena fuente de fibra, como los dátiles o el salvado, la absorción es más lenta y el pico es menor”, explica García.
En cualquier caso, añade, es imprescindible que las personas con esta patología consulten con su endocrino o nutricionista antes de incorporar helados a su dieta.
Tanto en procesos de pérdida de peso como de aumento de masa muscular, el helado puede tener cabida con matices. En el primer caso, el control calórico es fundamental, por lo que las versiones caseras con ingredientes bajos en grasa y sin azúcares añadidos son las más adecuadas.
“Yogur natural, frutas congeladas, kéfir, leche desnatada o bebidas vegetales sin azúcar pueden ser una buena base. Si se añade un poco de edulcorante natural, como eritritol, se puede obtener un sabor agradable sin alterar el equilibrio energético”, explica la nutricionista.
En cambio, para quienes buscan ganar peso, el helado casero puede enriquecerse con ingredientes densos en calorías, como yogur griego, crema de frutos secos, aguacate, plátano maduro o incluso proteína en polvo.
La preocupación por la salud también ha calado entre los más jóvenes. Una melillense, de 22 años, estudiante de enfermería, asegura que desde que comenzó a investigar en redes sociales sobre nutrición a través de las llamadas 'influencers' ha cambiado radicalmente su forma de consumir helados.
“Antes me tomaba uno cada tarde. Ahora me preparo polos de plátano congelado con cacao puro y un poco de crema de cacahuete. Están buenísimos y sé lo que estoy comiendo. Si un día salgo y me apetece uno tradicional, me lo tomo, pero ya no es una rutina diaria.”
Este enfoque es, para García, el ideal: “No se trata de vivir con miedo, sino de tener herramientas para elegir. No hay alimentos prohibidos, hay contextos distintos. Si tu estilo de vida es saludable, un helado ocasional no va a cambiar nada.”
Ante toda la información recopilada cabe destacar que, el helado no va a desaparecer de nuestras vidas. Forma parte de nuestra cultura, de nuestra infancia, de los veranos en familia. Pero sí puede transformarse. Puede hacerse en casa, elegirse con criterio, limitarse en cantidad y adaptarse a cada perfil.
“El helado no es ni bueno ni malo. Es un alimento que, como cualquier otro, debe ubicarse en su contexto. Lo importante es no engañarse y no normalizar su consumo diario, porque entonces sí puede convertirse en un problema”, concluye Marina García Pérez.
Este verano, Melilla seguirá disfrutando de sus helados. Pero también, cada vez más, lo hará con información, alternativas y conciencia.
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