Una vez más el Centro de Historia y Cultura Militar de Melilla quiere hacerse eco de la efeméride principal que el Ejército de Tierra conmemora este año, que tiene por título “De Pavía a Breda (1525-1625): 100 años de preeminencia de los Tercios españoles en Europa”.
El próximo 5 de junio se cumplen 400 años de la importante victoria de las armas españolas en la ciudad holandesa de Breda. Ese día, la imponente plaza fortificada se rinde a los Tercios españoles, capitaneados por Ambrosio de Spínola, después de más de nueve meses de asedio.
El sitio de Breda se enmarca dentro de la Guerra de los 80 Años, conocida también como la Guerra de Flandes, que tuvo lugar entre 1568 y 1648, que a su vez coincide cronológicamente con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) en la que la Monarquía Hispánica también era partícipe.
Breda era una ciudad estratégica. Situada en la confluencia de dos ríos, la toma de la plaza posibilitaría a los españoles interferir la navegación fluvial de los rebeldes holandeses, y privarles de una base desde la que podían lanzar incursiones sobre territorio español. Pero más decisivo era su valor simbólico. Breda era una ciudad rica y populosa, una de las cunas de la causa rebelde, y su conquista representaría un importante golpe moral para los holandeses.
Debido a su importancia era una de las fortalezas más formidables de los Países Bajos y, por consiguiente, de Europa. Estaba fuertemente defendida, con las mejores y más modernas técnicas de fortificación de la época, y rodeada de una serie de posiciones defensivas muy poderosas. Había a su alrededor zonas pantanosas casi inaccesibles, y los ríos permitían que pudiera ser abastecida mediante barcos. Estaba perfectamente defendida y podía ser fácilmente reforzada con tropas de socorro. Sin duda, el asedio era una empresa muy difícil.
Spínola puso sitio a la ciudad en agosto de 1624, lo que supuso una sorpresa para los holandeses que no se lo esperaban, pues lo normal era que los asedios comenzaran en primavera para evitar en lo posible las duras condiciones del invierno. La sorpresa permite a Spínola ocupar posiciones estratégicas que le dan ventaja y le permiten llevar la iniciativa.
Pero los defensores, comandados por Justino de Nassau, estaban tranquilos. Confiaban en la solidez de sus defensas a las que consideraban inexpugnables y disponían de víveres en abundancia.
Los sitiadores optaron por el bloqueo total, esperando que la ciudad se rindiera por el hambre. Para ello se llevó a cabo un impresionante programa de construcciones y fortificaciones. En sólo 17 días se había consumado el cerco a la ciudad mediante una línea de “contravalación”, que hacía frente a posibles salidas de la guarnición. Posteriormente se construye otra línea de “circunvalación”, que impedía la llegada de refuerzos. Dos líneas concéntricas que se completan con un cinturón de trincheras, fuertes, parapetos, reductos y baterías que rodean la ciudad en su totalidad. Desde el punto de vista logístico fue una hazaña sin precedentes.
Dadas las características de las fortificaciones holandesas, con abundante presencia de agua a su alrededor, durante el asedio se llevó a cabo lo que podemos llamar una “guerra hidráulica”, con la desviación de ríos y la construcción o utilización de diques y canales en beneficio de las operaciones. Spínola fue más diestro y hábil que sus enemigos en el uso de esta “guerra hidráulica” y siempre llevará la iniciativa, demostrando ingenio y destreza.
El General holandés Mauricio de Nassau, líder de los rebeldes y hermano de Justino, intentó en varias ocasiones acudir con sus ejércitos en socorro de la ciudad, pero fracasó en sus intentos y nunca consiguió forzar el levantamiento del sitio. Ya sólo le quedaba la esperanza de que el invierno y la escasez de víveres hicieran desistir a los españoles.
A principios de 1625 la situación de los defensores distaba mucho de presentar las prometedoras expectativas de meses atrás. Los alimentos empiezan a escasear y el escorbuto hacer sentir sus terribles efectos. La moral descendía y aumentaba el derrotismo entre la población.
Finalmente, Breda se rinde el 5 de junio de 1625 tras un largo y duro asedio. Spínola concedió a los defensores una rendición honrosa, permitiendo que la guarnición pudiera salir con sus armas y sus banderas.
Pedro Calderón de la Barca, el insigne escritor, sacerdote y militar, uno de los máximos exponentes de la literatura del Siglo de Oro español, participó personalmente y se distinguió como soldado en la toma de Breda. Al año siguiente, en 1626, escribe su obra “El Sitio de Breda”, donde refleja las experiencias vividas durante el asedio, resaltando valores como honor, lealtad, valentía y sacrificio. Este año 2025, el Ejército de Tierra conmemora también, como efeméride complementaria, el 425 aniversario del nacimiento del ilustre dramaturgo, autor de obras tan emblemáticas como “La vida es sueño” o “El alcalde de Zalamea”.
Breda fue una memorable victoria que ha quedado inmortalizada por Velázquez en su famoso cuadro de “La rendición de Breda”, conocido popularmente como “Las Lanzas”, en la que aparece Ambrosio Spínola que, desmontado de su caballo y con gesto cordial, recoge las llaves de la ciudad que le hace entrega Justino de Nassau. La pintura no sólo representa el poder militar español, sino que simboliza también la magnanimidad del rey y la superioridad moral de la Monarquía Española, a través de la caballerosidad y nobleza de sus soldados.
El cuadro fue encargado por el Conde Duque de Olivares para decorar el Salón de Reinos del recién construido palacio del Buen Retiro, junto con otras obras alusivas a sendas victorias de las armas españolas durante el reinado de Felipe IV. Un total de doce obras que constituían un programa pictórico para exaltar las glorias del monarca, la mayoría de las cuales pueden contemplarse hoy en el Museo del Prado.
Breda era una ciudad estratégica, perfectamente fortificada y muy difícil de ocupar. Por ello, de todas las victorias de los Tercios españoles a lo largo de los siglos XVI y XVII, ésta ha pasado a la historia como una de las más determinantes.
Pero este no sería el único éxito obtenido por las armas españolas en 1625.
El 30 de abril de ese año se reconquistó Bahía a los holandeses, capital de la colonia portuguesa de Brasil que se había perdido en 1624. Posteriormente se rechazaron los ataques de la flota neerlandesa a San Juan de Puerto Rico y al fuerte portugués de Sao Jorge da Mina.
A mediados de octubre una potente flota anglo-holandesa intentó devastar el puerto de Cádiz y apoderarse de la Flota de Indias, pero fracasó en ambos intentos, acabando la operación en un auténtico desastre.
Ese mismo año una flota hispana al mando del marqués de Santa Cruz consiguió levantar el cerco que franceses y saboyanos mantenían en torno a Génova, tradicional aliada de España.
En el mar del Norte un fuerte temporal hizo naufragar, el 23 de octubre, a la mayor parte de la flota anglo-holandesa que bloqueaba Dunquerque, un puerto estratégico de los Países Bajos españoles.
No puede sorprender, por tanto, que 1625 fuera proclamado en España como “annus mirabilis”, el “año de los milagros” o de las maravillas, realmente un año para recordar. Los Tercios españoles volvían a imponerse a sus muchos adversarios, en todos los escenarios posibles, tanto en América como en Europa.
En 1626, el rey Felipe IV se dirigía al Consejo de Castilla con estas palabras: “Nuestro prestigio ha crecido inmensamente. Hemos tenido a toda Europa en contra nuestra, pero no hemos sido derrotados. Todo el poder de Francia, Inglaterra, Suecia, Venecia, Savoya, Dinamarca, Holanda, Brandenburgo, Sajonia y Weimar no ha podido salvar Breda de nuestras victoriosas armas”.
Hoy, cuatrocientos años después, los ejércitos españoles son herederos de aquellos soldados que se batieron con honor en los territorios de Ultramar y en los campos de Europa, desde Pavía a Breda, de 1525 a 1625, en esos cien años de presencia y hegemonía de los Tercios Españoles en Europa.
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