El lenguaje es la capacidad que permite comunicarnos. Por su parte, las lenguas son herramientas comunicativas y cognitivas, así como expresiones culturales e identitarias, moldeadas por la historia y las sociedades. La Real Academia define la lengua como un “sistema de comunicación verbal propio de una comunidad humana”. En lingüística, se entiende que este sistema está formado por signos fonéticos o gráficos y las reglas gramaticales que los organizan (fonología, morfología, sintaxis). Gracias a esta estructura interna, la lengua permite construir enunciados con significado y cumplir sus funciones comunicativas básicas, como transmitir información, pensamientos y emociones. Además, el lenguaje tiene un componente cognitivo importante y, desde la perspectiva cultural, la lengua contribuye a generar memoria colectiva e identidad, transmitiendo valores, tradiciones, creencias y cosmovisiones de una sociedad o comunidad concreta. Se trata, así, de un vehículo a través del cual se preserva y comparte la historia y se refuerza el sentido de pertenencia. Sin embargo, las lenguas no son elementos inalterables ni permanecen aisladas del entorno donde tienen cabida y con el cual se relacionan, pues evolucionan según los cambios históricos, geográficos y políticos que las afectan.
Como en diferentes partes del mundo a lo largo de la historia, en la Península Ibérica las confluencias culturales han dado lugar no solo a variaciones lingüísticas, sino también a la construcción de sociedades complejas, no sin conflictos en su interior, donde diferentes lenguas se han desarrollado y nutrido unas de otras. El judeoespañol, o ladino, es la lengua que la población hebrea hablaba en Al- Andalus y otras zonas peninsulares antes de que en 1492 fueran expulsados durante la denominada “reconquista” ejercida por los Reyes Católicos hasta lograr Granada. “Era una mezcla de español medieval, junto con palabras en hebreo”, sostiene Mordejay Guahnich, presidente de Mem Guímel. Si bien la población hebrea también hablaba la lengua propia de la región, el ladino —que acompañó el exilio de los pobladores de origen judío— con su salida “se potenció”, explica Guahnich.
No obstante, esta lengua no permaneció inalterada, y de las zonas donde se asentó la población, especialmente en ciudades como Tetuán, en el actual Marruecos, los sefardíes también “cogieron vocablos”, dando lugar a un dialecto o lengua, la haquetía, que incluyó “palabras inglesas, francesas, portuguesas y muchísimas de árabe”, sostiene el presidente de Mem Guímel. “En un principio, la haquetía era hablada por las clases corrientes de la sociedad judía tetuaní, pero, con el tiempo, sobre todo después del fin del protectorado en 1957, la haquetía la pusieron en valor los judíos intelectuales provenientes de Tetuán, y eso es lo que se mantiene hasta hoy día”, explica Guahnich. Esta lengua particular que “tuvo una gran expansión por todo Marruecos”, nutriría el argot que se mantiene en Melilla en la actualidad. No es ladino, sino haquetía lo que en cierta manera mantiene la comunidad judía en la ciudad. “En Melilla, podemos decir que hablamos algo de haquetía, no hablamos judeoespañol”, concreta Guahnich, pues esta transformación del ladino en su evolución y mestizaje con otras lenguas habladas en Marruecos generó una nueva lengua que hoy sigue formando parte del “argot diario” dentro de las familias melillenses de cultura hebraica provenientes de Marruecos. Sin embargo, su uso cotidiano no está extendido y las conversaciones en haquetía se han ido perdiendo con el tiempo.
No obstante, no se trata de una lengua muerta ni de una lengua desaparecida en su totalidad. Desde diferentes congresos e instituciones como la Real Academia Española se ponen esfuerzos en recuperarla y dar valor cultural, tanto al ladino como a la haquetía. En uno de esos encuentros, Mordejay Guahnich estuvo presente. En él se trató la temática del judeoespañol y se reclamó “que la haquetía sea una lengua descendiente de la lengua española porque es una escisión que tiene gran base en el ladino”, recalca Guahnich. El judeoespañol constituye así la “lengua madre”, de la que mana la haquetía, la cual se relaciona y adquiere principalmente una influencia árabe. Estas iniciativas también son sostenidas por la comunidad en Melilla, donde se trata de “dar a conocer el ladino y la haquetía” a través de eventos, conciertos y estudios que resignifiquen ambas lenguas.
Aunque no se trate de la lengua vehicular principal, la haquetía mantiene cierta presencia compartiendo espacio con otras lenguas en la cotidianeidad como el castellano y el hebreo moderno. No sólo ha sido lengua oral, sino que ha consagrado literatura y composiciones musicales durante siglos. En la actualidad, la liturgia en Melilla admite cierta reminiscencia y el uso del ladino se contempla en algunos rezos, especialmente en cánticos, no así la haquetía. “Al final de cada Pascua importante, hay también una alabanza a Dios que, nosotros en Melilla, solemos hacer en hebreo, en ladino, en árabe e, incluso, antiguamente se hacía en tamazight, para que todo el mundo conociera la traducción de lo que se está diciendo”, sostiene el presidente de Mem Guímel . También señala otra fecha significativa, el Día de Pesaj, en el cual el relato se hace en hebreo y ladino, e incluye “partes en árabe, porque casi todos los judíos de Melilla provenimos de Marruecos”, relata.
Esta simbiosis, esta característica cultural que se mantiene en Melilla, logra acercar las relaciones lingüísticas y culturales, creando una cronología en el tiempo donde la haquetía se convierte en una distinción que entrelaza culturas —judías, andalusíes y marroquíes—. “Por donde han ido pasando los judíos va quedando y marcando parte de su tradición y su cultura dentro de la propia cultura judía”, resalta Guahnich. Unas relaciones transfronterizas e históricas que permiten “un trasvase cultural del país hacia el judaísmo y de la cultura judía hacia el país también”, poniendo de relieve las interacciones que se producen en los componentes lingüísticos, así como en otros elementos culturales, costumbres y tradiciones desarrolladas en diferentes territorios. Pues las lenguas, como las personas, no permanecen aisladas y, del entorno, se nutren y crean variedad y complejidad social y cultural.
“El judío sefardí que fue expulsado de España hace más de 500 años, hoy en día, sus descendientes se siguen sintiendo parte del Sefarad, parte de España que es su otra patria; así como todos los judíos que venimos de Marruecos también nos sentimos parte de la cultura judía-marroquí. No renegamos de nuestro pasado, ni de nuestros ancestros, ni de donde provenimos; al revés, nos sentimos orgullosos”, concluye Guahnich. Una idiosincrasia, un pasado y un presente, que hace que la comunidad judía en Melilla se relacione directamente con la ciudad o pueblo del que proviene su familia antes de habitar esta ciudad, ya sea Tetuán o una cábila rifeña. Las lenguas, su riqueza, su composición y su historia permiten observar que las culturas se mueven y se nutren de los procesos sociales y de las relaciones humanas con los territorios a lo largo de la historia.
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