Pasar una hora con Guelaya Ecologistas deja entrever incongruencias medioambientales, denuncias que tardan, pero siguen en pie y titulares como que Melilla pierde biodiversidad sin medidas de restauración.
Lo que un día fue “nuestra joya de la corona” es hoy, para Guelaya Ecologistas en Acción, un litoral profundamente alterado, maltratado y contaminado. Manuel Tapia, responsable de la organización ecologista, denuncia la grave situación que atraviesa el entorno costero melillense, afectado por vertidos de escoria procedente de la incineradora, construcciones invasivas, destrucción de hábitats naturales protegidos y proyectos urbanísticos ejecutados “sin cuidado ni planificación”. Unos “puntos negros de la costa melillense”, que han convertido un paisaje de gran valor ecológico en un espacio degradado, con consecuencias aún por determinar para la salud humana y el medioambiental.
La primera de las denuncias más graves que mantiene abierta Guelaya se encuentra actualmente en juicio en Madrid. Se trata de los vertidos de escoria procedente de la incineradora municipal en la zona del antiguo vertedero. Tapia subraya que estas escorias, pese a ser clasificadas por la Ciudad Autónoma como “residuos inertes”, condición indispensable para poder ser reutilizados, en realidad son "residuos no tóxicos" y requieren de una serie de medidas para aislarlos. “Cada vez que llueve, una parte de esas escorias acaban en el mar. Y cuando no llueve, las respiramos”, advierte el ecologista. Y es que, según detalla, las escorias fueron depositadas en un vaso con geotextil que se colmató rápidamente, quedando al descubierto. Las consecuencias sanitarias y medioambientales de esta gestión podrían ser graves si el juicio determina que se trata efectivamente de residuos peligrosos.
Más allá del vertedero que a vista está de todos, es el deterioro generalizado de la costa de aguas abiertas, responde a múltiples factores acumulados a lo largo del tiempo: obras mal ejecutadas, escolleras que no han sido estudiadas hidrodinámicamente, construcciones sobre basuras compactadas y falta de respeto por el entorno natural. “Es una costa profundamente alterada. Entre el vertedero, las escolleras sucias, las cuevas donde malvive gente y el mal cálculo de las corrientes, hemos perdido un entorno natural único”, lamenta Tapia.
La zona conocida como Playa de Orcas Coloradas —una de las más castigadas— sigue presentando restos peligrosos: alambres oxidados, escombros y materiales cortantes que emergen tras cada temporal. “Los fondos marinos son un peligro. Estos materiales son vestigios de las escombreras arrojadas al mar hace décadas”, apunta. Un paisaje que dista mucho de lo que se recuerda: una costa que fue símbolo de biodiversidad y referencia para quienes disfrutaban del mar abierto, frente a las playas cerradas por los dos puertos. Las transformaciones impuestas, sin atención a los valores naturales ni al impacto ecológico, han llevado a la desaparición de hábitats completos. “Aquí se han perdido especies de flora únicas en Melilla. Por ejemplo, la estepa blanca o Cistus albidus ya no existe en su hábitat original”, denuncia el responsable ecologista.
Tapia explica, además, que Guelaya y la Universidad de Granada llegaron a elaborar un ambicioso plan de restauración ecológica, con especies autóctonas cultivadas a partir de semillas recogidas en la misma zona antes de su destrucción. El proyecto, sin embargo, fue desechado, al parecer por la Ciudad Autónoma, y no se ha vuelto a saber nada.
Otra de las grandes denuncias que Guelaya mantiene viva afecta directamente al Ministerio del Interior. Se trata de la intervención en la zona ZEC , declarada Zona de Especial Conservación e integrada en la Red Natura 2000. Las obras ejecutadas por el Gobierno supusieron la destrucción de una zona seca protegida, algo que —según Tapia— en cualquier otro lugar de la península “hubiera abierto telediarios”.
“Aquí entraron con maquinaria pesada y arrasaron una ZEC. Cuando se enteraron algunos funcionarios del Ministerio, decían: ‘Menudo marrón’. Pero aquí no ha pasado nada”, relata.
Pese a que otras organizaciones abandonaron el caso, Guelaya mantiene activa la denuncia en Madrid. El proceso judicial será largo, advierte Tapia, pero subraya que la organización no tiene intención de retirarse: “Una cosa es que pudiéramos haber restaurado la zona, otra que haya que perdonar lo que se hizo”.
Además del juicio sobre la escoria, y la denuncia por la destrucción de la ZEC, Guelaya sigue pendiente de otras acciones judiciales relacionadas con el litoral. La lentitud de los procesos no desanima a la organización, que lleva décadas actuando en defensa del medio ambiente en Melilla.
Entre sus logros pasados, destacan las movilizaciones de los años 80 junto a Greenpeace para frenar el vertido de basuras al mar y conseguir la construcción de una incineradora —aunque esta haya generado nuevos problemas—, así como la paralización de un proyecto que pretendía urbanizar toda la costa con paseos marítimos y puertos deportivos. “La ley de costas lo impidió. Pero a cambio, lo que se hizo fue una chapuza”.
Desde el mirador que domina la zona, sita en Rostrogordo, Tapia observa una costa sin vida, con vegetación propia de cualquier descampado y sin rastro de las especies endémicas que caracterizaban este enclave natural. “Nosotros teníamos un vivero con plantas autóctonas recogidas allí mismo. Estábamos preparados para restaurar todo ese entorno de forma precisa. Pero no quisieron”.
La situación actual, según Guelaya, refleja la falta de compromiso ambiental de las administraciones implicadas: el Gobierno Central y las autoridades judiciales. “La costa melillense ha sido abandonada y agredida con impunidad”.
Y es que para Manuel Tapia el futuro de la costa melillense dependerá del resultado de las denuncias judiciales en curso y de la voluntad política para restaurar lo perdido. Mientras tanto, “seguirán vigilante” y denunciando lo que consideran “una agresión medioambiental sostenida y silenciada”.
“No vamos a cejar. Esto no puede quedar en agua de borrajas. Hay responsables y hay soluciones. Lo que hace falta es voluntad”, concluye Tapia.
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