Tras dudarlo durante unos breves segundos –queridas amigas y queridos amigos- he decidido enviaros una felicitación con idénticas palabras que repito a quienes me cruzo por las calles estos días. “Te deseo muchas felicidades”. Ya sé que, de tanto repetirlas, nos suenan a “música celestial” o a “tópicos vacíos”, pero también estoy convencido de que tú también las interpretarás como la expresión de mi sincera voluntad de valorar y de agradecerte tu respeto, tu comprensión y tu paciencia al mirar y, quizás, al leer, algunos de mis comentarios en estas páginas.
Con independencia de los contenidos de mis escritos, mi intención principal es mantener una relación, una compañía y una amistad que, desde hace ya muchos –demasiados- años, me estimulan y me ayudan a sobrevivir. Más que los contenidos de mis reflexiones, lo más importante es el lazo que nos une: es ahí donde reside la razón de mis escritos. Hoy te lo digo de manera descarada: tú atención y tu comprensión es para mí el mayor regalo. Por eso te repito que te deseo “felicidad” y “felicidades”, con minúsculas, en singular y en plural. Tú las llenas de los significados más importantes en estos momentos de tu vida y de la mía.
A ti -querida amiga y querido amigo, querida compañera y querido compañero, querida paisana y querido paisano, te deseo felicidad y felicidades, y que disfrutes moderadamente. Vosotros sois mis mejores regalos.
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