Feafes Melilla abre un espacio de reflexión sobre salud mental y género
La asociación reprogramó este lunes una actividad del 8M en la que una docena de mujeres dialogó sobre cómo los roles, las desigualdades y el contexto social influyen en la salud mental
Finalización de la actividad de Feafes Melilla. -AGC-
Feafes Melilla celebró este lunes en su sede una charla participativa reprogramada dentro de las actividades organizadas con motivo del 8M, una cita que se enmarca además en los distintos programas con los que la entidad viene abordando la complejidad de la salud mental desde una perspectiva cercana, social y también con enfoque de género. La sesión, guiada por Belén Barceiro, trabajadora social de la asociación, reunió a más de una docena de mujeres de distintas edades en un espacio pensado para compartir, reflexionar y poner nombre a realidades que muchas veces se viven en silencio, pero que forman parte de la experiencia cotidiana de muchas personas.
Bajo el título Salud mental y mujer. Cuando el malestar tiene género, la charla partió de una idea que fue atravesando toda la tarde: la salud mental no surge en el vacío. No depende únicamente de la biología o de la historia personal de cada uno, sino también del contexto, de las condiciones de vida, de las exigencias del entorno y de los mandatos sociales que siguen marcando diferencias entre hombres y mujeres. Ese fue precisamente uno de los ejes del encuentro, concebido para la semana del Día de la Mujer y finalmente trasladado a este lunes dentro de la reprogramación de actividades.
Aunque la propuesta estaba orientada especialmente a mujeres y la protagonista de la charla fue la experiencia femenina, el diálogo no dejó fuera a los hombres. Al contrario, durante la sesión también hubo espacio para hablar de cómo los roles de género afectan a unos y otras, de qué manera cambian las formas de expresar el sufrimiento y de cómo el contexto social, cultural y de género condiciona la salud mental de las personas de forma múltiple. Porque, aunque la sociedad siga avanzando en igualdad, lo cierto es que continúan presentes muchos atributos, etiquetas y expectativas que diferencian todavía a mujeres y hombres y que terminan influyendo incluso en la manera de afrontar un trastorno de salud mental o un malestar de raíz social.
La charla fue avanzando desde la cercanía y con un formato participativo en el que Belén Barceiro fue intercalando datos, conceptos y preguntas abiertas. Más que una exposición cerrada y técnica, el encuentro se fue construyendo como una reflexión conjunta en la que las asistentes pudieron ir reconociendo situaciones, dudas y sensaciones comunes. Sobre la mesa quedaron cuestiones como si a hombres y mujeres se les diagnostica igual, si se escucha de la misma forma su malestar o si se interpreta del mismo modo su sufrimiento. La respuesta que sobrevoló entre las participantes fue meridiana: todavía no.
Ese planteamiento abrió paso a una de las ideas centrales de la jornada. En teoría, la salud mental debería ser algo neutro, clínico, basado en razonamientos objetivos y en una sintomatología concreta. Sin embargo, la realidad muestra que muchas veces hay desigualdades sociales, sobrecargas y sufrimientos que no se leen en toda su complejidad y que terminan tratándose directamente con fármacos, sin llegar siempre a la raíz del problema. El malestar femenino, se planteó durante la charla, se medicaliza en ocasiones cuando detrás hay causas profundamente ligadas al contexto social y a los roles asumidos o impuestos.
A partir de ahí, la trabajadora social fue bajando conceptos técnicos a escenas reconocibles de la vida diaria. La distinción entre sexo y género ayudó a ordenar parte de la conversación: el primero, vinculado a las características biológicas; el segundo, entendido como una construcción social que adjudica roles, expectativas y mandatos a hombres y mujeres. De esos mandatos se desprenden muchas de las tensiones que fueron apareciendo durante la tarde: la sobrecarga de cuidados, la dificultad para priorizar las propias necesidades, el poco tiempo propio, la falta de espacio para el autocuidado o las exigencias contradictorias que pesan sobre muchas mujeres.
Finalmente, la realidad, puesta en palabras durante el encuentro, apareció como una ola compartida. Sensaciones de culpa, de no poder llegar a todo, de querer ser perfecta o de sostener siempre a los demás sin descuidar ninguna parcela de la vida. Todo ello en un lenguaje cercano, reconocible, alejado del tecnicismo puro. También afloraron etiquetas que muchas mujeres siguen escuchando cuando expresan cansancio, malestar o intensidad emocional. Expresiones como “eres muy intensa” o la idea de que ciertas reacciones son “excesivas” sirvieron para mostrar cómo todavía sobreviven formas de invalidación que condicionan la vivencia del sufrimiento.
En ese recorrido también se introdujo, de manera resumida, la idea de la interseccionalidad, entendida como el cruce de varios factores que influyen en la experiencia del malestar y en la forma de acompañarlo. Género y migración, discapacidad y género, o cualquier otra combinación de circunstancias personales y sociales, añaden matices que obligan a mirar cada situación de manera más amplia. El análisis y el acompañamiento, se planteó, no pueden ser idénticos en todos los casos, porque no todas las personas atraviesan las mismas condiciones ni soportan los mismos pesos.
Los datos compartidos durante la charla ayudaron a aterrizar esa reflexión. Durante la sesión se expuso que mil millones de personas viven con un trastorno mental en el mundo y que 581,5 millones de mujeres conviven con trastornos de salud mental. También se señaló que la depresión es 1,5 veces más común en mujeres, al igual que los trastornos de ansiedad. En el caso de España, se apuntó que un 34 por ciento de la población presenta trastorno mental y que los problemas de ansiedad afectan al 14 por ciento de las mujeres frente al 7 por ciento de los hombres, mientras que el diagnóstico de depresión alcanza el 7,1 por ciento en mujeres frente a poco más del 3 por ciento en varones. En contraste, se explicó que los hombres aparecen diagnosticados con mayor frecuencia por consumo de drogas o conductas disruptivas, una diferencia que también remite a la educación recibida, a la forma de verbalizar la vulnerabilidad y al distinto miedo o disposición a pedir ayuda médica.
Durante la charla también se apuntó a los sesgos históricos que han marcado durante años la mirada sobre el malestar psicológico de las mujeres. Desde etiquetas como la de “histérica” hasta la persistencia de ideas que las presentan como más inestables o vulnerables, la reflexión permitió revisar cómo ciertos estereotipos continúan condicionando la escucha y la interpretación del sufrimiento. A ello se suma el peso del estigma y de la desigualdad estructural, así como la responsabilidad emocional y de cuidados que muchas mujeres siguen asumiendo dentro de la familia. Esa sobrecarga, se expuso, no solo está presente, sino que puede convertirse en un factor de riesgo para la salud mental.
La maternidad apareció también como uno de los mandatos de género más persistentes, junto a la pérdida de apoyos comunitarios -"tribu"- y a la sensación de soledad que puede atravesar a muchas mujeres. En el caso de las personas con trastorno de salud mental, se puso el foco en la necesidad de acompañamientos adecuados y de recursos suficientes, así como en el daño que hacen prejuicios que las presentan como incapaces, inestables o malas madres. Todo ello repercute en la autoestima, en la autonomía personal y en la posibilidad de sostener un proyecto de vida propio.
Con esa mezcla de datos, conceptos y experiencias cercanas, la sede de Feafes Melilla volvió a convertirse en un lugar de escucha y reflexión compartida. La charla no pretendía ofrecer respuestas cerradas, sino abrir preguntas y acercar a la vida real cuestiones que a menudo quedan encerradas en el lenguaje técnico. En ese ejercicio de poner palabras a lo que pesa, el encuentro dejó una idea de fondo: cuando el malestar tiene contexto, también necesita ser comprendido desde ahí.