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Estefanía Saavedra lleva sus composiciones y su voz hasta Águilas como finalista de un concurso

Este año, sin escenarios a los que subirse en Melilla, la cantante y compositora ha aprovechado estos meses para escribir y grabar nuevas canciones, una de las cuales la ha situado entre las finalistas del certamen de Living Águilas

por Alejandra Gutiérrez
20/08/2026 10:25 CEST

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La última vez que Estefanía Saavedra se subió a un escenario en Melilla fue en mayo del año pasado. En diciembre volvió a cantar, esa vez en la calle, dentro de un concierto de Navidad. Desde entonces, los escenarios de su ciudad han permanecido a la espera de una nueva cita con una artista que reconoce haber echado de menos ese encuentro directo con el público. No ha habido contratos este año, pero el silencio de los escenarios no ha significado para ella un año detenido. Al contrario. Saavedra ha empleado el tiempo en crear: escribir canciones, trabajar melodías, grabar y dar forma a proyectos que llevaba dentro. Y una de esas creaciones, sin buscarlo, ha terminado viajando hasta Águilas, en Murcia, después de que su marido, Jesús, la inscribiera en un concurso del que ella no supo que formaba parte hasta que se publicaron los nombres de las ocho finalistas. Ahora, aquella canción que nació en la intimidad de su proceso creativo se escucha en otro lugar y ha puesto a la cantante y compositora melillense ante una posibilidad inesperada: convertirse en voz e imagen de una promoción turística vinculada al municipio murciano si finalmente resulta ganadora.

La historia de esta candidatura comienza, precisamente, lejos de cualquier estrategia profesional. La sorpresa se mezcló con la ilusión y, después, con algo que quizá no esperaba tanto: comprobar que otras personas estaban haciendo suyo el proyecto. Desde que compartió la candidatura en redes, ha recibido comentarios y mensajes y ha visto cómo amigos, conocidos y seguidores se movilizaban para apoyarla. Saavedra habla de ello con entusiasmo, aunque sin convertir el concurso en una obsesión. Lo que sí reconoce es que la experiencia ya le ha dejado algo valioso antes incluso de conocer el resultado: personas que han descubierto su música y que se han acercado a ella para decirle que les ha gustado la canción.

El tema con el que participa no fue escrito expresamente para el concurso. Es una de las dos canciones que Saavedra ha grabado durante este año, en un periodo en el que, al no haber actuaciones contratadas en su ciudad, ha seguido haciendo aquello que no sabe dejar de hacer: música. Jesús fue quien escogió el vídeo que se envió, junto con las fotografías y el resto del material. La grabación, además, tiene un componente familiar que encaja con la forma cercana en que la artista está viviendo todo este proceso. El vídeo se lo hizo Martina, su hija. No hubo una gran producción ni un equipo detrás. La candidatura se construyó así, desde casa y con los suyos, hasta acabar convirtiéndose en una puerta hacia un municipio situado a cientos de kilómetros de Melilla.

La canción habla de experiencias que Saavedra reconoce como propias. A sus 40 años, dice, ha vivido amores y desamores y ha atravesado relaciones que ahora identifica como tóxicas. Hoy lleva muchos años junto a su marido y describe su relación como estable, pero antes hubo otros vínculos en los que llegó ese momento en que una persona comprende que no quiere seguir ahí. De esas experiencias nace una letra que busca hablar de empoderamiento femenino y, sobre todo, hacerlo de una manera directa. No quería esconder el mensaje detrás de demasiadas metáforas. Quería que se entendiera, que la melodía fuera sencilla y que el estribillo pudiera quedarse en la cabeza. En la canción aparecen frases como "te miro y me apago", una expresión breve que resume la sensación de estar junto a alguien que, lejos de aportar, termina apagando aquello que uno es. Para Saavedra, esa idea trasciende la pareja. Las personas que nos rodean, dice, tienen que sumar. Y eso incluye las amistades y también los vínculos familiares. "La sangre nos hace ser parientes. La familia es otra cosa", sostiene.

Su manera de componer también tiene mucho que ver con esa espontaneidad. Saavedra explica que habitualmente la melodía aparece antes que la letra. Puede estar conduciendo, ocurrírsele una frase musical y tener que detenerse para grabarla con el teléfono. Después, ya en casa, empieza a darle vueltas. Sobre esa melodía construye una letra y poco a poco aparecen las estrofas, los cambios y la estructura definitiva. Es un proceso que combina intuición y trabajo. "A lo mejor se me ocurre una melodía para el estribillo", relata, y a partir de ahí comienza a desarrollarla hasta encontrar la forma completa del tema. Luego llega una segunda fase especialmente exigente: conseguir que las palabras tengan sentido y, al mismo tiempo, funcionen dentro de la música. La rima, consonante, añade dificultad. Saavedra habla de esa parte con la honestidad de quien todavía se pregunta si lo que ha escrito es realmente bueno. La primera vez que decidió dar ese paso, enseñó una letra a su marido, se la cantó y recibió el respaldo suficiente para continuar componiendo. Sin embargo, aunque siempre formó parte de ella, la cantante reconoce que en sus conciertos nunca interpreta sus propias canciones.

En esta ocasión, la grabación de la canción la llevó hasta Granada, donde trabajó con Tete Moreno y Joaquín Calderón. Allí pasaron un par de días buscando la forma definitiva de la composición. No se trataba únicamente de registrar una canción que ya tenía letra y melodía, sino de descubrir cómo podía crecer. Se escucharon las propuestas, se probaron distintas posibilidades y se trabajó sobre la interpretación. En algún momento, recuerda Saavedra, Joaquín Calderón cogía la guitarra y ella cantaba para comprobar cómo funcionaba el tema en acústico. "Venga, Estefanía, prueba hacerlo por aquí", le iba indicando. Para ella, ese proceso fue también una oportunidad de aprendizaje. Destaca tanto la profesionalidad de ambos como la amistad que mantiene con Tete Moreno y reconoce que se lleva de aquella experiencia algo que considera más importante que el propio resultado: todo lo que aprendió. Después, la producción continuó a distancia. Le enviaban el trabajo para que lo escuchara, comentara qué le gustaba y qué quería cambiar, hasta llegar a una versión con la que se sintió satisfecha.

Aunque ahora se ha lanzado con mayor decisión a la composición, escribir siempre había formado parte de su vida. Durante años hizo letras para ocasiones familiares, canciones para personas cercanas o pequeñas piezas que surgían de una celebración. Ya en el instituto escribía canciones y poesía. Conservaba incluso una libreta en la que había reunido muchos de aquellos textos, hasta que un día desapareció después de llevarla a clase. Aquella libreta se quedó atrás, pero no la necesidad de escribir que ha acompañado su camino y su intimidad. Hoy conserva otros textos, muchos de ellos relacionados con su abuela María, una mujer a la que considera como una madre. Escribe sobre ella y guarda esas páginas sin saber exactamente qué hará algún día con ellas. Quizá, dice, podría reunirlas y convertirlas en un libro dedicado a su abuela. La escritura, en su caso, no termina cuando adquiere forma de canción. También está en los textos poéticos que escribe para sí misma, en una faceta mucho más íntima que no suele enseñar.

La composición se ha convertido así en una forma de ocupar un tiempo que este año no ha estado lleno de actuaciones. Saavedra reconoce que echa de menos cantar en su tierra, que tiene proyectos pendientes y que le gustaría volver a ofrecer un espectáculo en el teatro. Su relación con el escenario viene de muy atrás. Empezó a cantar cuando era una niña y recuerda que con tres años ya estaba ante las cámaras de Televisión Española. Desde entonces, la música ha permanecido en su vida. También ha conocido la fragilidad de esa vocación y de la vida misma: en 2008 perdió la voz y estuvo un año sin poder cantar. Recuperarla le hizo entender todavía más profundamente lo que significa tenerla. Por eso, cuando habla de cantar, no lo presenta como una afición secundaria. "Yo sé que yo he nacido para cantar", afirma. Puede gustar más o menos, admite, pero ella tiene claro que necesita estar sobre un escenario.

Ese vínculo con el público es, probablemente, lo que más ha echado de menos durante estos meses. No se trata únicamente de cantar. Saavedra habla de los abrazos y los besos que recibe cuando termina una actuación, de la gente que la espera abajo y se acerca para saludarla. "A mí eso me encanta de verdad", dice. Esa reciprocidad explica por qué no considera imprescindible marcharse de Melilla para sentirse realizada como artista. Si llena un teatro en su ciudad, si las personas que la quieren pagan una entrada y acuden a verla, para ella ya existe ahí un éxito verdadero. Si llegan oportunidades fuera, será feliz; pero no necesita convertir esa posibilidad en una condición para sentirse artista.

La oportunidad de Águilas, precisamente por inesperada, adquiere ahora otro significado. Si gana, la organización compondrá un tema específicamente dedicado al municipio y ella pondrá la voz y la imagen. Para Saavedra sería una forma de llevar su trabajo a otro lugar y, al mismo tiempo, de conseguir una promoción que habitualmente no está a su alcance. Porque una de las dificultades que reconoce para cualquier artista que trabaja por su cuenta es hacerse escuchar. Sus canciones están disponibles en plataformas como Spotify y ella las comparte en redes, pero sin una estructura de promoción es difícil llegar a nuevos públicos. El concurso ha cambiado eso durante unos días. Personas que no la conocían han escuchado su canción y algunas se han puesto en contacto con ella para decirle que les ha gustado. "Gracias a esto mi canción se está escuchando también en otro sitio", celebra.

No descarta el sueño de grabar un disco. Tampoco oculta que le encantaría llenar algún día un estadio, aunque admite entre risas que probablemente lloraría antes de poder cantar. Pero no ha construido su vida alrededor de esa posibilidad. Tiene su trabajo en el hospital, su familia, su ciudad y una vida que valora. Lo que sí tiene es disponibilidad para aprovechar las oportunidades cuando aparecen. Y este año decidió crear. Escribió, compuso, grabó y trabajó con otros músicos. Una de esas canciones acabó en una candidatura que será resuelta finalmente este viernes, cuando se conocerán los resultados.

Al final de la conversación, Saavedra acepta cantar un fragmento de la canción que la ha llevado hasta allí. No necesita preparación ni un acompañamiento. Simplemente decide qué parte quiere interpretar y comienza. La letra que durante semanas ha circulado en una grabación adquiere otra dimensión cuando sale directamente de su voz. Al terminar reconoce, entre risas, que incluso puede olvidarse de las letras de sus propias canciones. Pero durante esos segundos no importa. Lo que queda es precisamente aquello que ella defiende cuando habla de cantar: que una voz no tiene que ser únicamente técnicamente impecable, sino capaz de llegar al alma, explica. Y después vuelve a una palabra que considera fundamental: el mensaje. Este año, Estefanía Saavedra no ha dejado de cantar. Ha creado. Y una de esas creaciones ha encontrado ahora un camino hasta Águilas.

Tags: Estefanía Saavedra

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