Esperanza Asensi, artista que expone en la muestra colectiva de la Fundación Balearia en Melilla. -Cedida-
En la colectiva “Els viatges dels Baleàrics”, el viaje se plantea como un desplazamiento físico, sí, pero también como un movimiento interior: una forma de descubrimiento y de cruce cultural que, desde el Mediterráneo, traza un mapa común entre Baleares, la Comunidad Valenciana y las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Son dieciséis artistas y múltiples lenguajes —pintura, fotografía, collage— reunidos bajo una idea amplia: viajar no siempre significa llegar lejos, a veces significa mirar distinto. En ese recorrido, Esperanza Asensi desembarca en Melilla con tres piezas donde el trayecto se vuelve íntimo: su viaje no es únicamente ir de un lugar a otro, sino regresar a un paisaje mental, reconocer una energía, detenerse en una mirada y dejar que una imagen abra una historia.
Asensi cuenta que, desde niña, casi se expresaba mejor dibujando que con palabras. Ese impulso temprano no se quedó en un recuerdo amable de infancia: se convirtió en destino, oficio y modo de estar en el mundo. Hoy su vida se sostiene en un equilibrio práctico, sin épica impostada, entre la docencia y sus proyectos artísticos personales. Da clases de pintura, arte e Historia del Arte; pasó por la enseñanza universitaria, pero eligió el instituto, el Bachillerato de Artes, donde afirma sentirse feliz trabajando de lo que le gusta. Y, aun así, repite una verdad que conocen demasiados creadores: que “de la pintura no se vive” con facilidad. Por eso el camino suele exigir constancia, alternativas y una disciplina diaria que, en su caso, también se alimenta del aula: enseñar la obliga a repensar la mirada, a ordenar la pasión, a sostener el oficio.
Su estilo se impregna de múltiples influencias, pero hay una esencia que la define: la figuración. No como gesto conservador, sino como posibilidad narrativa. En la figuración encuentra una forma de contar. Recuerda que un galerista le dijo una vez que era una “pintora-escritora”: alguien que, incluso cuando pinta una escena serena, está narrando. Asensi no busca que el espectador “adivine” el mensaje exacto, sino que perciba que la imagen tiene capas, pistas, símbolos; que hay un texto escondido en el cuadro. Y ahí aparece una de sus grandes referencias: el Renacimiento y, en especial, la pintura flamenca. De esa tradición admira la capacidad de guardar mensajes para quien supiera leerlos. Ella quiere recuperar ese espíritu: volver a un “renacimiento” en pintura, pero desde el presente, defendiendo la cultura, el tiempo lento y la mirada crítica frente al ruido contemporáneo que —dice— “nos anestesia”.
En las tres piezas que expone en Melilla late una idea persistente: el paisaje no es un fondo, es un estado de ánimo. Por eso sus cuadros no funcionan como postales, sino como lugares donde quedarse un rato. Ella lo explica desde lo emocional: todo lo que está “bañado por el mar” le da paz, pero no cualquier mar; busca el Mediterráneo, su mar, el que asocia a la tranquilidad y a un entorno al que vuelve una y otra vez, aunque sea desde la memoria o desde una geografía inventada. Esa sensación atraviesa la serie: rostros serenos, miradas introspectivas, espacios que parecen diseñados para bajar el ritmo.
En las dos obras más pequeñas, la relación entre figura y entorno es casi física. El retrato ocupa la escena, sí, pero el paisaje se pega al rostro como si fuese una segunda piel. En una de ellas, una mujer aparece en una cala de agua azul verdosa, con rocas claras y vegetación mediterránea. Todo transmite la quietud luminosa de un día de costa sin prisa: el mar está presente como promesa de calma y el encuadre, aunque cerrado, empuja inevitablemente hacia el horizonte. Asensi introduce un elemento vegetal —una flor en la mano— que actúa como gesto mínimo: no grita, sugiere. En su pintura esos detalles no están para decorar, sino para sostener el silencio, como si el cuadro recordara que lo esencial sucede a menudo en lo pequeño.
La otra pieza pequeña se sitúa en un entorno boscoso y vertical, de troncos y ramas. Aquí la serenidad no llega por el agua, sino por la sombra y el refugio: el paisaje envuelve, como si el aire fuera más fresco. Entre el cabello y el espacio aparecen pequeñas flores blancas que suavizan la escena y refuerzan lo orgánico. Y al fondo, un detalle rojo —una hamaca— hace exactamente lo que la artista busca con el color: no romper la armonía, pero sí dejar un punto que atraiga la vista y active la lectura. Asensi trabaja con gamas suaves, evita estridencias, procura que todo sea armónico, que “no produzca ruido”, para generar una atmósfera relajada. Ese rojo no es un golpe expresionista: es un anclaje, una insinuación de descanso, una invitación a estar.
Esa calma, además, no es abstracta. Asensi vincula una de las obras a un lugar concreto que para ella tiene energía: la playa de Macarelleta (Menorca), un sitio donde, si llegas nerviosa o cargada, “te invade la calma”. Esa idea del paisaje como medicina emocional atraviesa su trabajo: no pinta solo lo que ve, sino lo que un lugar le hace sentir. Por eso sus entornos no tienen por qué ser exactamente reales. Pueden partir de una costa reconocible o de un bosque posible, pero terminan convertidos en un espacio mental.
La tercera obra, la de mayor formato, “respira” más: hay más aire en el cielo y más espacio alrededor de la figura, como si el cuadro necesitara distancia para que aparezca lo onírico. La mujer se instala en primer plano —en esa lógica de Asensi de poblar el paisaje, porque un entorno vacío le resulta triste— y el territorio se despliega entre arena, rocas y horizonte. El lugar, según explica, es una mezcla nacida de su cabeza: una simbiosis entre las playas de San José (Almería) y otra Menorca más árida y escarpada. No es una copia literal, sino una síntesis emocional de lo que ella entiende como su “sitio de recreo”, ese espacio donde estar bien, inspirado también por la carga afectiva de una canción de Antonio Vega.
Ahí entra el giro surrealista y simbólico. En esta pintura aparecen elementos que no encajan en un naturalismo estricto —un pequeño avión en el cielo, una cebra en la arena— y, lejos de ser caprichos, forman parte de su manera de contar: paisajes oníricos donde los signos actúan como palabras. La cebra, dice, es un animal protegido, exótico, raro; su presencia en un lugar que “no existe” refuerza el carácter de sueño. En los sueños todo es incoherente y salen cosas extrañas: Asensi usa esa lógica para construir una realidad paralela, más calmada, más habitable, donde la metáfora manda. Incluso la figura vestida con un aire rupestre o prehistórico funciona como deseo simbólico: volver a una etapa en calma, más tranquila que la actual, aunque sea como anhelo.
En las tres obras, la relajación del espacio se refleja en los rostros. Asensi insiste en que no pinta “cualquier mujer”: son mujeres con una mirada intensa y presente, algo interno, casi espiritual. Aunque parezca que miran hacia un lado u otro, ella lo entiende como una mirada hacia dentro. Esa dirección interior, sumada a los colores suaves y a los paisajes mediterráneos —reales o inventados— unifica su narración: el viaje no es ir lejos, sino entrar en un clima de calma, detenerse y leer la imagen.
En su línea onírica, donde integra recursos como el collage de manera orgánica, aparece también un signo especialmente personal: un ojo integrado en un medallón, pensado para que no parezca “pegado”, sino natural en la escena. Para ella ese ojo remite a un recuerdo de su madre, a un gesto de protección en momentos de nervios o cambios importantes: un talismán íntimo convertido en símbolo pictórico. Y así se entiende su modo de pintar: el cuadro no es solo una escena bonita, sino un lugar donde caben la memoria y la lectura, donde cada elemento puede ser una palabra dentro de un texto.
Fuera de esta colectiva, Asensi continúa trabajando en proyectos que también hablan de paisaje y pertenencia. Uno de ellos lo comparte con su marido, también pintor, en la exposición “El Valle Mágico”, centrada en el valle de Guadalest (Alicante) y planteada desde el deseo de preservar su belleza como patrimonio natural frente a la presión urbanística. Y cuando termina una exposición, reconoce un “tiempo de barbecho”: un paréntesis necesario antes de volver a arrancar. Lo que viene después es insistir en ese propósito de “volver al Renacimiento”, no como copia estética, sino como defensa de la cultura y de la pintura como lenguaje todavía capaz de decir algo importante.
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