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Entre la diversión y la tragedia

La distancia entre un día de diversión en la playa y otro oscurecido por la tragedia no es mucha cuando no se respetan unas mínimas normas de seguridad. Pero es más corta aún cuando los bañistas están en una situación de riesgo y desoyen las advertencias y consejos de los socorristas, que no tienen otra función que velar por su seguridad.

Hace una semana El Faro de Melilla alertaba de los peligrosos saltos que muchos jóvenes llevan a cabo desde el acantilado de la Ensenada de los Galápagos. Ayer continuaba esta actividad en este punto de la costa melillense sin que las autoridades de las administraciones local y central hayan movido un solo dedo. Probablemente tampoco lo harán cuando lean en este mismo periódico cómo muchos bañistas, en su mayoría menores de edad, utilizan zonas reservadas al paso de embarcaciones para darse un chapuzón. Ocurre en las proximidades de la rampa de varada de la playa de San Lorenzo.
Las llamadas de atención por parte de los socorristas a estos niños y adolescentes son constantes día tras día, sin que sean suficientes para poner fin a esta peligrosa práctica. Tampoco sirve de mucho la presencia puntual de los agentes de la Guardia Civil que acuden a esa zona cada vez que son requeridos por los socorristas. Los bañistas que ayer estaban nadando en esa zona, siguen estando hoy y, probablemente, volverán a encontrárselos mañana los socorristas y los miembros de la Benemérita.
La situación de riesgo en que se encuentran y la nula atención que prestan a las advertencias sobre su seguridad deberían llevar, al menos, a poner en conocimiento de su progenitores o tutores estas circunstancias. No dar importancia a estos hechos o restar gravedad a que estos menores se bañen en zonas reservadas para el paso de embarcaciones puede acarrear gravísimas consecuencias.
Diseñar y financiar un servicio de vigilancia y seguridad en nuestras playas carece de sentido cuando es incapaz de evitar peligrosos saltos al vacío como los que llevan a cabo jóvenes en la Ensenada de los Galápagos ni es efectivo para impedir que unos niños y adolescentes (casi siempre los mismos y, por lo tanto, perfectamente identificados) se bañen en una zona reservada al paso de embarcaciones.
Si, por desgracia, algún día hay que lamentar algún accidente con graves consecuencias en alguno de estos dos puntos del litoral, los responsables de la seguridad en nuestras playas tendrán que dar muchas explicaciones. Tratarán de argumentar de muchas maneras el haber permanecido de brazos cruzados, pero no podrán decir que desconocían esta clase de hechos ya que son observables a diario. Son visibles para todo aquél que quiera verlos y, si están dentro de sus responsabilidades, para todo aquel tenga realmente alguna preocupación por garantizar las seguridad en nuestras playas.

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