Entre el mar y la memoria: los viajes interiores de Patricia Boned en Melilla

La artista presenta tres obras en la muestra de la Fundación Balearia donde el color, los mapas y la figura femenina construyen una reflexión sobre lo que dejamos atrás y lo que está por venir

Hay vocaciones que no empiezan un día concreto ni responden a una decisión meditada frente a un papel en blanco. Simplemente están ahí desde siempre. En el caso de Patricia Boned, el arte no fue una elección consciente, sino una manera natural de habitar el mundo. Desde niña dibujaba sin descanso. Llenaba libretas, márgenes y carpetas con figuras que nacían casi sin darse cuenta. No diferenciaba entre tiempo de juego y tiempo de creación. Dibujar formaba parte de su rutina diaria con la misma naturalidad que cualquier otro gesto cotidiano.

Durante años no fue plenamente consciente de que aquella dedicación constante no era lo habitual. Fue su entorno, especialmente sus profesores, quienes comenzaron a señalar que aquella inclinación tenía algo distinto. Mientras otros atendían en clase, ella seguía trazando líneas, desarrollando personajes, imaginando escenas. Ese punto de inflexión le permitió comprender que aquello que para ella era tan natural podía convertirse en camino profesional.

Decidió entonces formarse en la Escola Massana de Barcelona, donde permaneció cinco años ampliando sus conocimientos en el ámbito artístico. La necesidad de seguir aprendiendo la llevó después al Centre del Vidre de Barcelona, donde se especializó en vitrales. Esa etapa formativa consolidó una base técnica que, con el tiempo, iría adaptando a su propio lenguaje. Porque si algo define su trayectoria es precisamente la búsqueda constante de una voz propia.

Al finalizar sus estudios regresó a su lugar de origen y comenzó una etapa marcada por la constancia. Como ocurre en muchos casos, el camino profesional no fue inmediato. Compaginó su trabajo con pequeñas exposiciones en espacios alternativos, bares y locales culturales donde el arte encontraba su primer escaparate. El proceso fue lento, pero continuo. La creación nunca se detuvo.

En los últimos años, su impulso creativo se ha visto reforzado por su vinculación a la asociación Art amb B, impulsada por el comisario y "agitador cultural" Antoni Torres. Desde este colectivo se promueven exposiciones temáticas y proyectos que invitan a los artistas a salir de su zona de confort, a trabajar a partir de conceptos comunes y a explorar nuevas lecturas visuales. En ese contexto nace la muestra que ahora la trae hasta Melilla.

Patricia Boned expone en la ciudad tres obras dentro de la exposición colectiva “Els viatges dels Baleàrics”, organizada por la Fundación Baleària, y que este sábado concentra el último día abierta al público. El eje temático propuesto gira en torno al viaje, una idea amplia que cada creador interpreta desde su propio universo. En el caso de Boned, el viaje no se limita al desplazamiento físico: se convierte en una experiencia emocional compleja, atravesada por la memoria, la expectativa y la incertidumbre.

La figura femenina, constante en su obra, vuelve a ocupar el centro de la escena. Dos retratos y una pieza de mayor formato componen su aportación a la muestra. En las tres obras, las mujeres miran hacia el horizonte. Ese gesto, aparentemente sencillo, concentra la tensión narrativa de la propuesta. El horizonte simboliza lo que se abandona y lo que está por venir. Es frontera y promesa al mismo tiempo.

Para la artista, viajar implica una dualidad. Cuando una persona se marcha de un lugar experimenta, por un lado, la añoranza de lo que deja atrás. Por otro, la ilusión —y a veces el temor— ante lo desconocido. Esa mezcla de sentimientos se traduce en las expresiones de sus figuras, que transmiten una melancolía contenida, una introspección silenciosa que invita al espectador a completar la historia.

La ambientación elegida sitúa a las protagonistas en un barco. No es una decisión casual. Nacida en una isla, Boned asocia el viaje marítimo a un ritmo pausado, a ese tiempo suspendido que permite pensar mientras la costa se difumina o comienza a dibujarse en la lejanía. El mar funciona aquí como escenario y metáfora: superficie abierta, aparentemente infinita, que conecta territorios pero también separa mundos.

La pieza de mayor tamaño introduce con más claridad la idea del equipaje. La figura aparece rodeada de maletas que simbolizan algo más que objetos materiales. La artista plantea el equipaje como carga emocional, como el conjunto de experiencias, vivencias y recuerdos que cada persona arrastra consigo. Aunque cambie de ciudad o de país, nadie viaja vacío. La memoria acompaña siempre.

Formalmente, la artista trabaja con pintura acrílica y recurre al collage como recurso expresivo. Incorpora mapas reales sobre el soporte, integrándolos en la composición. Estos fragmentos cartográficos refuerzan la idea del desplazamiento y añaden una textura particular a la superficie pictórica. En algunos puntos, esa textura recuerda incluso a la piel observada de cerca, estableciendo un paralelismo entre territorio y cuerpo, entre geografía externa e identidad interior.

El tratamiento del color adquiere un papel decisivo en la construcción del relato visual. En los dos retratos predominan los tonos cálidos, que envuelven a las figuras en una atmósfera más cercana y acogedora. En cambio, en la obra de gran formato emergen azules más profundos que generan distancia y acentúan una sensación de mayor complejidad emocional. No se trata de una escena cómoda, sino de una imagen que sugiere peso e incertidumbre.

Esa relación intensa con el color se ha visto reforzada recientemente tras su viaje a Kenia, una experiencia que aún está reposando en su imaginario creativo. Allí le impactaron especialmente las telas estampadas que visten muchas mujeres, la riqueza de los patrones y la intensidad cromática que contrasta con el paisaje. La fuerza visual de esos tejidos ha abierto una nueva línea de trabajo en la que la textura y el estampado cobrarán protagonismo. Boned ya proyecta una futura exposición inspirada en esas vivencias, donde los colores vibrantes y las superficies textiles se integrarán en su lenguaje plástico, manteniendo la figura femenina como eje pero incorporando nuevas capas visuales y materiales.

La mujer, en su universo creativo, no es un mero sujeto retratado, sino un territorio simbólico. A través de ella reflexiona sobre identidad, percepción y resistencia. En Melilla, esa figura femenina adopta además el papel de viajera. Observa el horizonte, sostiene su equipaje y parece situarse en ese instante exacto en el que todo está a punto de cambiar.

La propuesta de Patricia Boned se integra así en una muestra colectiva que invita a pensar el viaje desde múltiples perspectivas. Su aportación añade una dimensión introspectiva, centrada en lo que ocurre dentro de quien se desplaza. No habla tanto del destino como del tránsito, de ese espacio intermedio donde se mezclan recuerdos y expectativas.

Con el horizonte como símbolo y el mar como escenario, las pinturas de Patricia Boned recuerdan que todo viaje es, en el fondo, una transformación. Que cada partida encierra una despedida y cada llegada abre una pregunta. Y que, aunque cambiemos de paisaje, siempre viajamos acompañados por aquello que somos.

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