Profesional de un de los puestos de dulces. -AGC-
En el recinto ferial de Melilla no todo ocurre dentro de las casetas o al ritmo de la música de los conciertos. A lo largo del recorrido, entre el bullicio de quienes van y vienen y el sonido de las atracciones, hay otros pequeños mundos que forman parte inseparable de la Feria. Son los puestos de dulces, chucherías, juguetes y comida que, colocados con precisión y coloridos, se convierten en una parada más para quienes recorren el recinto. El aroma llega a percibirse antes que el propio mostrador, en una mezcla de olores a masa recién frita, a chocolate, a caramelo y a azúcar. Los puestos se convierten así en una parte vinculada directamente al disfrute de la celebración, tanto que ... ¿qué niño o niña no reclama un algodón de azúcar cuando llega la Feria?
Entre cristales, bandejas, estantes de exposición y máquinas de elaboración en vivo y en directo se despliega un catálogo que parece no tener fin. Algodón dulce, refrescos y agua comparten espacio con bolsas de patatas, palomitas, frutos secos, chucherías, piruletas y juguetes. Hay manzanas de caramelo y almendras garrapiñadas, frutas glaseadas y confitadas, turrones y almendras rellenas. También gofres, helados, crepes y buñuelos que se preparan mientras el cliente espera. En los puestos, la masa se trabaja artesanalmente y la fritura se hace al instante, antes de servir. Después llegan los acompañamientos: siropes de Kinder, Nutella o chocolate blanco, y toppings que terminan de convertir un sencillo buñuelo en una pequeña tentación de feria.
En uno de estos puestos, uno de los feriantes explica que las masas de crepes y buñuelos se elaboran de forma artesanal. También la masa de los gofres tiene su propio recorrido: llega desde la caravana en forma de bolas, ya fermentada, para ser introducida directamente en las gofreras una vez instalados en el recinto y abiertos al público. Al ser una masa más compleja de elaborar, precisan de espacios más amplios y tiempos más largos antes del consumo final. La precisión con la que explican el proceso parece querer desmontar una idea extendida entre algunos visitantes al recinto que preguntan una y otra vez en sus puestos el origen de los mismos. "No son del Mercadona", comenta el feriante mientras nos muestra las bolas de masas de gofres y las máquinas de elaboración de buñuelos y crepes que aparecen en un lugar y en otro. Lo que para quien compra puede parecer simplemente un dulce más entre las luces de la Feria, tiene detrás una preparación previa, una logística y muchas horas de trabajo.
Porque los puestos no llegan solos a Melilla. Llegan con caravanas, mercancía, maquinaria, familias y kilómetros acumulados. La vida de estos profesionales está ligada a un calendario de fiestas que les obliga a desplazarse continuamente de una ciudad a otra en periodos concretos del año que pueden acumular meses de verano u otras épocas del año. Algunos han llegado desde puntos como Almería; otros conocen demasiado bien la incertidumbre de los últimos meses después de haberse quedado en Ceuta tras la suspensión de la Feria a raíz de los acontecimientos recientes. Cada desplazamiento supone gastos elevados y, por tanto, también riesgo. Algunos llegaron a Melilla con el temor de que pudiera repetirse una situación semejante y que, después de asumir el coste del viaje, la inversión volviera a quedarse sin recuperar.
La amabilidad con la que reciben al visitante, la familiaridad entre quienes comparten el recinto y esa sensación de pequeña comunidad que se percibe entre puestos y atracciones esconden una realidad bastante más exigente. La Feria dura unos días, pero para ellos es una forma de vida que se prolonga durante buena parte del año. Hay familias que llevan décadas recorriendo ciudades y pueblos. Profesionales que pertenecen a generaciones enteras dedicadas al oficio. Algunos de los feriantes presentes representan ya la cuarta generación y sus hijos serían la quinta. Una tradición que se transmite de padres a hijos, aunque no siempre con la certeza de que los más jóvenes quieran continuarla.
En esa transmisión generacional aparece también una contradicción. Los hijos crecen junto a sus familias entre caravanas, ferias, montajes y desmontajes, pero al mismo tiempo conocen otras posibilidades. Algunos comienzan a mirar hacia trabajos menos itinerantes, hacia una vida organizada alrededor de un domicilio estable y unos horarios que no dependan de las fiestas de cada ciudad. El oficio familiar continúa presente, pero ya no necesariamente como un destino escrito.
Para las familias con niños pequeños, además, la itinerancia plantea dificultades que apenas se perciben desde el otro lado del mostrador. Durante los días de Feria, las jornadas son intensas y el trabajo puede ocupar prácticamente todo el día. Una de las feriantes explica que recientemente ha tenido que dejar a su bebé en otro lugar porque el ritmo de la actividad hace imposible atenderlo mientras trabaja. La educación también requiere encajar piezas que no siempre están diseñadas para una vida en movimiento. Mantener el ritmo del colegio cuando la familia cambia periódicamente de ciudad en periodo lectivo no es sencillo, aunque existen permisos y fórmulas específicas para facilitar la escolarización de los hijos de trabajadores feriantes, vinculados también a otros oficios itinerantes como el circo o los mercados. El sistema educativo trata así de ofrecer alternativas para que esos niños puedan continuar su formación pese a una infancia marcada por los desplazamientos.
Entre puesto y puesto también se habla de dinero. Y ahí la percepción de este año no es especialmente optimista. Quienes llevan tiempo viniendo a Melilla comparan, inevitablemente, la Feria actual con la de otros años. Algunos recuerdan una época en la que la frontera abierta favorecía un mayor tránsito de personas y en la que el recinto comenzaba a registrar movimiento incluso a primeras horas de la tarde. Con el paso del tiempo, aseguran, la afluencia ha ido deteriorándose y quienes trabajan directamente de ese movimiento son quizá los primeros en percibirlo. La frase se repite con diferentes matices, pero el sentido es el mismo: "la cosa está floja".
Los gastos, mientras tanto, continúan aumentando. Lo hacen los desplazamientos, los productos y el propio coste de mantener un puesto o una atracción en funcionamiento. Los feriantes son conscientes de las diferentes capacidades económicas de las economías domésticas en Melilla. Cuando el presupuesto familiar es limitado, el visitante tiene que decidir dónde gastar. Las familias melillenses, explican algunos feriantes, deben repartir el dinero destinado al ocio. A ello se suma que muchas han visitado otras ferias, como la de Málaga, y esas experiencias también terminan influyendo, de una forma u otra, en el gasto que realizan cuando llega la Feria de Melilla. Los costes se elevan y también los productos que ofrecen los feriantes inevitablemente. Para quienes viven de la Feria, cada compra cuenta: un gofre, una bolsa de chucherías, un juguete, unas almendras o un algodón de azúcar forman parte de una suma que determina si una temporada resulta buena o difícil.
Y, sin embargo, entre esas dificultades persiste una relación casi afectiva con la Feria y con el oficio heredado. Hay quienes llevan viniendo a Melilla décadas y quienes acumulan solo algunos años, pero muchos comparten la sensación de regresar a un lugar conocido. Los rostros se repiten, las caravanas vuelven a instalarse y los puestos recuperan su lugar entre las luces del recinto y el tránsito de los visitantes. La Feria es, para ellos, trabajo, pero también costumbre, memoria y una forma particular de entender el año.
Lo cuenta también un joven feriante de 17 años que está vinculado a este mundo desde que nació. Ha venido a Melilla junto a su padre, como antes lo hacía con su abuelo, y cada año repite el viaje. Durante los días de Feria, su vida transcurre entre el puesto, los clientes, las luces y el ritmo acelerado del recinto. Pero cuando la temporada termina, todo cambia. Regresa a casa, al instituto y a una rutina completamente diferente. La caravana deja atrás las luces y el ruido y comienza otra etapa del año. Una vida más tranquila, quizá, pero en la que termina echando de menos aquella intensidad de desprender sus productos en diferentes puntos del mapa, acercándose a pueblos y ciudades un año tras otro.
Porque cuando las atracciones se apagan y los puestos desaparecen del recinto, el trabajo no termina del todo. Durante los meses siguientes continúan preparando la próxima temporada: arreglando los puestos cuando es necesario, adquiriendo nuevos productos, comprando peluches, juguetes y mercancía, revisando aquello que tendrá que volver a viajar. Después llegará otra Feria, otra ciudad, otro montaje y otra noche de luces. Y volverán a empezar los kilómetros.
Así, detrás de cada algodón de azúcar que se eleva sobre la cabeza de un niño, de cada manzana cubierta de caramelo, de cada buñuelo recién frito o de cada juguete escogido entre decenas de colores, existe una historia que no siempre se ve. Hay familias que viajan, generaciones que mantienen un oficio, jóvenes que dudan entre continuar o buscar otro camino, niños que crecen alrededor, y trabajadores que afrontan cada temporada con la esperanza de que los visitantes acudan y de que el esfuerzo de llegar hasta allí tenga recompensa. Cuando la Feria termina para el visitante, comienza para ellos el camino hacia la siguiente.
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