El alma del mercadillo lo da Josefa, quien desde hace 20 años, viste a Melilla de peinetas, flores y mantones

Los puestos comerciales adosados a las casetas se convierten en el termómetro popular de una feria que factura ya seis millones de euros

En la Feria de 2025, el tacto se ha convertido en el sentido más democrático de todos. Mientras los ojos se saturan de faroles y los oídos se abruman de música, las manos descubren texturas en cada puesto del mercadillo que flanquea las casetas. Aquí se palpa la seda auténtica del mantón, se acaricia la rugosidad artificial de las flores de plástico, se sopesa el metal barato que imita la plata vieja en los pendientes. El tacto no miente: distingue entre lo verdadero y lo simulado, entre lo que dura y lo que se desvanece. Y en este universo táctil donde cada cliente busca llevarse un pedazo de Andalucía entre los dedos, hay un puesto que se ha convertido en la meca de quienes aún creen que la tradición se puede tocar.

María Josefa tiene las manos curtidas de tanto doblar tela y los ojos que brillan cuando habla de herencias. No de las que van en testamentos, sino de esas que se pasan de generación en generación como quien entrega el testigo de una carrera que nunca termina. Su puesto, pegado a las casetas como una lapa dorada, es estos días el más concurrido de cuantos flanquean el real ferial. Y no es casualidad.

"Esto es una empresa familiar, por así decirlo", dice mientras coloca un mantón de Manila que vale más que muchos sueldos mileuristas. A sus pies, un mare mágnum de flores de plástico que parecen más reales que las naturales, pendientes que desafían las leyes de la gravedad y abanicos que cuando se abren susurran secretos de madrugada.

En estos primeros días de feria, cuando el asfalto todavía no ha absorbido del todo el aroma a manzanilla y los tacones aún no han encontrado su ritmo definitivo, el puesto de María Josefa se erige como una brújula que apunta siempre al norte de la tradición andaluza. "Este año lo que más se lleva es el mantón de Manila. El mantón y las flores", explica con esa sabiduría que solo dan dos décadas vendiendo identidad a precio de mercado.

En realidad, es tanta la conexión por los años dedicados que ahora, ayuda a su hija, entre el tumulto del tacto. "Ella tiene aún más gusto que yo", confiesa con ese orgullo maternal que no entiende de competencias. Entre madre e hija han levantado un pequeño imperio de lo auténtico en plena era de lo postizo. Porque aquí, paradójicamente, lo postizo es más auténtico que nunca.

"Antes era más flamenca", suspira María Josefa recordando ediciones pasadas. Y en ese suspiro cabe toda una tesis doctoral sobre la transformación de las tradiciones populares en tiempos de turismo de masas. "Había una frontera abierta... La moneda, el cambio de la moneda". Se refiere a los tiempos en que el real no estaba en este emplazamiento, cuando la feria tenía otro sabor, otra textura, otra verdad.

Pero no se queja. Los negocios familiares aprenden a adaptarse o mueren. Y el suyo, que lleva "veinte años vendiendo cosas nuevas", ha sabido leer los nuevos tiempos. "A todo el ayuntamiento le he vendido", presume con esa ironía sevillana que convierte los cumplidos en armas de doble filo.

Los datos oficiales hablan de una feria que este año podría facturar seis millones de euros. María Josefa, desde su atalaya de telas y bisutería, es testigo privilegiado de esa realidad económica que se mueve entre rebujitos y sevillanas. "Así se vende, así se gana", sentencia con pragmatismo de comerciante de toda la vida.

"Que no se pierda el extremo andaluz, el flamenco, el pendiente, el abanico, la flor, y ese taconeo", dice como quien recita una oración laica. Porque su puesto no es solo un negocio. Es un altar portátil donde se venera esa Andalucía que existe más en el imaginario colectivo que en la realidad, pero que por eso mismo resulta más necesaria que nunca.

En estos primeros días de feria, mientras las casetas se llenan y se vacían como mareas humanas, el puesto de María Josefa permanece como un faro. Un lugar donde la tradición se vende al mejor postor, pero donde también se preserva para las generaciones futuras. Aunque sea envuelta en celofán y con etiqueta de precio.

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