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Elisa Martínez, una mirada capaz de transformar cualquier espacio

La interiorista diseña viviendas y locales desde la escucha, el detalle y una mirada capaz de descubrir posibilidades donde otros solo ven espacios

A Elisa Martínez le interesaba el diseño de interiores antes incluso de saber que aquello que hacía tenía un nombre. De niña, cuando en su casa comenzaba una obra, se sentaba a observar a los albañiles durante horas. Miraba cómo levantaban, derribaban, alisaban o revestían las paredes; seguía con atención sus movimientos y trataba de entender qué había detrás de cada gesto. Aquella curiosidad infantil tenía la contundencia de las vocaciones tempranas. "Mamá, quiero ser albañil", llegó a decir. Su madre, sin embargo, intentó disuadirla con una frase que hoy parece pertenecer a otro tiempo: "Anda, piensa en algo que te dé de comer, que los albañiles nada más que son hombres". Martínez no terminó siendo albañil, pero aquella niña que quería comprender qué ocurría detrás de una pared acabaría encontrando, años después, una manera propia de intervenir en los espacios y de convertir las viviendas en algo más que una suma de habitaciones.

Hace aproximadamente una década, esa vocación encontró por fin un camino profesional. Martínez había estudiado Diseño de Interiores en la Escuela de Arte Miguel Marmolejo y, mientras compaginaba aquella formación con otras ocupaciones, abrió junto a sus compañeros perfiles en distintas aplicaciones digitales para mostrar trabajos y mantenerse al día de las novedades del sector. Entonces ocurrió algo que ella misma recuerda todavía con cierta incredulidad. Una mujer de Melilla encontró su perfil y la llamó para pedirle que diseñara su casa. "Al principio pensé que una amiga me estaba gastando una broma", cuenta. Su primera reacción fue explicarle que no tenía intención de trabajar para otras personas: aquello que hacía era, hasta entonces, una vocación. Pero la mujer insistió. Era soltera, estaba sola ante una vivienda que se le hacía demasiado grande y necesitaba ayuda. Martínez aceptó hacerle aquel favor. Y después vino otro proyecto, y otro, y otro. "La rueda empezó a girar y a girar", recuerda. Diez años después, calcula que ha realizado, como mínimo, tres proyectos al año.

Desde entonces, su trabajo se ha construido alrededor de una idea como si fuera una declaración de principios: "Yo siempre digo que hago un traje a medida". En sus proyectos, la estética nunca aparece desligada de la vida de quien habita el espacio. Antes de dibujar una distribución, escoger un material o decidir el color de una pared, Martínez escucha. Quiere saber qué necesita el cliente, cómo utiliza su casa, cómo transcurre su día, qué le incomoda, qué echa en falta y qué espera encontrar cuando termine la obra. No trabaja a ciegas. "Un proyecto mío te puede gustar más o menos, pero el cliente siempre ha quedado satisfecho", asegura. La razón, explica, está en ese estudio previo y profundo que le permite diseñar no la vivienda que ella imagina, sino la que la otra persona necesita y requiere.

Lo cuenta a través de uno de sus proyectos. Una pareja con tres hijos adolescentes vivía en un piso amplio, pero excesivamente compartimentado. La cocina era pequeña y estaba cerrada, pese a que la mujer cocinaba mucho para una familia de cinco. Martínez planteó abrirla hacia el salón y convertir la zona de día en un espacio continuo. La propuesta encontró inicialmente resistencia: los olores, la costumbre, la idea de una cocina independiente. Ella insistió en las ventajas: ganar amplitud visual, integrar la cocina en la vida familiar y evitar que quien estuviera cocinando quedara aislado del resto. La clienta terminó aceptando. Hoy, cada vez que se encuentran, le repite una frase que para Martínez resume el sentido de su oficio: "Eli, cada vez que entro en mi cocina me acuerdo de ti. Nunca volvería atrás".

Ese ejemplo contiene, en realidad, buena parte de su manera de entender el interiorismo. Martínez no impone soluciones: las argumenta. "Yo tengo que dar opciones al cliente", explica. Pero cada opción debe estar respaldada por una razón, por una ventaja concreta, por una mejora en la manera de vivir la vivienda. Si el cliente la acepta, el proyecto avanza; si no, tampoco hay conflicto. Ahí está una de las diferencias fundamentales entre diseñar para uno mismo y hacerlo para los demás. La libertad creativa existe, pero está atravesada por la escucha y las necesidades de otra persona.

Porque, para Martínez, no hay dos viviendas iguales, del mismo modo que no existen dos familias con idénticas necesidades. No es lo mismo una casa de varias plantas con jardín que un apartamento reducido; tampoco una vivienda habitada por niños que otra en la que viven adolescentes, personas mayores o alguien que trabaja desde casa. Las dimensiones, las rutinas, las relaciones familiares, las costumbres y hasta las pequeñas manías forman parte del proyecto. El interiorismo, en ese sentido, se convierte en una lectura de la vida cotidiana. "Veo una propiedad y le pregunto qué es lo que quiere hacer o qué tiene pensado hacer", explica. A partir de ahí empieza a construir una propuesta que intenta anticiparse incluso a necesidades que el cliente todavía no ha formulado.

Paradójicamente, son los espacios pequeños los que más le atraen. "A mí me gustan mucho más los proyectos que tienen que ser un reto por los metros cuadrados", confiesa. Frente a la facilidad aparente de una vivienda grande y con presupuesto amplio, un apartamento reducido obliga a pensar cada centímetro. Recuerda especialmente un proyecto de apenas 29 metros cuadrados en el que consiguió concentrar todo lo necesario para vivir como si se tratara de una casa de cien. El propietario le entregó las llaves y regresó cuando todo estaba terminado, dispuesto a entrar con su maleta. "Cuando lo vio no se lo creía", cuenta. Para Martínez, aquellos pocos metros fueron precisamente el estímulo: estudiar cada rincón, encontrar soluciones, aprovechar cada espacio y conseguir que nada pareciera estar allí por casualidad.

También distingue con claridad entre la vivienda y los espacios comerciales. En hostelería y comercio, explica, existe un margen mayor para arriesgar, sorprender y construir una atmósfera que atraiga al público. El objetivo es que el local resulte vistoso, reconocible, que provoque una impresión inmediata. Una vivienda, en cambio, tiene otra responsabilidad: será habitada todos los días. De su funcionamiento depende la satisfacción de una persona y de su familia durante años. "Las viviendas son proyectos mucho más complicados", afirma. En ellas, cada decisión tiene consecuencias sobre la vida cotidiana.

Y es precisamente ahí donde aparece otra de sus convicciones: una casa habla de quienes viven en ella. Martínez asegura que, después de tantos años de profesión, puede conocer a una persona y hacerse una idea bastante aproximada de cómo será su vivienda. Y también puede entrar en una casa e imaginarse cómo son sus propietarios. La ropa, los objetos, los colores, las texturas, la manera de ordenar el espacio o de relacionarse con él forman parte de una misma expresión. "Transmitimos nuestro pensamiento, nuestra forma de vida", relata. Por eso, cuando recibe una vivienda que no representa a sus habitantes, su trabajo consiste en devolverles esa identificación. Ni siquiera en los proyectos llave en mano hace "lo que le da la gana". La llave en mano significa que el cliente delega la ejecución, no que renuncie a su identidad.

La herramienta para traducir esa conversación inicial en un espacio concreto es el proyecto de interiorismo. En él se recoge el estado actual de la vivienda, sus planos y medidas, las posibles distribuciones, el amueblamiento, la organización de cocinas y baños y una memoria detallada del mobiliario previsto para cada estancia si el presupuesto del cliente lo puede abordar. Después llegan los paneles de estilo, las texturas, los colores, las formas y, finalmente, las imágenes en tres dimensiones que permiten al cliente anticipar cómo será el resultado. Es una manera de hacer visible lo que todavía no existe. Para aquellos presupuestos que no permiten abordar una intervención integral, Martínez adapta el servicio y el proceso, pero la lógica y la filosofía permanecen inmutables.

El presupuesto, es una de las grandes variables de cualquier proyecto. Y en Melilla adquiere una dimensión particular. La distancia, el transporte y los tiempos de entrega introducen dificultades que pueden alterar un proyecto incluso después de haber sido diseñado. Desde que se redacta una memoria hasta que se ejecuta pueden cambiar los precios, desaparecer productos o retrasarse materiales. "En Melilla es muy complicado", explica. Durante años, además, la oferta especializada fue limitada y los productos procedentes de la península llegaban con un coste elevado. A veces había que recurrir a franquicias más económicas, con todos los problemas que podían surgir después: retrasos, transporte, artículos dañados y dificultades para las devoluciones.

Martínez ha llegado a trabajar en proyectos de presupuestos muy elevados, con piezas de firmas reconocidas, y al mismo tiempo ha tenido que resolver los pequeños detalles en otros comercios porque determinadas piezas sencillamente no estaban disponibles o no entraban en el presupuesto. "La localización supone muchos problemas", resume. Aun así, percibe que el escenario está cambiando. Los servicios de transporte y la oferta han mejorado y, sobre todo, los clientes empiezan a demandar espacios comerciales con un nivel de diseño que hace unos años parecía reservado a las grandes ciudades.

La transformación se percibe especialmente en la hostelería. El público viaja, compara y lleva consigo una cultura visual cada vez más amplia. Un restaurante, un bar o una cafetería ya no compiten únicamente por la comida o el servicio: también por el espacio. Martínez observa cómo en ciudades como Madrid, Barcelona o Sevilla el diseño forma parte natural de la experiencia y cree que Melilla está incorporando progresivamente esa mirada. "Los locales cada vez requieren más diseño", afirma. Ya no basta con abrir un negocio nuevo y repetir una fórmula conocida. Cuando aparece un concepto distinto, el interiorismo, la cocina y el servicio tienen que presentar otra imagen.

Hay, sin embargo, un tipo de proyecto que Martínez sueña con realizar y que todavía no ha podido desarrollar plenamente: intervenir un edificio completo destinado posteriormente a la venta de sus viviendas y disponer de libertad creativa para diseñarlo desde el principio. Ahí, dice, podría "dar rienda suelta" a su imaginación. Le atrae especialmente mezclar lo contemporáneo con lo antiguo, rescatar los sistemas constructivos de edificios históricos y convertirlos en protagonistas de viviendas actuales. Ladrillo macizo, vigas de madera, piedra, suelos hidráulicos. Elementos que durante décadas permanecieron ocultos bajo capas de escayola o cemento y que ahora pueden convertirse en el corazón de una casa.

Cuando habla de estos descubrimientos, la voz cambia ligeramente. Se nota que ahí aparece una fascinación más cercana a la de aquella niña que observaba a los albañiles. En sus propias propiedades, cuenta, ha llegado a picar paredes para descubrir qué escondían. "Para mí es un tesoro", dice. En uno de los edificios encontraron elementos que apuntaban a la obra de Enrique Nieto y antiguos huecos en los ladrillos donde se introducían las vigas de madera que servían de andamios. También apareció la marca que señalaba la altura a la que debía situarse el suelo. Son pequeños rastros constructivos que, para una mirada inexperta, podrían parecer imperfecciones o restos de una vivienda vieja. Para ella son otra cosa: tesoros e historia.

"Yo no veo un piso viejo. Yo veo mil opciones, mil cosas que hacer", afirma. En esa frase quizá se encuentre la esencia de su oficio. Allí donde otros perciben una superficie deteriorada, ella ve una posibilidad; donde aparece una pared cubierta, imagina qué puede esconder; donde hay pocos metros cuadrados, encuentra un desafío. El interiorismo, para Martínez, no consiste tanto en borrar las huellas del pasado como en decidir cuáles merece la pena conservar y cómo hacerlas dialogar con una vida contemporánea.

Esa misma voluntad de preservar una identidad se extiende a las personas con las que trabaja. Siempre que puede, apuesta por profesionales y artesanos de Melilla. Ha colaborado con antiguos alumnos de la Escuela de Arte, carpinteros y creadores locales. Uno de ellos, formado en ebanistería, ha realizado mobiliario para sus proyectos. Otra diseñadora de interiores y artista ha creado bajos relieves para una de las viviendas en las que ha trabajado. Una de esas piezas, colocada en una pared, termina convirtiéndose en uno de los elementos capaces de distinguir aquella propiedad de cualquier otra vivienda de lujo de la ciudad. "Eso marca, eso hace que esta propiedad sea totalmente diferente", explica.

También trabaja habitualmente con proveedores locales, como una tienda de cocinas con la que mantiene una colaboración continuada. Su filosofía es sencilla: pedir fuera aquello que realmente no existe en Melilla y procurar que todo lo demás permanezca dentro de una red profesional cercana. "Yo no creo en la competencia, creo en la colaboración", afirma. Esa idea se proyecta también hacia la Escuela de Arte, donde procura acoger a estudiantes interesados, enseñarles sus proyectos, explicarles cómo se desarrolla un trabajo y, cuando es posible, permitirles acompañarla y aportar sus propias ideas. Para ella, el oficio también crece cuando se comparte.

De ahí nace otra de sus aspiraciones: que Melilla pueda consolidar un servicio profesional de interiorismo con una estructura estable. Ha planteado a una empresa local, con la que ya colabora, la posibilidad de incorporar este servicio y se ha ofrecido a acompañar el proceso hasta que pueda funcionar de manera autónoma. Le parece una vía más viable que comenzar desde cero con un estudio independiente y cree que existe un campo de trabajo importante.

Si alguien le pide un consejo antes de afrontar una reforma, Martínez no duda demasiado cuando se trata de las cuestiones esenciales. Electricidad y fontanería deben estudiarse desde el principio. Y hay otra decisión que considera especialmente importante: la elección de los materiales. Pavimentos y revestimientos pueden acompañar una vivienda durante muchos años y aquello que resulta atractivo en una fotografía puede convertirse en un problema cotidiano cuando se instala en una casa. Un suelo demasiado oscuro, difícil de limpiar o excesivamente vinculado a una tendencia pasajera puede terminar cansando. "Ahí hay que ir sobreseguro", relata.

Su otra recomendación podría resumirse en una frase: no todo vale para todas las viviendas. Una tendencia que funciona en un espacio puede resultar completamente ajena en otro. Que algo guste no significa que deba trasladarse literalmente a cualquier casa. "Tú lo tienes que trasladar a tu vivienda", explica. Una persona puede sentirse atraída por un determinado estilo, pero ese estilo tiene que conversar con las dimensiones, la arquitectura y las condiciones concretas del lugar. El interiorismo, una vez más, no consiste en acumular aquello que nos gusta, sino en lograr que los elementos encajen.

Quizá por eso su mayor deseo no sea realizar el proyecto perfecto según sus propios gustos, sino encontrar a alguien que quiera darle libertad para construir una vivienda diferente y enamorarse de ella cuando la vea terminada. Lo ha experimentado ya, de algún modo, en una propiedad propia. Diseñó un piso en el centro incorporando elementos antiguos, materiales y soluciones que respondían únicamente a su criterio. Cuando decidió venderlo, la segunda pareja que lo visitó quiso comprarlo inmediatamente y ni siquiera intentó rebajar el precio. Se habían enamorado de la vivienda.

En ese episodio aparece la posibilidad de una libertad que los encargos particulares rara vez permiten. Si Martínez propone a un cliente colocar un cuadro determinado, sabe que este puede responder que no le gusta. Si, en cambio, diseña una vivienda para ser contemplada como un conjunto, los elementos dejan de competir entre sí y empiezan a formar una única narración. Esa es la clase de interiorismo que le gustaría trabajar en un proyecto de interiorismo en un edificio completo desde el origen. El que consigue que un mueble o un elemento decorativo que aislado no convencería a un particular encuentre su lugar preciso dentro de un espacio.

Al final de la conversación, cuando habla de sus proyectos, de los edificios antiguos y de los alumnos a los que quiere enseñar, vuelve inevitablemente a aquella niña que observaba obras en casa. Han cambiado los materiales, las herramientas y las posibilidades. Ahora existen aplicaciones, programas de diseño, imágenes tridimensionales y tutoriales capaces de explicar casi cualquier tarea. Pero la curiosidad permanece intacta. Martínez sigue mirando. Sigue preguntándose qué hay detrás de una pared y qué puede hacerse con un espacio aparentemente insignificante. La diferencia es que ahora sabe cómo transformar esa pregunta en un proyecto.

Y quizá por eso, cuando se le pregunta por su profesión, su respuesta más honesta no tiene que ver únicamente con planos, muebles o colores. Tiene que ver con mirar. Mirar una casa y descubrir a quienes viven en ella. Mirar una vivienda antigua y reconocer un tesoro donde otros solo ven deterioro. Mirar 29 metros cuadrados y encontrar allí una casa completa. Mirar una pared y preguntarse qué historia permanece escondida detrás. Diez años después de aquella primera llamada que convirtió una afición en una profesión, Elisa Martínez continúa trabajando con la misma lógica con la que empezó de niña: observar primero, entender después y, finalmente, imaginar todo lo que un espacio todavía puede llegar a ser.

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