Por las calles de Melilla, el verano no solo trae calor y turistas, también altera por completo los horarios y las costumbres de quienes salen a disfrutar de la fiesta. Lo que en invierno parece estar muy definido por edades (con los jóvenes dominando las discotecas de madrugada y los mayores apostando por el tardeo), en verano se transforma. Las terrazas se abren temprano, el calor marca el reloj y los papeles se invierten. Los jóvenes (de 18 a 29) salen antes, y los mayores (de 30 a 50) retrasan su presencia en las calles hasta que cae el sol.
En los meses fríos, la división generacional es clara. La juventud melillense reserva energías para la noche cerrada. A partir de la una de la madrugada, discotecas como Utopía o Treintaytantos comienzan a llenarse. Es en esas salas donde la fiesta estalla con sesiones de reguetón, tech house y clásicos noventeros, según la noche. "Nosotros no salimos antes de la una, primero cenamos en casa tempranito y luego empezamos en alguna casa de botellón o en un bar del centro", comenta Marina, de 22 años, habitual de Utopía.
Mientras tanto, otro perfil de melillense ya lleva horas fuera. Son los mayores de 30, quienes optan por el tardeo como opción de ocio. El renacido Dry Ocho, que reabrió sus puertas no hace mucho, se ha convertido en uno de los referentes de este estilo. Junto a él, la Taberna Andaluza y los bares de la calle O'Donnell marcan el pulso del tardeo. "Siempre salimos a tomar algo sobre las siete, tapeamos en La Cervecería o en la Plaza de las Culturas y luego nos vamos a Dry o a la Taberna", cuenta Miguel de 38 años.
Con la llegada del verano, las rutinas se desdibujan. El calor aprieta desde primeras horas del día, y las ganas de estar al aire libre empujan a los más jóvenes a salir antes. Las terrazas se convierten en el epicentro de la actividad juvenil desde media tarde. Locales como Saoko o D'Carlos abren temprano y se llenan de juventud que alarga la tarde hasta que se convierte en noche.
"En verano empezamos a salir sobre las seis y hacemos botellón en el cargadero. Después cuando vamos contentillos nos vamos al Saoko o al D’Carlos. Si hay buen rollo, nos quedamos ahí hasta la noche porque ahora cierra a las cuatro de la mañana. Y si nos quedan fuerzas pues después nos vamos al Utopía hasta que se haga de día", explica Juan, de 21 años.
Este cambio de horario convierte a los jóvenes en los primeros en salir, adelantando sus planes varias horas respecto al invierno. En cambio, los mayores se adaptan al clima y prefieren retrasar su salida hasta que la temperatura se suaviza. "No tiene sentido salir a las siete con este calor", afirma Inma de 43 años. "Esperamos a que refresque, cenamos en La Cervecería o en Cinema y luego nos tomamos algo en la Taberna o nos pasamos por Treintaytantos si hay ambiente".
A pesar del cambio de horarios, hay lugares que se mantienen como referencias estables, adaptándose a sus distintos públicos. La Taberna Andaluza, por ejemplo, sigue siendo uno de los puntos de encuentro favoritos del público de 30 a 50 años tanto en invierno como en verano. Lo mismo ocurre con Treintaytantos, que logra reunir generaciones distintas según la hora y el día.
"La Taberna Andaluza es un clásico. Si vienes a Melilla y no sales a la Taberna no has conocido la fiesta melillense", dice Carmen de 36. "Y en Treintaytantos nos juntamos todos. Entre semana hay más tranquilidad, pero el sábado se llena de gente joven y no tan joven".
Para los que prefieren una opción más relajada o familiar, la Plaza de las Culturas sigue siendo uno de los espacios más concurridos, especialmente en las horas previas a la cena. Con su oferta de bares y su ambiente al aire libre, es habitual ver mesas repletas desde las ocho de la tarde. "Nos gusta empezar en las Cuatro Culturas tapeando en la Flaca o en el Navona y depende del día decidimos si seguir la noche o volver a casa", comenta Elena de 41 años.
La noche melillense de verano no responde a un solo patrón. Es una ciudad que se transforma con la estación, y con ella, sus ciudadanos. Mientras en invierno los jóvenes dominan la madrugada y los mayores se quedan con el tardeo, en verano los papeles se difuminan: ellos salen antes, ellos después. Los espacios se comparten, pero en horarios distintos.
"Es curioso, porque en verano me siento más joven", dice bromeando Juan, de 50 años. "Salgo más tarde que mis hijos, que a las siete ya están en D’Carlos con sus amigos". Esa es, quizá, una de las señas de identidad de Melilla en verano: que el calor, el mar y la calle invitan a todos a salir, pero cada quien lo hace a su manera, a su ritmo y con su gente.
Y así, mientras unos brindan al atardecer y otros bailan al amanecer, la ciudad sigue latiendo al compás de una noche que, en verano, parece no terminar nunca.
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