A las doce del mediodía, el Parque Hernández está tranquilo. Demasiado tranquilo para estar en pleno agosto. El paseo tiene algo de movimiento, pero basta acercarse a la zona infantil para comprobarlo. Pocos niños, algunos padres y muchos juegos vacíos.
No es que los pequeños no quieran jugar. Es el calor.
Los columpios, toboganes y estructuras están ahí, pero muchos son metálicos y, cuando el sol aprieta, tocarlos no parece precisamente el mejor plan. El suelo también acumula temperatura. Así que la imagen habitual durante las horas centrales del día es la de un parque prácticamente vacío.
Hay, eso sí, algunos valientes. Familias que se acercan a primera hora, cuando todavía se puede estar en la calle sin buscar desesperadamente una sombra. O padres que aprovechan un rato concreto para que sus hijos salgan de casa y gasten energía. Porque las vacaciones tienen también esa parte complicada. Los niños no tienen colegio, pero tampoco dejan de ser niños. Y necesitan jugar.
La mañana
Durante el verano, las horas cambian. Lo que en primavera puede ser una mañana cualquiera en el parque, en agosto se convierte en una carrera contra el termómetro.
A primera hora todavía aparecen algunas familias. Los niños pueden jugar un rato y los padres aprovechan para sentarse, hablar o simplemente tomar aire. Pero conforme avanza la mañana, el panorama cambia.
A las once y media o doce, muchos prefieren marcharse. Y tiene sentido. En Melilla, el verano invita poco a permanecer al sol durante varias horas. Mucho menos cuando se trata de niños pequeños.
Por eso, los parques infantiles recuperan parte de su vida cuando cae la tarde. A partir de las siete y, sobre todo, entre las ocho y las diez de la noche, la situación es distinta. El sol ya no golpea con la misma fuerza y las familias pueden quedarse más tiempo.
Es entonces cuando los parques vuelven a llenarse de carreras, bicicletas, pelotas y niños entrando y saliendo de los juegos.
Las vacaciones escolares cambian por completo la rutina de las casas. Sin colegio y con muchas horas por delante, los padres tienen que buscar planes prácticamente a diario.
Unos optan por la playa. Otros bajan a pasear. También están las familias que buscan zonas de sombra, terrazas o espacios donde los pequeños puedan entretenerse sin pasar demasiado calor.
El parque sigue siendo una opción sencilla y barata. No hace falta reservar, comprar entradas ni preparar demasiado. Pero en agosto hay que elegir bien el momento. Una visita al parque a las nueve de la mañana puede ser agradable. A las dos de la tarde, no tanto.
Chorros de agua
Con el calor, los parques infantiles tienen un rival claro: el agua. Muchos melillenses buscan alternativas para que los niños puedan jugar y refrescarse al mismo tiempo. Y en verano, eso pesa mucho.
La Explanada de San Lorenzo se ha convertido en uno de esos puntos. Los chorros de agua atraen a numerosas familias.
Los niños corren de un lado para otro, esperan a que salga el agua y vuelven a meterse en los chorros. El plan es sencillo. No hace falta mucho más.
Pero este verano hay otra opción. En la propia Explanada de San Lorenzo se ha instalado un parque de agua infantil que amplía las posibilidades para los más pequeños. El agua sustituye durante unas horas a los columpios y estructuras de los parques tradicionales.
Y la diferencia se nota. Mientras algunos parques infantiles permanecen prácticamente vacíos durante las horas de más calor, las zonas de agua se convierten en un punto de encuentro para las familias.
Para los padres también es una forma de hacer más llevaderas las vacaciones. Los niños se entretienen, se refrescan y pueden pasar un buen rato al aire libre sin tener que soportar durante tanto tiempo el calor de los juegos metálicos.
Así que, en pleno agosto, muchos parques infantiles tienen menos movimiento. Pero los niños siguen queriendo jugar. Simplemente han cambiado los columpios por los chorros de agua.
Algunos sí desafían al calor
Pese a todo, siempre hay quien se acerca. En el Parque Hernández todavía se ven algunos niños jugando durante la mañana. Son los que desafían al calor. Los que quieren subir al tobogán aunque esté caliente o dar unas vueltas en el columpio antes de volver a casa.
Sus padres buscan la sombra. Una botella de agua cerca. Una gorra. Y un ojo puesto en el reloj.
No hace falta mucho más para entender por qué los parques infantiles de Melilla están más vacíos durante las mañanas de agosto. No es falta de interés. Es cuestión de temperatura.
El verano obliga a cambiar las costumbres. La mañana queda para los planes más tranquilos y la tarde-noche se convierte en el momento preferido para salir. Y cuando el sol empieza a bajar, los parques vuelven a ser parques. Con niños corriendo, padres charlando y bancos ocupados hasta que llega la hora de volver a casa.
Porque mañana habrá otro día de vacaciones. Y, si el calor da una tregua, otra tarde de juegos.









