El teatro infantil callejero, una coreografía de compañerismo y dedicación

Diana y Octavio, dos hermanos de un pueblo repleto de supersticiones, encuentran la forma para lograr que sus inquietudes sean aceptadas a pesar de los límites y miedos de su sociedad

¿Qué obra escénica dedicada a niños y niñas no ha estado exenta de impaciencia? Y es que, ese momento esperado, cuando los actores y actrices salen a escena a representar sus personajes, los ojos se clavan sobre el escenario y las voces de los intérpretes hacen vibrar nuestros tímpanos, logrando así que nuestros sentidos se orienten a alimentar nuestras mentes que interpretan los mensajes que recibimos. Una concatenación de estímulos que favorecen la integración de emociones, reflexiones y pensamientos mediante la interpretación y la atmósfera escenográfica que la arropa.

El teatro, esa tipología de las artes escénicas, es capaz de acercar historias a adultos y pequeños, de transportarnos a mundos y acompañar relatos siguiendo el transcurso de una obra escrita que cobra vida ante nuestras miradas. Para Álvaro Sola, director y guionista, el teatro es “la mayor herramienta para cambiar el mundo”, sostiene emocionado al conversar sobre su recién estrenada obra infantil Diana y Octavio, persiguiendo sus sueños representada el sábado 13 de septiembre en la zona centro de la ciudad. “Nos conecta mucho con nuestro interior, con nuestra naturaleza”, apunta el director. El teatro, esa forma de dar vida y crear experiencias visuales a partir de la expresión corporal, el entrenamiento vocal, la escenografía, el vestuario y el sonido, logra embaucar al espectador y trasladarlo al interior de la narración y del mundo que aparece ante nuestros ojos. Los guiones se convierten en diálogos interpretados por profesionales, abandonan el mero texto y se funden con la interacción, “la coreografía” como describe el director cuando en sus ensayos invita a bailar al elenco. No es un baile como tal, es una conexión. Si yo me muevo aquí, tú vas para allá; si yo poso mi mano aquí, tus extremidades se mueven en sintonía con las mías... Un diálogo corporal, unas posiciones definidas en el entendimiento con el espacio, una interiorización de las emociones que deben expresar los personajes más allá del texto aprendido. Direcciones, gesticulaciones, miradas, movimientos... Todo un trabajo en profundidad para preparar una actuación. “Yo siempre les digo ´¡Vamos a bailar!´ Soy un actor más de la compañía. Y ese ballet que hacemos entre todos es hermosísimo. Esa conexión de energía humana y de arte es súper bonita ", concreta Sola explicando el método y la forma del trabajo en su compañía Manana Producciones.

Sostener una obra teatral conlleva un trabajo enorme previo. El espectador disfruta del final de un proceso artístico que comienza mucho antes de su representación definitiva. Todo se estudia, se prepara, se ensaya. No son 45 minutos, sino un desarrollo de fases que parten del inicio de una idea; una propuesta que adquiere una forma literaria en la que se plantean problemas, valores, o se perfilan historias complejas que queremos destacar y formalizar en un texto escrito interpretable. El inicio, un soporte con el que sostener un guion. Una página en blanco que los escritores llenan de diálogos y acotaciones, incluso acompañan con pequeños dibujos que buscan escenificar de forma visual aquello que se escribe. Un trabajo que acompaña la figura del ayudante de dirección (Júlia Fortaña), pues se trata de la encargada de “desglosar todas las escenas”, de disponer los elementos que van a intervenir y especificar la forma en la que lo van a hacer.

Álvaro Sola comenzó a escribir una historia a principios de año. Una historia que hablaba de roles de género. Una historia que permitía deconstruir preceptos asociados a la masculinidad y la feminidad. A través de sus personajes principales, Diana y Octavio, dos hermanos que viven en un mundo donde siempre, siempre, siempre se hacen las cosas de la misma manera, Sola presenta valores como la igualdad en su obra. “Concretamente, los protagonistas de esta historia, Diana y Octavio, él odia hacer deporte y ella odia bailar. Pero están en una sociedad en la que no pueden hacer lo contrario. Pero hay un personaje que es la lechuza Uza, símbolo de un animal que mitológicamente representa la sabiduría, quien percibe en ellos que son diferentes y se los lleva a una sociedad secreta que hay en el bosque que se llama Equalia, que rememora la equidad. Semperia es el pueblo donde ellos viven, que es lo de siempre, y Equalia es la equidad. De este modo, pretendía yo hacer el juego de la ruptura de roles”, explica el director de la obra. Semperia mantiene un estado de status quo sostenido en la tradición, y Justino -el gobernador- ejemplifica el miedo y “el temor por su pueblo, pero lo que no se da cuenta es que está quitando el libre albedrío a todos ". No hay villanos en su historia, el gobernador Justino, no ejemplifica la maldad, sino el miedo a la escasez y al hambre que un día atormentó a su pueblo por no seguir los preceptos sociales. Ese estado de quietud, de negación de actitudes y situaciones diferentes, atormenta a los protagonistas que encuentran en la confianza y la expresividad, la fórmula de ver la similitud de sus inquietudes y de los desafíos que plantean sus preferencias hacia el estado normalizado. Unos desafíos que ponen de relieve la fragmentación de las normas dictadas en su reino original, Semperia. Una línea roja que se castiga con la soledad del destierro, en el caso de las mujeres, o la falta de alimentos, en el caso de los hombres. Diana y Octavio penden de la inseguridad de sus ideas, de sus emociones, pero, en sus confesiones, entre uno y otro, sucede un logro, comprender que uno no está solo con sus frustraciones y negaciones. Ellos acaban por romper con una gobernanza y unas presiones sociales y culturales a través de rebelarse y encontrar un lugar compartido donde se permite hacer algo diferente a aquello que se presupone que es lo correcto y lo que debe de imperar para el buen funcionamiento del pueblo, manteniendo límites sobre las decisiones y gustos que puede encontrar una persona en su desarrollo.

Esta historia, apuesta por la educación, los valores y la felicidad. Una forma de trabajo que caracteriza al guionista y director. Él busca una estructura, “una escaleta”, en la que define qué quiere que ocurra en cada parte del desarrollo de la historia para, posteriormente, ir componiendo la obra final. Una especie de esquema, "de sudoku" como define Sola, de pequeña maquinaria en la cual las piezas comienzan a ensamblarse para crear el texto definitivo. “Yo siempre trabajo en valores, y no me cuesta, porque son valores en los que yo ya creo”, reseña Sola. “Cuando hablamos de igualdad, siempre ponemos mucho el foco en que las mujeres están muy oprimidas en muchos aspectos. Y también nos afecta a los varones. El estar determinados por las reglas sociales que nuestra cultura nos determina”, sostiene el director. Escribir para la infancia es un proceso en el que Álvaro Sola confía y ejecuta recordando la suya propia. Introspecciona su pasado y conecta con el niño de ocho años; un niño artista al que le gustaba pintar, dibujar, cantar. “Cuando escribo para peques, siempre intento que lo que yo ya he andado, ellos lo tengan”, sostiene el creativo, quien apunta, además, que su forma de trabajo es pedagógica, implica creer en los valores, apostar por la educación y por el poder transformador de la infancia.

Su trabajo de escritura no sólo mana de su cabeza, sino que adapta a los intérpretes. Una forma personal de reconocer cómo personaje y actor o actriz fluyen y conectan. El personaje es ficticio y tiene unas cualidades determinadas que describen sus actitudes. El actor o actriz es de carne y hueso y, al igual que el personaje, posee destrezas y personalidades propias, la cuales pueden intencionar pequeñas variaciones en un guion que se mantiene vivo para reconocer las peculiaridades y potenciar las capacidades de quienes van a dar voz y movimiento a cada uno de los protagonistas de la historia. Pensar en el elenco, supone también apreciar las características profesionales de los intérpretes. Álvaro Sola y Alba Caronte -Diana en la historia- ya se conocían, algo que propició las últimas modificaciones del guion para “incluir cosas que sabía que su naturaleza me iba a dar”, sostiene el director de la obra en referencia a Caronte.  “Eso es algo muy bonito del teatro, de las artes escénicas en general, que el actor o la actriz hace el personaje, pero el personaje muchas veces bebe de la naturaleza propia del intérprete. Las artes escénicas permiten eso, que casi hasta el último minuto puedes estar haciendo un cambio de rumbo”, resalta Sola.

El trabajo creativo a veces se configura con espacios de tiempo que provocan cierta presión sobre el interior de la persona al frente de un proyecto artístico y la maduración de la obra. Te puedes paralizar, frustrar o, como sostiene Sola, "poner un poco de pimienta a la creatividad", es decir, aderezar el proceso y concluirlo de forma positiva. Enfrentarse a la página en blanco es muy común para cualquier artista o literato. Aunque las ideas fluyen y la creatividad desborde, hay momentos de no encontrar validez o inspiración para realizar una obra concreta. Son situaciones que un artista o literato tiene que enfrentar y lograr vencer. Sola no ha tenido este problema con su última obra representada. El tiempo y los acontecimientos han jugado a su favor puesto que la visión de estrenar la obra de teatro en marzo no tuvo lugar, lo que le permitió esgrimir con mayor dedicación los detalles y dedicar tiempo a la impronta de sus personajes. “A la hora del proceso creativo ha sido un proceso bien madurado y con mucho detalle. Poder decir voy a trabajar tanto los nombres como los elementos de un modo muy simbólico. Justino, representa la justicia de ese pueblo; Semperia, el reino donde siempre, siempre se tiene que hacer lo que siempre se ha hecho; Equalia, esta sociedad donde todo el mundo puede ser igual y libre”, resalta el creativo.

Tras tener un guion, comienza la fase de ensayos. Los intérpretes reciben la propuesta y el primer día, ya han tenido que realizar su trabajo previo de memorización de texto y comprensión de las acotaciones que aparecen anotadas, todo con la intencionalidad lograr que “el trabajo sea efectivo”, recalca Sola. Durante los ensayos, todos los artistas trabajan con un mismo atuendo negro, mallas y camisetas ajustadas para percibir los cuerpos. No solo los actores, Sola también adquiere esta vestimenta. Una forma de hacer "que la pirámide -de la jerarquía- se aplane un poco, para que entiendan que yo soy un compañero más", añade el director. En ese trabajo, la ejecución, la ejemplificación y la conexión se vuelven norma. No se trata únicamente de dar indicaciones a actores y actrices, sino realizar de forma activa aquello que se les está indicando para lograr una mayor capacidad de entendimiento de la acción que el director demanda en las escenas. “Cuando estoy montando la obra, yo me tiro por el suelo como ellos, yo les explico, ´mira, ahora lo vamos a hacer así´, porque yo vengo también de la interpretación, fui diez años actor en una compañía en Málaga, y sé que es bastante importante que ellos entiendan que todo es posible, que lo que yo tengo en mi cabeza se puede hacer y si hay en algún momento algún elemento que puede ser un poco difícil de comprender, se lo muestro desde el trabajo físico”, explica el director.

Los ensayos han durado un mes, pero la experiencia, la formación reglada de los intérpretes y el trabajo previo han dado lugar a una gran representación por parte de Alba Caronte, Rubén Riera y Pablo Alemany. “Tanto los actores de cara, como mi ayudante de dirección, o como Pablo Alemany, que es el manipulador de marionetas, todos entienden los valores del mismo modo que yo. Todos creen en la historia que estamos haciendo. Y cuando leían el guion, me decían ´¡qué historia más bonita!´” relata el director. Sus movimientos en el escenario, su capacidad oral y de vocalización, sus gesticulaciones intencionadas han logrado traspasar y no se han convertido únicamente en un proceso de memorización incompleto con interrupciones o lagunas memorísticas que entrecortan el diálogo. Los tres han mostrado sus capacidades a pesar de que su actuación al aire libre les ha dotado de una extrema resistencia al calor abrupto que la mañana de la representación final trajo consigo. “Cuando hacemos teatro en un espacio que no es un teatro, es muy bonito porque estamos conquistando espacios en otros sitios y llevando el teatro a diferentes lugares, aunque siempre es menos cómodo que trabajar en un teatro”, sostiene Sola quien está acostumbrado a los espectáculos artísticos itinerantes en calles y centros escolares.

Las facilidades de un teatro con patio de butacas no se encuentran en las calles donde no hay camerinos, resonancia de sonido, luces, espacios acotados sobre los que trabajar con anterioridad. “El trabajo del teatro es muy colectivo. Dentro de las disciplinas artísticas es uno de los artes más colaborativos, sobre todo, cuando es una compañía pequeña, como es la nuestra. Hacemos un poco de todo y el montaje se hace colaborativamente” apunta el director. “Nosotros montamos nuestro pequeño teatro que es nuestro camerino, es nuestra zona de actuación, la zona privada para los actores y donde repasan los últimos apuntes. Es bonito también el trabajo de dentro, de lo que no ve el público”, resalta Sola. “Una coreografía que hacen entre ellos de ´ahora tú entras y yo te ayudo a ponerte esta prenda´; ´ahora lo hacemos al revés y yo te ayudo a ponerte esta marioneta´”, ejemplifica el director en relación a esa conexión entre bastidores que realiza el elenco, apoyándose los unos a los otros.

Una forma de hacer colectiva que el 13 de septiembre se puso en marcha mucho antes de que las familias llegasen a disfrutar de la actuación. La mañana comenzaba ligeramente calurosa cuando, a primera hora, dos camionetas se acercaban a la calle Chacel con General O´Donnell. Allí, comenzaban a descargarse cajas, maletas, piezas de corcho y madera, así como baúles negros con material de sonido, propios de las salas de conciertos. Las indicaciones comenzaban a resonar para colocar el escenario. De la furgoneta del área de Festejos, dos operarios trabajaban para poner a punto la plataforma del escenario improvisado en este teatro callejero. Los altillos metálicos se situaban entre estas calles peatonales de la ciudad y 150 sillas se desplegaron en filas de doce unidades sin pasillo central. “De aquí para allá” se escuchaba entre los trabajadores, artistas y especialistas de sonido, contribuyendo a posicionar el escenario en el lugar correcto para el desarrollo del espectáculo. La plataforma, poco a poco se integraba entre las calles melillenses, sirviendo de cobijo para los intérpretes y para el decorado de la obra de teatro infantil.  "El público mira hacia allí”; "el fondo es este y el público mira para allá"; "Vamos montando ya, señores", se escuchaba entre los allí presentes. Los trípodes se abrían y se elevaban, los cables se desenrollaban, las barras de hierro comenzaban a colocarse para sostener el pequeño guiñol de madera y corcho sobre la plataforma.

Cada pieza lleva una colocación concreta y cada miembro participa para lograr que el escenario vista adecuado para la representación. La escenografía realizada de forma artesanal de madera y espuma buscaba su lugar y se sostenía sobre unas barras de hierro elevadas en forma de cubo. El tejado, el frontal... Todo ocupaba un lugar concreto hasta que el hierro negro no se apreciase y adquiriese forma de guiñol con caracterización de hogar campestre y árboles plegables en los laterales. Allí, las flores comenzaban a colgarse. Todos participaban, cada artista intervenía en la preparación del escenario. Alemany acercaba una maleta dorada repleta de telas negras que se desplegaban y colgaban como si de una caja oscura se tratase. Allí, él manejaría a Justino. Allí, Caronte u Riera se desdoblarían en otros personajes cambiando su vestuario. Al mismo tiempo, Pepe, el animador, ayudaba con la estructura mientras saluda a las familias que se acercan y les recordaba la hora de inicio de la obra de teatro. Mientras el montaje se efectuaba, los actores comenzaban a situarse en la representación reconociendo el escenario e interactuando con el decorado, familiarizándose con el espacio. El elenco repasaba, así, el guion, se coordinaba y recordaba las líneas del texto. El vestuario comenzaba a colgarse en el interior de la estructura para dejarlo preparado y agilizar el cambio de personajes que tendría lugar en el desarrollo de la obra. Las marionetas aparecían mientras el camión del área de Festejos cerraba sus puertas. Todo estaba ya situado. Comienzan las pruebas de sonido "e,e; a,a; sí; ey, ey; hola, hola, vale, corta", resonaban palabras inconexas entre las calles un poquito más animadas. Llegaba el momento de los micros de los actores, los cuales se acercaban a los técnicos quienes colocaban las petacas entre sus ropajes. Comenzaban a esgrimir pequeños diálogos para ajustar el sonido final. “Buenos días chicas y chicos, estamos a punto de comenzar la función, así que vamos a poner un poquito de música para amenizar esta espera. Os voy a presentar a los personajes `hola Diana´”, intervenía la voz de Álvaro Sola interpretando a la lechuza Uza mientras que Pablo Alemany ejecutaba el movimiento de la marioneta. La actriz salía a escena e interactúa con los más peques. Llega el momento de ajustar a Octavio quien aparecía también en el escenario y emprendía un diálogo con su compañera y con los niños y las niñas que comenzaban a ocupar asientos. De esta forma, todo quedaba preparado para comenzar el espectáculo. Las familias comenzaban a acercarse. El momento había llegado, el trabajo realizado encontraba su punto álgido este sábado de septiembre. Todo estaba a punto para llevar a los niños y las niñas una historia de educación en valores cívicos y apuesta por la igualdad.

Esa mañana los pequeños permanecían a la espera. Una esperar para disfrutar, para recordar, para crear y compartir historias. Unas historias que, con el paso del tiempo, podemos recordar, quedando escenas inmortalizadas en nuestra retina y logrando atrapar emociones, motivar conversaciones colectivas o pensamientos íntimos sobre los planteamientos que dejaba entrever la obra teatral. Tal vez recuerdos difusos con el paso del tiempo, pero, al fin y al cabo, recuerdos. El teatro nos invita a pensar y sentir, a reír y llorar, a descubrir y dialogar. Los espectadores contemplamos en un tiempo limitado un trabajo a punto, la representación final. Sin embargo, detrás de esas horas y minutos, el trabajo realizado es de una gran magnitud e implicación.

 

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