Pequeña cocina donde se imparte el taller dentro de un aula compartida con la actividad de manualidades. -AGC-
Cada martes, cuando el reloj marca las seis de la tarde, una pequeña clase de Aulas Culturales para Mayores se transforma en un espacio donde la conversación, las hojas en blanco y el aroma de los ingredientes anuncian el comienzo de una nueva sesión del taller de cocina. Entre una vitrocerámica, un horno, una nevera y los utensilios justos para trabajar, una veintena de alumnos se reúne para compartir recetas, experiencias y una tarde diferente alrededor de los fogones.
El taller se desarrolla desde hace más de una década y se ha convertido en una de las propuestas con mayor aceptación entre los participantes del programa. Desde septiembre mantiene una dinámica fija: cada martes a partir de las 18.00 horas se celebra una nueva sesión en la que los propios alumnos son protagonistas de la actividad.
En total son 60 las personas inscritas en este taller. Para que todos puedan participar, los grupos se organizan en turnos de 20 personas cada semana. La receta elegida se repite durante tres sesiones consecutivas, de manera que todos los alumnos puedan incorporarse a la dinámica del taller antes de pasar a una nueva propuesta gastronómica.
La coordinación de la actividad corre a cargo de las profesoras Belén Infante, Guadalupe Moreno y María del Carmen Pons, docentes de distintas disciplinas dentro de Aulas Culturales para Mayores que cada semana se encargan de organizar el desarrollo del taller. Los lunes son días de preparación: llamadas telefónicas para confirmar la asistencia de los participantes y compra de los ingredientes necesarios para la receta que se elaborará al día siguiente.
El funcionamiento del taller tiene una dinámica muy definida. En cada sesión, uno de los alumnos o alumnas se ofrece de forma voluntaria para ejercer como cocinero de la jornada y explicar la receta ante el resto de compañeros. Son elaboraciones que forman parte de su propio recetario y que deciden compartir con el grupo.
Mientras la persona voluntaria describe cada paso de la preparación, las profesoras participan activamente en la elaboración del plato. Se encargan de cortar ingredientes, remover las elaboraciones, organizar los utensilios o fregar lo necesario para que la receta pueda seguir su curso. “Hacemos de todo”, explica Belén Infante al describir el papel que desempeñan durante la clase.
El resto de los alumnos sigue el proceso con atención. Cada participante recibe unas hojas en las que aparecen los ingredientes necesarios para la receta y, en ocasiones, algunas cantidades orientativas. Sobre ese papel van tomando notas mientras escuchan las explicaciones del compañero que dirige la sesión.
El ambiente que se genera durante la actividad es distendido y participativo. La cocina se convierte en un espacio donde se intercambian consejos, se comentan experiencias personales y se comparten pequeños trucos culinarios. “Es de los talleres que más demanda tiene”, señala Infante al referirse a la acogida que ha tenido esta actividad desde sus inicios.
Las recetas que se elaboran no responden a un programa cerrado. Cada tres semanas, una vez que todos los alumnos han participado en la preparación del mismo plato, se cambia la propuesta y otro voluntario o voluntaria pasa a ocupar el papel de cocinero. De esta forma, el recetario del taller se construye a partir de las aportaciones de los propios participantes.
“Son recetas suyas las que hacen y comparten”, explica Infante. Algunas personas se ofrecen con facilidad para ponerse al frente de la sesión, mientras que otras, aunque tengan experiencia en la cocina, prefieren mantenerse como participantes. En cualquier caso, el espíritu del taller se basa en la colaboración y el aprendizaje colectivo.
A lo largo del año también se introducen propuestas relacionadas con determinadas celebraciones. Durante la Navidad o el Ramadán se han preparado platos típicos asociados a esas fechas. Esta semana, por ejemplo, comienza el taller dedicado a la Semana Santa, una propuesta que en esta ocasión se repetirá durante dos semanas consecutivas.
La intención no es elaborar platos sofisticados, sino recetas prácticas que puedan reproducirse fácilmente en casa. “Intentamos que sean recetas sencillas que luego la gente pueda replicar”, explica Infante.
De hecho, no es raro que algunos participantes comenten días después que han vuelto a preparar el plato aprendido durante la sesión. La semana pasada, por ejemplo, el grupo elaboró un guiso de carne con solomillo de cerdo. Tras la clase, varios alumnos comentaron que ya habían repetido la receta en sus hogares.
El espacio donde se desarrolla el taller es reducido, pero suficiente para la actividad. Cuenta con los elementos básicos de una cocina: horno, vitrocerámica, nevera, fregadero y los utensilios necesarios para trabajar. En ese entorno, cada sesión transcurre entre explicaciones, anotaciones y el sonido de los utensilios sobre la encimera.
Cuando la receta está terminada llega uno de los momentos más esperados de la tarde. Los alumnos prueban una pequeña tapa del plato elaborado y comparten la degustación dentro de las propias instalaciones del centro de forma colectiva. Los manteles, platos y tenedores visten las mesas aledañas del aula, compartiendo espacio y conversación distendida.
Los alimentos no perecederos que sobran se guardan para utilizarlos en futuras sesiones, mientras que los productos frescos se compran cada semana en función de la receta que se vaya a preparar.
El interés que despierta el taller hace que actualmente no queden plazas disponibles. Las matrículas se abren cada mes de septiembre y el cupo suele completarse rápidamente. Aun así, existe una lista de espera que permite que otras personas puedan incorporarse si se producen ausencias.
Cada lunes, las profesoras llaman a los 20 participantes programados para confirmar su asistencia. Si alguno no puede acudir, se contacta con las personas que se encuentran en lista de espera para que puedan participar en esa sesión. De esta manera se intenta que quienes muestran interés por la actividad tengan la oportunidad de asistir al menos en alguna ocasión.
Con el paso del tiempo también ha cambiado el perfil de quienes participan en el taller. En sus inicios eran principalmente mujeres quienes acudían a las sesiones, pero esa tendencia ha ido variando. “Cuando empezamos apenas había hombres”, recuerda Infante. Con los años, sin embargo, cada vez son más los que se interesan por la actividad, preguntan por las plazas disponibles y se animan a participar en el taller.
El taller de cocina forma parte de la amplia programación de Aulas Culturales para Mayores, un espacio dedicado a promover la formación, el ocio y la participación activa de las personas mayores. Entre sus propuestas se encuentran actividades como lengua y literatura, manualidades, baile, natación, cerámica, psicología, coral, taller de radio, cultura general, teatro, dibujo y pintura, además de conferencias, excursiones, viajes, clases de francés, geografía e historia o gimnasia.
En ese conjunto de iniciativas, la cocina, que comparte aula con el taller de manualidades, se ha convertido en un punto de encuentro donde cada semana se mezclan recetas, conversación y aprendizaje compartido. Un lugar donde, más allá de los ingredientes, lo que realmente se cocina es una experiencia colectiva que los alumnos esperan repetir cada martes.
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