Ensayo general de la miembros de la Banda Joven en la Plaza de Toros. -Cedida por Sergio Rincón-
Hubo un tiempo en el que la banda lo recorría todo. Domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes… y hasta el Domingo de Resurrección. Sergio Rincón lo recuerda desde su infancia, cuando formar parte de la Asociación Banda y Coro Ciudad de Melilla (Asbanor) significaba vivir la Semana Santa prácticamente sin descanso. Con el paso de los años, y tras constatar la dureza que suponía especialmente para los más jóvenes, el calendario se redujo. Desde hace más de dos décadas, la formación concentra su participación entre el Martes Santo y el Viernes Santo, un modelo que ha permitido preservar la calidad musical sin renunciar a la tradición.
Actualmente, Asbanor acompaña cuatro pasos clave del calendario cofrade melillense. El Martes Santo parte desde la Castrense, el Miércoles Santo desde la Plaza de Toros junto a la Virgen de las Lágrimas, el Jueves Santo con el Cristo de la Paz desde el Sagrado Corazón y el Viernes Santo regresa a la Plaza de Toros con el Santo Entierro. Un recorrido consolidado que refleja la continuidad de una tradición profundamente arraigada en una ciudad singular: Melilla, en el norte de África, donde la Semana Santa mantiene un peso cultural que la banda considera imprescindible preservar .
La evolución de este modelo responde también a cuestiones prácticas. Las procesiones dominicales se suprimieron por su duración y por la dificultad de mantener la calidad musical en entornos especialmente concurridos. Rincón recuerda cómo, en escenarios como la Plaza de España, la acumulación de público dificultaba tanto la interpretación como la seguridad de los propios instrumentos.
En la calle, la música se rige por un protocolo preciso. Lejos del entorno controlado de un concierto, aquí todo sucede en movimiento. Es la caja —el tambor— la que marca el ritmo y ordena el paso de toda la formación: el redoble guía el avance con la pierna izquierda, mientras que el golpe seco —el llamado paso simple— se corresponde con la derecha. A partir de esa cadencia, la banda mantiene una estructura compacta que permite acompasar su marcha con la del trono y los costaleros.
La coordinación es fundamental. La banda busca acompasar cada interpretación al movimiento del paso: cuando el trono se eleva, comienza la música; cuando la marcha concluye, el trono desciende. Esta sincronización permite que los costaleros avancen al ritmo de la música que ellos mismos han solicitado y que el público perciba una puesta en escena ordenada y coherente.
No siempre es sencillo. Las procesiones pueden extenderse hasta cuatro horas, con recorridos largos y exigentes. Tocar en movimiento, a un ritmo lento y sostenido, obliga a un esfuerzo físico considerable. Los instrumentos —especialmente en viento metal o percusión— se mantienen durante todo el trayecto, sin pausas, lo que incrementa la fatiga. A ello se suma la dificultad de interpretar partituras en plena calle, con iluminación irregular y rodeados de público.
En este contexto, la preparación previa adquiere un papel clave. Rincón insiste en la importancia de que los músicos, especialmente los más jóvenes, mantengan el estudio en casa durante este periodo. Aunque coincida con vacaciones, la exigencia de la Semana Santa requiere un nivel de preparación elevado para garantizar que todo funcione en condiciones.
Este año, además, la banda afronta una de sus mayores novedades: la incorporación masiva de la banda joven. En algunas jornadas, como el Martes Santo, se superarán los 60 músicos, alcanzando cifras inéditas para la formación. Solo ese día está prevista la participación de 62 integrantes, un crecimiento que responde a la integración progresiva de nuevos músicos.
La presencia de los más jóvenes, algunos de entre nueve y once años, supone un reto añadido. Tradicionalmente, su participación se limitaba al Viernes Santo, pero su evolución ha permitido ampliar su presencia. Para facilitar su adaptación, la banda ha desarrollado ensayos específicos en espacios como la Plaza de Toros, donde los nuevos integrantes han podido familiarizarse con las condiciones reales de desfile.
La dificultad no es menor. Tocar de pie, en movimiento, con el instrumento colgado y las partituras sujetas en pequeños atriles adaptados al brazo exige una coordinación y resistencia poco habituales para su edad. Sin embargo, la ilusión por participar, el acompañamiento de sus familias y el trabajo conjunto con los músicos más experimentados contribuyen a que la experiencia resulte positiva.
El Miércoles Santo constituye uno de los momentos más singulares del calendario. La procesión de la Virgen de las Lágrimas introduce un estilo marcado por la influencia sevillana, donde el paso se mece al ritmo de la música. Esta forma de procesionar, especialmente esperada por el público melillense, otorga a la banda un papel protagonista en la creación de la atmósfera, generando una interacción directa entre música, movimiento y emoción.
El repertorio, por su parte, se construye en diálogo constante con las cofradías. Algunas mantienen marchas tradicionales, mientras que otras solicitan nuevas incorporaciones. La banda adapta sus interpretaciones a estas peticiones, siempre que sea posible ensayarlas con antelación. Entre los referentes del género destacan compositores como Abel Moreno, junto a nuevas generaciones que siguen enriqueciendo el patrimonio musical de la Semana Santa.
No obstante, no todas las composiciones son aptas para la calle. Algunas piezas, por su complejidad técnica, quedan reservadas para el ámbito concertístico. En procesión, la prioridad es mantener la coherencia, la coordinación y la capacidad de ejecución en movimiento.
El Viernes Santo adquiere un carácter particular. Ese día, el repertorio se reduce a marchas fúnebres, más sobrias, y la configuración de la banda varía debido a la participación de algunos músicos en la banda militar. La banda joven asume entonces un papel relevante, consolidando su presencia dentro del conjunto.
La imagen de la banda también forma parte de su identidad. El uniforme, compuesto por traje azul, camisa blanca y corbata azul —en referencia directa al color de la bandera de Melilla— refuerza el vínculo con la ciudad y su tradición.
Más allá de lo musical, la Semana Santa representa un ejercicio de compromiso colectivo. Los integrantes de Asbanor, muchos de ellos profesionales en otros ámbitos, dedican tiempo y esfuerzo durante sus periodos de descanso para preparar cada salida. A este compromiso se suma el trabajo de las bandas cofrades, que desarrollan una labor constante con los más jóvenes y contribuyen a mantener viva la tradición musical en la ciudad.
El contacto con el público es directo y constante. En la calle no hay distancia: la música se interpreta a escasos centímetros de los espectadores, lo que exige máxima concentración. Cada detalle se percibe, cada error se escucha, y cada acierto se reconoce.
En ese equilibrio entre tradición, esfuerzo y renovación, Asbanor encara una nueva Semana Santa en Melilla. Cuatro días, cuatro pasos y más de medio centenar de músicos que, guiados por el ritmo que marca la caja, volverán a acompañar una de las expresiones culturales más arraigadas de la ciudad, manteniendo viva una tradición que, desde el norte de África, sigue sonando con fuerza.
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