La plaza de toros de Melilla volvió a convertirse este Miércoles Santo en el punto de partida de una de las procesiones más esperadas de la ciudad. A las 20:15 horas, con el cielo despejado y el recinto lleno de público, comenzaba la salida de la Real Cofradía y Hermandad Franciscana de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores, conocida popularmente como la Virgen de las Lágrimas.
Desde mucho antes, los alrededores ya estaban llenos. Familias, turistas y cofrades buscaban sitio para no perder detalle.
La cruz de guía, puntual, abrió el cortejo. Detrás, nazarenos con túnicas y capirotes morados y capas blancas en filas ordenadas, y mantillas ocupando sus puestos. Todo listo para la salida. El momento clave llegó pocos minutos después, cuando se abrieron las puertas y apareció la primera de las imágenes.
Nuestro Padre Jesús Nazareno fue bajando las escaleras poco a poco. A paso firme. El trono de misterio, portado por decenas de costaleros, avanzaba con un movimiento muy marcado. La imagen, con su túnica y su cabello natural, daba la sensación de caminar entre la gente. No es una escena nueva, pero sigue llamando la atención cada año.
El público reaccionó con aplausos. La Banda de Cornetas y Tambores del Nazareno acompañó ese momento con las primeras marchas. Justo detrás, la Virgen de los Dolores hacía su salida. Más pausada. Más recogida.
El contraste entre ambos tronos es una de las señas de identidad de esta cofradía. El paso del Cristo sigue el estilo malagueño. Más rígido en su estructura, más centrado en el movimiento del trono. El de la Virgen, en cambio, es sevillano desde 2009. Va a costal. Con un balanceo más suave y continuo, como si se estuviera meciendo con el viento.
La Virgen de las Lágrimas, con su manto oscuro y su candelería encendida, avanzaba con la Banda de Música Ciudad de Melilla. Su paso no generaba ruido. Se escuchaba el roce, las órdenes del capataz y el sonido de las campanillas.
El Tercio Gran Capitán 1º de la Legión estaba presente, como es habitual, por el hermanamiento con la cofradía.
A partir de ahí, el recorrido continuó por Maestro Ángel García, Plaza de Velázquez, Luis de Sotomayor, General Marina y Sidi Abdelkader. Calles estrechas en algunos tramos que obligaba a ajustar giros y medir muy bien cada revirá. Son puntos donde el público se concentró y donde el paso se podía apreciar más de cerca.
A medida que avanzaba la procesión, el cortejo mantenía el ritmo previsto. Sin interrupciones. Los costaleros marcaban cada levantá con precisión. En varios puntos, el público aplaudía tras los cambios de paso o los ajustes en las esquinas.
Uno de los momentos centrales llegó con la entrada en Carrera Oficial. Sobre las 22:00 horas, el cortejo accedió a la Avenida Juan Carlos I. Allí se encontraba la tribuna con representantes institucionales y eclesiásticos. El Nazareno fue levantado al paso por este punto. Un gesto que se repite cada año.
La Virgen pasó después bajo el palio, con una iluminación más marcada por la candelería. Este año, como novedad, se ha incorporado una cuarta fila de velas. Un detalle que cambia ligeramente la estética del conjunto y refuerza la presencia visual del paso.
Tras la Carrera Oficial, el itinerario de regreso llevó a la procesión por Plaza Héroes de España, General O’Donnell, Castillejos, Luis de Sotomayor, Plaza de Velázquez, Querol y Millán Astray. En este tramo, el ambiente se volvió más tranquilo. Menos concentración de público en algunos puntos, pero con presencia constante de espectadores.
Uno de los instantes más comentados por quienes seguían la procesión fue el encuentro entre el Nazareno y la Virgen en su tramo final. Se produce ya de madrugada.
A la 01:30 horas, el cortejo regresó a la plaza de toros. La recogida se hizo de forma escalonada. Primero el Cristo. Después la Virgen. Como en la salida, todo medido y sin sobresaltos.
Fuera ya quedaba menos gente que al inicio, pero aún había quienes esperaban el final. Algunos permanecieron hasta el último momento, siguiendo cada maniobra de entrada.
La jornada dejó la imagen habitual de cada Miércoles Santo en Melilla. Dos tronos, dos estilos y un mismo recorrido. También dejó escenas repetidas año tras año, pero que siguen atrayendo a miles de personas. La cofradía, con más de tres siglos de historia, volvió a cumplir con su estación de penitencia.
En la plaza, una vez recogidas las imágenes, el ambiente se fue apagando poco a poco. Quedaban los últimos movimientos de los equipos de apoyo, el desmontaje de estructuras y el regreso de los participantes a sus casas. La calle, ya en silencio, volvía a su ritmo habitual mientras la procesión quedaba cerrada hasta el próximo año.
En plena carrera oficial, justo delante de la tribuna y tras la oración de la estación de penitencia pronunciada por Eduardo Resa, la levantá a la Virgen de los Dolores, “Las Lágrimas”, se convirtió en un clamor cargado de verdad y denuncia.
El capataz, sin rodeos, alzó la voz por la hermandad más antigua de Melilla, olvidada durante más de 20 años por quienes prometen y nunca cumplen.
Sin casa de hermandad, sin un lugar digno para sus titulares, mientras algunos políticos se llenan la boca hablando de una riqueza que ni conocen ni pisan.
“¿Sabéis lo que es riqueza?”, preguntó. “Riqueza sois vosotros: las cuadrillas, los penitentes, los nazarenos, las mantillas, los barrios. Esta levantá para esos políticos, para que abran ya de una vez los ojos y nos pongan donde se merece. Porque nosotros no nos vamos a cansar de luchar por la Semana Santa de Melilla. ¡Esta va al cielo!”