El monolito de Yamin Benarroch luce ya en la Plaza de las Culturas

Construyó el Barrio Hebreo cediéndola a las familias judías que vivían en condiciones míseras

Todos los "monumentos constituidos" en un gran bloque de piedra de una sola pieza, situados en una plaza, llevan intrínseco un mensaje, una conmemoración u homenaje en memoria de los libertadores, Entiéndase este último término como "alguien que libera a las personas del cautiverio". Y en la plaza de las culturas desde 1997 hay un monolito en nombre de Yamín A. Benarroch. Por ser un libertador. Una figura clave de finales del siglo XIX reconocida por su faceta caritativa y sus cualidades y virtudes que ensalzan su labor humanitaria.

Corría el año 1882 cuando Melilla estaba sumida en un conflicto bélico contra Marruecos  y vivía en un ambiente hostil propiciado por el marco migratorio de los judíos asentados en Tetuán que buscaban asentamiento en Melilla.

No fue él, sino su familia, Benarroch-Yemín quien ayudó a centenares de personas en este camino migratorio. Por entonces, eran 6.000 judíos los afincados en Melilla haciendo frente a diversos sucesos que azotaban a la ciudad en plena guerra civil propiciado entre Republicanos y el Frente Popular.

Cuentan que Melilla era una plaza de tendencia izquierdista, donde reinaba caos: detenciones, cacheos, asesinatos. De esta época, Fortunato Mesod Mahfoda Serfaty, David Bitán, Alberto Benaim Benaim, Yuda Levy Ruas, todos ellos padecieron persecuciones, acribillamientos a balazos, acusados de masones.

Yamin Benarroch Beutad creció en Melilla y trabajó junto a su padre -como comerciantes- en la venta de material militar y toda clase de uniformes. Era tal la demanda en este sector que llegaron a convertirse en los proveedores oficiales del Ejército.

En cuanto a su lado más humano, Yamin destacaba por contribuir al asentamiento de migrantes y a engrandecer la comunidad en momentos adversos. Fue tal su implicación que que hasta construyó el Barrio Hebreo cediéndola a las familias judías que vivían en condiciones míseras, para que en un plazo de 10 años pagaran un precio simbólico para tener en propiedad la vivienda. Se involucró tanto con la Comunidad judía que incluso inició la construcción de 1 gran escuela en la calle Duquesa de la Victoria. (Nº colegio hebreo de España desde 1492).

Este faceta solidaria, la compaginaba con las oportunidades que le ofrecía ser proveedor oficial del ejército y que, obvio, tampoco desaprovechó.

Llegó a se presidente de la Comunidad, fue responsable del Colegio hispano-israelita. Estuvo inscrito en el libro de oro del Fondo Nacional judío. Se le condecoró con la “Medalla de la Paz”,  por su ofrecimiento  de mantas, locales, medicinas y cuanto era necesario para atender a los soldados heridos durante los hechos ocurridos en Julio de 1921 en la ciudad de Melilla.

¿Quién le iba a decir a Yamin que en pleno siglo XX seguía su estela presente y se le iba a reconocer su trabajo y su obra con la construcción de un monolito. En la plaza del pueblo. Hace pocos días fue colocada de nuevo después de haber pasado un proceso de restauración realizado por Martimaniac.  Ha sido uno de los responsables de esta empresa, Juan Carlos Martínez, quien dirigió el proyecto. Martínez ha descrito a este periódico que el tratamiento se iba a centrar en 3 focos.

Teniendo en cuenta que la causa de este deterioro ha sido el desprendimiento de sus juntas inferiores, se llegó a la determinación, asegura Martínez, de dividir la restauración en: la base, “que se quedó en la ubicación actual, la parte más ancha -a la que se le sometió a un proceso de restauración de los vértices del triángulo base y, por otro en la parte superior. Acordaron hacer desaparecer gran parte esos fragmentos”.

Este proceso de reforma continuó en la fase de limpieza, asegura tras presupuestar dicha necesidad al detectar destacar manchas de suciedad provocadas por la intemperie. Dicha limpieza “se hizo con cepillo y con jabón neutro y otras con cuchillas y con bisturí”.

Posteriormente, “atendimos a la reconstrucción en algunas zonas del monolito: “utilizamos plastilina escolar para recuperar toda la forma de todos los pedacitos que faltaban en la obra, principalmente esa punta que tuvo que dividirse en dos partes, para que de esta manera, al llenar los moldes con la resina con mortero

-que fue el ganador después de distintas pruebas de adherencia-.”

El siguiente paso eran unir todas las piezas. “En este caso,  usamos acero pinoxidable, para que no hincharan con la corrosión”.  Todo un proceso que culminó, según argumenta Martínez, una reintegración cromática con el fin de proteger el monolito de la intemperie, reforzando el color, la luminosidad y los arañazos. Un proyecto muy laborioso pero gratificante, asegura Martínez y cuyos resultados, “no tendrán que retocarse en décadas”.

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