La profesora de Didáctica de la Matemática, Verónica Albanese, junto a uno de los grupos de estudiantes del IES Rusadir. -AGC-
El salón de actos del IES Rusadir comenzó a llenarse este miércoles de estudiantes de Educación Secundaria Obligatoria que, como en cualquier otra actividad académica, ocuparon sus asientos casi de forma automática. Sin embargo, esa disposición pasiva duró apenas unos minutos. La protagonista de la jornada, la doctora Verónica Albanese Andriani, profesora del Departamento de Didáctica de la Matemática de la Universidad de Granada, pronto rompió el esquema tradicional para transformar el espacio en un escenario de pensamiento, diálogo y movimiento.
La actividad se enmarcó en la conmemoración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, una efeméride promovida por Naciones Unidas cada 11 de febrero para visibilizar el papel femenino en los ámbitos científicos y tecnológicos. Lejos de optar por una conferencia al uso sobre su trayectoria profesional, Albanese propuso una experiencia distinta. “Estuvimos debatiendo sobre si hacer una charla sobre mi vida o así, pero como no me gusta mucho ponerme como un referente, entonces le dije: ¿quiere que lo hagamos en plan más taller?”, explica.
La respuesta fue una dinámica que situó al alumnado en el centro del aprendizaje. Tras una breve presentación, la profesora lanzó una pregunta al aire: “Un grupo de tres amigos se encuentran en el parque y se chocan la mano, ¿cuántos choques ha habido?”. Los susurros comenzaron a recorrer la sala. Sin dar tiempo a acomodarse en una respuesta rápida, el reto iba aumentando; ¿y si son cinco? ¿Y si son diez? ¿Y si son cien?
Los estudiantes abandonaron sus sillas y se organizaron en grupos aleatorios de cinco personas, distribuidos frente a paneles de papel colocados en vertical. Una sola mano —femenina— debía sostener el rotulador en cada equipo, mientras el resto argumentaba, proponía y negociaba las ideas. “La idea no es que yo me pongo ahí y explico a los niños cómo se hace”, señala Albanese. “La idea es que los estudiantes, en pequeños grupos, razonen entre ellos, se comuniquen”.
La escena se llenó de cálculos improvisados, dibujos esquemáticos, líneas que conectaban puntos, figuras humanas representadas de forma sencilla y recuentos en voz alta acompañados de choques reales de manos. Cada grupo avanzaba a su ritmo, construyendo su propia estrategia. Porque, como subraya la docente, el foco no estaba en la respuesta final, sino en el camino recorrido: “El foco de la educación matemática en este momento es centrarse mucho en el proceso, no en el resultado”.
Esa diferencia, aparentemente sutil, marca un cambio profundo en la manera de enseñar y aprender matemáticas. “La resolución es el proceso, la forma, los pasos que uno hace, la estrategia que pone en práctica para resolver un problema”, explica. “Aquí el foco pasa al proceso”. En ese tránsito, el error deja de ser una penalización para convertirse en parte natural del aprendizaje y se validan los diferentes caminos.
La dinámica fue escalando en dificultad. De tres amigos se pasó a cinco, después a diez y finalmente a cien. La pregunta final no pedía ya un número concreto, sino algo más abstracto: encontrar la fórmula que permitiera conocer el resultado independientemente del número de personas que se chocaran la mano. Entonces comenzaron a aparecer ecuaciones, incógnitas, letras que acompañaban a los números y representaciones algebraicas que sintetizaban todo el razonamiento previo.
Para el desarrollo de esta actividad, Albanese insistió en la importancia de la comunicación y la validación colectiva. “No soy yo la autoridad que decide si está bien o no”, afirma. “Es el pensamiento y el razonamiento tuyo y de tus compañeros que tienes que validar lo que se está haciendo allí”, explicó. El profesorado, en este modelo, actúa como facilitador, generador de nuevas preguntas que impulsan el pensamiento cuando un grupo se estanca.
La propuesta también rompió con la habitual configuración de equipos homogéneos o predeterminados. Los grupos fueron aleatorios, una decisión que, según la profesora, busca atender la diversidad cognitiva. “Soy muy de la idea de que hay que atender la diversidad cognitiva, no solo la diversidad funcional”, explica. Esa mirada implica acompañar tanto a quienes necesitan más apoyo como a quienes pueden avanzar con mayor rapidez, permitiendo —como ella misma defiende— que “los que pueden volar, vuelen”, sin dejar de sostener a quienes precisan más tiempo para afianzar los conceptos.
Más allá del contenido matemático, la sesión puso sobre la mesa el componente social que rodea a esta disciplina. “La matemática siempre da mucho miedo, pero este miedo está inculcado en los niños desde pequeños”, advierte Albanese. Comentarios cotidianos como “a mí no me gustan las matemáticas” pueden, según señala, generar una “indefensión aprendida” en el alumnado.
En el contexto del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, la presencia de una matemática universitaria frente al alumnado adquiría además un valor simbólico. “Somos minoría en esta ciencia”, reconoce. Iniciativas como la desarrollada en el IES Rusadir buscan fomentar la participación y la autoconfianza de las niñas en los ámbitos científicos, aunque la propuesta en sí no estuviera centrada exclusivamente en la cuestión de género. “Está relacionada con una forma de ver y hacer las cosas de manera distinta y dar espacio a todos”, señala.
La solución final era compartida, pero las resoluciones habían sido múltiples. Más allá de los números, la experiencia permitió sostener que pensar, comunicar y justificar forman parte esencial de las matemáticas. El encuentro se cerró con un turno espontáneo de preguntas en el que los alumnos y las alumnas quisieron saber más sobre la trayectoria y la profesión de Verónica Albanese. De manera cercana y natural, la profesora fue respondiendo a cada cuestión e interrogante que despertaba la curiosidad de los y las adolescentes, prolongando así una jornada que no solo puso a prueba su razonamiento matemático, sino también su capacidad de preguntar, dialogar y proyectarse en el ámbito científico.
En el IES Rusadir, por unas horas, el salón de actos dejó de ser un espacio de escucha pasiva para convertirse en un laboratorio de ideas donde las voces jóvenes ocuparon el centro. En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, la matemática se presentó no como una fórmula cerrada, sino como un proceso vivo, colectivo y abierto a todos.
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