El fenómeno Funko se convierte en pasión para grandes y pequeños en Melilla

Los precios suelen oscilar en una franja accesible entre 15 y 20 euros; sin embargo, las ediciones especiales pueden llegar a superar los 350 euros por unidad

En el escaparate de algunas tiendas de regalos y cómics de Melilla hay una mirada que se repite. O cientos. O miles. Son redondas, negras, desproporcionadas. Son los ojos vacíos y brillantes de los Funko Pop!, esas figuras cabezonas que han convertido estanterías domésticas en pequeños museos de la cultura popular. Lo que empezó como una línea de muñecos de vinilo inspirados en personajes de cine y televisión se ha transformado en un fenómeno global que también ha echado raíces en la ciudad autónoma.

El universo Funko —impulsado por la compañía estadounidense Funko— se alimenta de la nostalgia, la épica y el fanatismo. Da igual si uno creció viendo a Darth Vader alzar su sable láser, si se emocionó con Harry Potter en Hogwarts o si pasó tardes enteras frente a la consola manejando a Spider-Man. Todo, absolutamente todo, es susceptible de convertirse en figura. Y esa es precisamente la clave de su éxito porque nadie se queda fuera.

En Melilla se venden. Y se venden bien. No es una fiebre pasajera ni un capricho adolescente. Comerciantes locales reconocen que los Funko tienen una rotación constante durante todo el año, con picos evidentes en campañas como Navidad, Reyes o la vuelta al cole. Son un regalo recurrente, relativamente asequible y con un componente emocional muy potente.

Los favoritos en Melilla siguen una lógica bastante previsible, aunque con matices interesantes. Las licencias vinculadas a sagas eternas como Star Wars mantienen su trono. Los personajes clásicos conviven con versiones especiales, ediciones limitadas y variantes que disparan el interés de los coleccionistas más exigentes.

También funcionan especialmente bien las figuras relacionadas con el universo Marvel y las películas de superhéroes. Cada estreno reaviva la demanda y convierte a los escaparates en una extensión de la cartelera.

Pero no todo es épica galáctica ni capas ondeando al viento. En Melilla, como en muchos otros lugares, el anime ha ganado terreno con fuerza. Personajes de series japonesas contemporáneas se agotan con rapidez, impulsados por una generación que consume plataformas digitales con la misma naturalidad con la que antes se encendía la televisión. Las figuras de videojuegos también pisan fuerte.

Hay, además, un fenómeno que está cogiendo fuerza: los Funkos de artistas musicales, deportistas y personajes históricos. No es extraño encontrar a iconos del rock, estrellas del pop o leyendas del baloncesto convertidos en estas miniaturas de cabeza sobredimensionada.

Ese cruce entre entretenimiento, deporte y música amplía el espectro de compradores y rompe la idea de que se trata de un producto exclusivamente “friki”. De hecho, muchos adultos que jamás se definieron así reconocen tener al menos uno en su despacho o en el salón de casa.

Porque sí, en Melilla hay coleccionistas. Y algunos muy metódicos. Los hay que conservan las cajas intactas, sin abrir, conscientes de que el estado del embalaje puede influir en el valor futuro de la pieza. Otros prefieren exhibirlos fuera de la caja, alineados por temáticas, colores o tamaños. Hay quien organiza su colección como si fuera una biblioteca: por sagas, por orden cronológico, por rareza. Y también están los que simplemente compran los personajes que les despiertan una sonrisa.

El coleccionismo tiene algo de ritual. Seguir lanzamientos, rastrear ediciones exclusivas, intercambiar piezas repetidas con otros aficionados. En una ciudad pequeña como Melilla, esa comunidad tiende a conocerse. Se recomiendan tiendas, avisan cuando llega una novedad concreta y comparten fotografías de sus vitrinas en redes sociales. No hablamos de un fenómeno masivo, pero sí consolidado.

Otro aspecto interesante es el perfil del comprador. Aunque el público juvenil sigue siendo fundamental, cada vez es más frecuente ver a treintañeros y cuarentones buscando esa figura que conecta con su infancia. La generación que creció en los años noventa encuentra en los Funko una cápsula del tiempo en miniatura. En cierto modo, son objetos que materializan recuerdos: una serie vista después del colegio, una película repetida en DVD, un videojuego que marcó una etapa.

Desde el punto de vista económico, los precios suelen oscilar en una franja accesible entre los 15 y los 20 euros, lo que facilita la compra impulsiva. Sin embargo, existen ediciones especiales y tiradas limitadas que alcanzan cifras considerablemente más altas en el mercado secundario que pueden superar los 350 euros. Ese componente especulativo añade una capa más al fenómeno. No solo se colecciona por pasión, sino también con la esperanza de que ciertas piezas se revaloricen.

En Melilla, donde el comercio local compite con las grandes plataformas digitales, los Funko representan un producto que invita a la visita física. Ver la figura en persona, comparar modelos, descubrir una novedad inesperada. La experiencia del escaparate sigue teniendo peso. Y eso, en tiempos de compra online, no es un detalle menor.

Al final, el mundo de los Funko en Melilla es un espejo en miniatura de la cultura global. Cabezas grandes, cuerpos pequeños y un catálogo prácticamente infinito que abarca desde galaxias muy, muy lejanas hasta institutos de magia, estadios deportivos y escenarios musicales.

Puede que dentro de unos años la fiebre se transforme o mute hacia otro formato, pero de momento los funkos siguen ocupando escaparates y escritorios. Y mientras existan nuevas películas, series o videojuegos, habrá nuevas figuras esperando su turno. La pregunta ya no es si se venden mucho, sino cuántas estanterías más están dispuestas a acogerlos.

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