Permítanme que les explique qué es exactamente el smuggling, porque es importante que entendamos de qué estamos hablando cuando usamos esta palabra en el contexto de Melilla.
El smuggling, traducido literalmente como contrabando, no es necesariamente lo que ustedes están pensando. No hablamos de alijos de droga ocultos en dobles fondos ni de mercancías prohibidas que cruzan fronteras en la madrugada. El smuggling moderno, el que se practica en Melilla, es mucho más sofisticado y, permítanme que se lo diga así, mucho más legal.
Es el arte de mover mercancías aprovechando las diferencias normativas entre territorios. Es decir, que se trata de encontrar la ruta más eficiente para que un producto pase del punto A al punto B pagando los menores impuestos posibles y cumpliendo, eso sí, todas las normativas aplicables. Cada una de ellas por separado.
En el caso de Melilla, el smuggling consiste en fragmentar operaciones comerciales grandes en miles de operaciones pequeñas que, individualmente, son perfectamente legales. Una familia que cruza con 1.720 euros en mercancías no está haciendo nada ilegal. Está aprovechando su derecho como viajero a transportar bienes personales sin declarar hasta ese límite. El problema, si es que podemos llamarlo problema, surge cuando esa misma familia hace lo mismo cinco veces en una semana durante tres meses seguidos.
¿Es legal? Técnicamente, sí. ¿Es smuggling? También. Porque el objetivo final no es el consumo personal sino la comercialización. Y esto, señores, es importante comprenderlo: el smuggling contemporáneo no viola la ley, la utiliza.
La diferencia con el contrabando tradicional es fundamental. El contrabandista clásico oculta mercancías para evitar controles. El smuggler moderno exhibe sus mercancías porque cumple todos los controles. Pero los cumple de tal manera que el resultado final es idéntico al del contrabandista: mover grandes volúmenes comerciales evitando la fiscalidad ordinaria.
En Melilla tenemos el smuggling más transparente de Europa. Todo se hace a la luz del día, con facturas, con controles policiales, con declaraciones oficiales. Pero cuando agregas 168.200 operaciones "ocasionales" que mueven 72 millones de euros anuales, lo ocasional se convierte en sistemático. Y lo sistemático, permítanme que se lo diga, es otra cosa.
El smuggling no es el problema de Melilla. Es la solución que ha encontrado Melilla a un problema que España nunca declaró oficialmente que tenía: cómo mantener una frontera europea con África que sea, al mismo tiempo, porosa para el comercio y hermética para el control. Una contradicción que solo se resuelve con este tipo de creatividad jurídica.
Es decir, que el smuggling de Melilla es el más legal del mundo. Y esa, precisamente, es su mayor virtud y su mayor peligro.
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