Pablo Muñoz y Magdalena Muñoz Bautista, tras interpretar la “Playera” de las Danzas Españolas, Op. 23 de Pablo Sarasate. -AGC-
El Auditorio del Conservatorio Profesional de Música de Melilla acogió este domingo una celebración que no se limitó a la interpretación de un programa, sino que se desarrolló como una experiencia donde la música, la memoria y la emoción compartida se entrelazaron en un mismo plano. Bajo el título “Alumnos de ayer, músicos de hoy: una trayectoria de excelencia”, el acto conmemorativo del 40 aniversario reunió a tres antiguos alumnos —Javier Lupiáñez, Pablo Muñoz y Juan Pablo de Juan— en una cita que avanzó con un pulso narrativo propio, sostenido por la escucha atenta del público, la evocación a la memoria, la trayectoria y los primeros pasos, así como la interpretación en directo como muestra de tres historias profesionales que encuentran sus orígenes en la misma ciudad; en la misma institución.
La intervención de Javier Lupiáñez abrió ese espacio desde una concepción de la música como lenguaje en construcción. Con un violín del siglo XVII, atribuido a Cornelis Kleymann y construido en 1683 en Ámsterdam, con cuerdas de tripa y cedido por una fundación holandesa , el intérprete introdujo desde el primer contacto sonoro una materia viva, sensible, casi orgánica. A su lado, la violonchelista Inés Salinas Blasco sostenía el pulso desde una presencia firme, atenta, generando entre ambos un estado de compenetración que se manifestaba tanto en la precisión como en la respiración compartida.
Antes de que la partitura marcara el camino, Lupiáñez abrió un espacio de improvisación. No fue un inicio convencional, sino un gesto que suspendía cualquier expectativa previa. En ese instante, el sonido parecía buscar su forma, avanzar sin un recorrido predeterminado, como si cada nota se apoyara en la anterior para decidir su dirección. El propio violinista lo vinculó a la práctica del siglo XVIII, etapa en la que centra su investigación, recordando la improvisación como una actitud musical: no una excepción, sino una forma de entender la interpretación.
Esa idea atravesó la ejecución de la Sonata para violín y continuo en Re Mayor RV 816 de Antonio Vivaldi y la Sonata en La Mayor “Pastorale” de Giuseppe Tartini. En determinados momentos, cuando el violonchelo detenía su línea, el violín emergía en soledad. Ahí, en ese espacio intermedio, donde el silencio no es ausencia sino tránsito, la improvisación adquiría todo su sentido. La ornamentación —esas variaciones que se inscriben sobre la partitura original— se desplegaba entre sus dedos con una naturalidad que desdibujaba la frontera entre lo escrito y lo creado en el instante.
El cuerpo de Lupiáñez acompañaba ese proceso como una extensión del propio instrumento. Se inclinaba hacia él, elevaba la cabeza en determinados pasajes, tensaba y liberaba el gesto en función de la intensidad. Sus manos no solo ejecutaban, sino que parecían narrar. El arco, firme, entraba desde la perpendicular con precisión, mientras los dedos, marcados en apenas unos centímetros del mástil, generaban una amplitud sonora que iba desde lo contenido hasta lo expansivo.
La música avanzaba como si se tratara de capas superpuestas de emoción. Había momentos en los que la tensión parecía concentrarse hasta casi detener el tiempo, y otros en los que esa acumulación se liberaba en forma de suspiro, como cuando algo concluye y permite respirar. En ese tránsito, el oyente podía percibir cómo el relato sonoro cambiaba de sentido: si la intensidad crecía, arrastraba; si descendía, abría un nuevo espacio de comprensión. Era una música que no solo se escuchaba, sino que se atravesaba y respondía a lo que el propio Lupiáñez definió como estado es irrepetible. Lo que sucede en ese momento, en ese lugar, no vuelve a producirse de la misma forma. Cada variación, cada impulso, pertenece a ese instante.
La segunda parte introdujo una nueva dimensión con la intervención de Pablo Muñoz. Desde los primeros compases de la Chacona de la Partita nº 2 en re menor de Johann Sebastian Bach, su presencia escénica evidenció una relación intensa con el instrumento. No se trataba únicamente de sostener la mirada en la partitura, sino de construir desde el cuerpo. Cada leve movimiento —la flexión de las rodillas, el desplazamiento del torso, la inclinación del cuello— parecía responder a una necesidad interna de la música.
Había momentos en los que los ojos se cerraban, como si el intérprete siguiera el recorrido de las notas desde un espacio interior, para después regresar con precisión a la línea. Ese gesto no implicaba desconexión, sino una forma de concentración que intensificaba la ejecución. La barbilla, fija sobre la viola, sostenía la tensión mientras el arco definía cada entrada con claridad.
La música, en su desarrollo, adquiría forma de diálogo. Como si una voz planteara una idea y otra respondiera, generando un entramado que por momentos recordaba a una discusión, a un encuentro, a una reconciliación. Todo ocurría con rapidez: la intensidad se elevaba, se detenía, cambiaba de dirección. Era un flujo continuo en el que la percepción se transformaba con cada variación.
La incorporación del piano, con Magdalena Muñoz Bautista, en la “Playera” de las Danzas Españolas, Op. 23 de Pablo Sarasate , abrió un nuevo plano, el recuerdo del músico sobre las interpretaciones que realizó durante su infancia en el conservatorio y un reto, pues la composición está hecha para violín. El sonido se expandió, y con él, la sensación de relato. Entre ambos instrumentos se generó un intercambio en el que las frases parecían perseguirse, encontrarse o detenerse, como si alguien hablara y otro contestara. En ese juego, la música adquiría matices casi cinematográficos, evocando imágenes, situaciones, estados.
Durante su interpretación, Pablo Muñoz se dirigió al alumnado presente, trasladando una reflexión construida desde su propia experiencia. Señaló cuatro factores que han marcado su trayectoria. En primer lugar, la figura del profesor, destacando la importancia de esa relación capaz de despertar motivación y abrir caminos. En segundo lugar, el entorno, subrayando cómo la convivencia con altos niveles de exigencia eleva el propio nivel de forma constante.
El tercer factor fue el apoyo familiar, al que definió como fundamental en una carrera exigente y prolongada en el tiempo. Y, finalmente, la perseverancia: la música como una carrera de fondo, marcada por dificultades, en la que continuar resulta esencial. Sus palabras, dirigidas a quienes inician ese camino, ofrecieron una visión directa, sin idealización, pero sostenida en la convicción de que el esfuerzo tiene sentido.
La intervención de Juan Pablo de Juan se desarrolló con un tono cercano y progresivo, muy en línea con la propia dinámica del acto, alternando recuerdos, reflexiones y momentos de conexión directa con el público. Desde el inicio, situó su discurso en el regreso al conservatorio, un espacio, más allá de lo físico, que identificó con sus orígenes, con esa etapa en la que comenzó su formación musical y personal. Habló de la emoción de volver a cruzar sus puertas, de esa sensación de “entrar en casa”, vinculando el lugar con la infancia y con los primeros referentes que marcaron su camino. A medida que avanzaba, fue reconstruyendo ese recorrido inicial, deteniéndose en profesores y compañeros, nombrándolos como si el tiempo no hubiese pasado, evidenciando el peso que esas relaciones siguen teniendo en su trayectoria.
En ese hilo, su intervención fue ampliándose hacia una reflexión sobre la música como experiencia compartida. Introdujo la idea de que la música no es solo aquello que suena, sino lo que ocurre entre las personas, lo que se construye en la interacción, en la escucha y en la capacidad de integrarse en un conjunto. Desde su experiencia en el ámbito coral, reforzó esa dimensión colectiva, señalando cómo, en ese contexto, el sonido deja de ser individual para convertirse en algo común, donde cada uno aporta pero ninguno es dueño absoluto del resultado. Esa idea aparecía acompañada de una insistencia constante en la escucha, en la paciencia, en la necesidad de convivir con otros para construir algo conjunto.
Dentro de ese desarrollo, incorporó la educación como un eje fundamental, no de forma aislada, sino integrada en su propio relato. La vinculó con la libertad, con la capacidad de generar oportunidades y de transformar la vida de quienes acceden a ella. En el caso de la música, explicó, ese proceso implica no solo aprender a tocar o a interpretar, sino a escuchar, a entender al otro y a sostener un trabajo continuo en el tiempo. En sus palabras, el aprendizaje no se detiene nunca, y el músico permanece siempre en ese estado de formación, en una búsqueda constante que mantiene viva la motivación.
A lo largo de su intervención, fue intercalando referencias a distintos ámbitos y figuras, más allá de lo estrictamente artístico, para reforzar esa visión amplia de la música como herramienta de conexión humana. Subrayó su capacidad expresiva y emotiva, insistiendo en que su sentido último no reside únicamente en la ejecución, sino en la emoción que es capaz de generar. Esa idea apareció de forma recurrente, enlazando con lo que ya se había percibido en las interpretaciones previas.
El cierre de su intervención se produjo de forma coherente con todo lo expuesto. De manera natural, fue implicando al público, invitándolo a participar como si de un coro se tratara. La sala, hasta entonces en silencio atento, pasó a formar parte activa de ese momento final, en el que la música dejó de situarse únicamente en el escenario para expandirse al conjunto de los presentes. Un gesto que sintetizaba su discurso y que reforzaba esa idea central de la música como experiencia colectiva, compartida y profundamente ligada a lo humano.
El cierre del acto correspondió a Claudia Rolín, quien devolvió la mirada al origen de todo. Su despedida recuperó el sentido del conservatorio como lugar donde comienzan los sueños, donde se siembra aquello que, como quedó reflejado sobre el escenario, puede crecer y proyectarse más allá. Con sus palabras finales y los aplausos prolongados del público, se cerró una jornada en la que la música se confirmó como un lenguaje vivo, irrepetible y profundamente humano.
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