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El Belén del Foso del Hornabeque, una visita “obligada” cada Navidad en Melilla

La visita al Belén ubicado en el Foso del Hornabeque se ha afianzado con el paso de los años como una de las tradiciones más reconocibles cuando llegan las fiestas navideñas en Melilla. No es solo un punto de interés ornamental, sino un espacio que cada diciembre recupera su papel de lugar de encuentro para familias, grupos de amigos y visitantes que buscan “entrar” en el ambiente navideño a través de un recorrido pausado por escenas y rincones cuidadosamente recreados.

En este enclave del recinto histórico, el Belén funciona como un paseo en sí mismo: se camina, se observa, se comenta y se vuelve sobre los pasos para reparar en lo que no se vio a la primera. La instalación, además, ha ido ganando presencia dentro del entorno, ampliando su trazado hasta alcanzar prácticamente la entrada de la Plaza de Armas. Ese crecimiento no solo alarga la experiencia, sino que refuerza una sensación compartida entre muchos asistentes: el Hornabeque, por unos días, se transforma en un escenario navideño que invita a detenerse.

El Faro de Melilla realizó este domingo su recorrido por el recinto y pudo comprobar que, más allá de las figuras tradicionales, la clave del atractivo reside en la suma de detalles y en la presencia de personal caracterizado que acompaña la visita, orienta al público y contribuye a que la experiencia sea segura y agradable.

Un pueblo recreado

Uno de los principales motivos por los que el Belén del Hornabeque sigue atrayendo público es la sensación de que “no falta detalle”. A lo largo del recorrido aparecen representaciones de oficios, pequeñas escenas de trabajo, viviendas y comercios que componen un conjunto pensado para ser contemplado con calma. No se trata de una única escena central, sino de una composición amplia, con múltiples focos de interés que permiten que cada visita sea ligeramente distinta según el ritmo y la atención de quien la recorre.

En ese entramado, el Nacimiento mantiene su condición de referencia principal. Varias personas que pasaron por la zona señalaron que esa parte era la que más les gustaba, no solo por su valor simbólico, sino porque el conjunto conduce hacia ella como si fuera un destino final dentro del paseo. La escena, para muchas familias, se convierte en el momento de parada obligada: se observa, se fotografían los detalles y se comenta con los más pequeños lo que están viendo.

Ese componente familiar es constante. La visita al Belén, en este punto de la ciudad, no se vive como una actividad rápida, sino como un plan navideño completo: caminar, mirar, hacer fotos y compartir un rato. Y ahí la instalación encuentra su fuerza: en ofrecer una experiencia accesible, al aire libre y con un componente visual que atrapa tanto a niños como a adultos.

Pajes a la entrada

Nada más entrar al recinto, el visitante se encuentra con personal caracterizado que cumple una función doble: dar la bienvenida y contribuir a que el flujo de gente se mantenga con orden. En la entrada, El Faro de Melilla habló con Azahara, una de las pajes, quien explicó que su labor consiste en saludar a las personas cuando entran y cuando salen, además de hacerse fotos si alguien se lo pide.

Azahara añadió que, en ocasiones, también realizan vueltas por dentro del recinto para comprobar que no pase nada y para atender a quienes quieran una foto o necesiten orientación. Ese tipo de presencia, aunque discreta, ayuda a que el ambiente sea más cercano y a que la experiencia mantenga un tono festivo y familiar desde el primer momento.

Sobre la afluencia, la joven indicó que varía según el día y que el tiempo influye de manera decisiva. Según relató, cuando hace viento o lluvia el recinto puede cerrarse, lo que condiciona la entrada de visitantes. En cambio, en las jornadas en que el clima acompaña, se nota un mayor movimiento de gente, algo especialmente visible en fines de semana y en tramos horarios concretos.

Romanos para vigilar y posar

A medida que se avanza por el Belén, aparecen figuras humanas que se integran en el paisaje como si fueran parte de la propia instalación. Entre ellas, destacan los romanos, que combinan una función práctica con otra claramente visual. Ángel, Unai y Rafa explicaron que van vestidos de romanos y que su trabajo es, principalmente, vigilar el Belén, controlar que la gente no se suba a las estructuras o invada zonas que puedan dañarse, y evitar que se rompa nada.

Los tres añadieron que también cumplen un papel de “adorno” escénico: permanecen en muchos momentos estáticos, como si fueran parte del decorado, aunque pueden moverse e interactuar con el público cuando se acerca alguien a pedir una foto. Esa interacción, señalaron, es habitual, sobre todo con niños, que se detienen ante ellos con curiosidad y buscan inmortalizar la visita con una imagen.

En cuanto a la afluencia, comentaron que se nota especialmente cuando deja de llover: esos días el recinto recibe más visitas y el recorrido se llena con mayor facilidad. En la práctica, su presencia contribuye a que esa afluencia no se traduzca en deterioro del montaje, y al mismo tiempo suma un elemento de “espectáculo” que hace que el paseo sea más dinámico.

Oficios en directo

En la parte superior del recorrido, uno de los espacios que más llama la atención es el dedicado a la alfarería. Allí, la visita deja de ser únicamente contemplativa y se convierte también en una oportunidad para ver un oficio en acción. Marian, una de las ceramistas, explicó que están representando y realizando exhibiciones de lo que es el trabajo con el barro “de forma totalmente real”, mostrando cómo se modelan piezas en directo.

Según detalló, suelen hacer lo que les van pidiendo los niños —jarrones, cuencos, boles, platos o tazas— y, en ocasiones, los pequeños se animan a tocar el barro y probar, siempre bajo control. Marian indicó que hay horas punta en las que se nota bastante la presencia de niños, lo que convierte este punto en uno de los más vivos del recorrido: se aglomeran miradas, preguntas y curiosidad.

En el apartado técnico, explicó que trabajan con varias técnicas. Por un lado, el torno alfarero, aprovechando el movimiento de la máquina para ir modelando la pieza; por otro, técnicas manuales como el pellizco y el modelado con “churros”, con las que se da forma poco a poco. Sobre el secado, señaló que depende de la humedad y que, en estas fechas, el proceso puede tardar aproximadamente cuatro o cinco días, lo que permite al público entender que el resultado final requiere tiempo y paciencia.

Detalles y ambiente

El Belén del Hornabeque mantiene su tirón porque combina varios ingredientes que, juntos, construyen una experiencia completa. Por un lado, el cuidado del montaje, con escenas pensadas para que el visitante se detenga y observe. Por otro, el ambiente que genera la presencia de personal caracterizado, que añade cercanía, orden e interacción. Y, además, la incorporación de oficios en vivo, que convierte el recorrido en algo más que una sucesión de figuras.

Quienes pasan por el recinto suelen salir con una impresión similar: gusta, se disfruta y apetece repetir. La parte del Nacimiento, en particular, se mantiene como el punto que más emociona y que muchos señalan como su favorito, pero la visita no se reduce a esa escena. El paseo se construye con la suma de tramos, rincones y momentos: el saludo en la entrada, la foto con los romanos, la parada ante la cerámica, el comentario familiar ante una escena concreta.

En ese sentido, el Belén se ha convertido en una “cita obligada” no por un único motivo, sino porque ofrece un plan navideño reconocible, apto para todas las edades y con un escenario patrimonial que refuerza su singularidad. Un recorrido que, cada diciembre, vuelve a reunir a la ciudad alrededor de una tradición que se mira, se camina y se comparte.

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