Melilla ha amanecido este domingo con el bullicio suave pero reconocible de los días de crucero. A las nueve en punto, el Amera, un veterano de los mares que ha cambiado de nombre tantas veces como de rutas, asomó por el puerto de la ciudad autónoma para regalar a la ciudad la última escala del año. Lo ha hecho con puntualidad alemana, acorde con la mayoría de los pasajeros que desembarcaron poco después, muchos de ellos sorprendidos por un detalle inesperado, el calor. Para ser finales de noviembre, la mañana fue casi templada, de esas que hacen dudar del calendario.
Los turistas apenas tuvieron que esperar. El autobús lanzadera comenzó pronto sus viajes entre el puerto y el centro, llenando la plaza de España de un goteo constante de visitantes cámara en mano, algunos buscando sombra y otros señalando fachadas modernistas como si acabaran de descubrir un secreto. No eran pocos quienes llegaban sin grandes expectativas. Melilla, para muchos, era un nombre que ni siquiera les sonaba, una escala más en un itinerario que partió de Savona y terminará en Bremerhaven. Sin embargo, la sorpresa no tardó en llegar.
“Es muy bonita. Y muy limpia”, decía una mujer mientras observaba el Palacio de la Asamblea como quien examina algo que no esperaba encontrar. Su comentario se repitió en varias ocasiones y con distintos matices. Los pasajeros hablaban de edificios que les sorprendían, de calles tranquilas, de una sensación de ciudad cuidada. Algo que no es reciproco por parte de los melillenses.
Pero, sobre todo, hablaban de la gente. “Todos han sido muy amables”, insistía un hombre que, mapa en mano, trataba de orientarse para llegar a Melilla la Vieja. Esa percepción de hospitalidad ha sido una de las constantes del día.
A bordo del Amera viajan 835 pasajeros como máximo, aunque no todos se han desplazado al centro. El barco, con sus 205 metros de eslora, conserva esa elegancia de los cruceros anteriores a la era de los gigantes flotantes. Inaugurado en 1988, el buque ha navegado bajo nombres tan distintos como Royal Viking Sun, Seabourn Sun y Prinsendam, hasta encontrar en 2019 su identidad actual. Pese a sus años, sus interiores impecables y su oferta de ocio —piscina exterior, spa, boutiques— mantienen cierta nostalgia del crucero clásico que aún seduce a miles de viajeros.
Los que sí bajaron a tierra han aprovechado la mañana con intensidad. La mayoría se han concentrado en torno a las calles comerciales, entrando en cafeterías, comprando en tiendas del centro, preguntando por edificios y fotografiando cualquier detalle que les llamara la atención. Hubo quien se sintió con ánimo de descubrir Melilla La Vieja, aunque como la mayoría era gente mayor comentaban que preferían dar paseos por las calles llanas que subir cuestas o escaleras.
El regreso al barco comenzó temprano, a primera hora de la tarde. Y justo cuando el flujo de cruceristas ya se dirigía de vuelta al puerto, el cielo decidió cambiar de registro. La lluvia, anunciada pero contenida durante toda la mañana, apareció con fuerza. No llegó a incomodar a ningún visitante ya que el Amera soltó amarras a las 17:00 horas, cuando el gris ya mandaba sobre el azul.
La escala del Amera sirve también para poner en perspectiva un año cargado de movimiento en el puerto. Melilla ha recibido en 2024 a miles de cruceristas desde aquella primera llegada del Seabourn Sojourn en febrero. Después vinieron las visitas consecutivas de Regent Seven Seas Cruises, el imponente desembarco del Marina en mayo —con sus más de 1.100 pasajeros y más de 700 tripulantes—, el casi multitudinario Marella Discovery de septiembre, las escalas otoñales del propio Amera y las tres del pequeño Hebridean Sky, además del refinado Le Dumont d’Urville.
Hubo también contratiempos, como la cancelación en julio del Marella Discovery 2 por fuerte viento, una decisión tomada por seguridad y asumida con naturalidad por todos los implicados.
Aun así, el balance es más que positivo: 3.000 cruceristas solo en el primer semestre y un goteo constante en los meses posteriores. La ciudad ha asumido la rutina de recibir, orientar y despedir viajeros con una soltura creciente.
Quizás por eso la jornada de este domingo no ha tenido sensación de despedida, sino de pausa. Los elogios de los turistas —sinceros, repetidos, espontáneos— dejaron la impresión de que Melilla va encontrando su sitio en las rutas del Mediterráneo occidental. El Amera partió rumbo a Tánger con el cielo ya cubierto, pero la ciudad quedó con la clara sensación de que los cruceros regresarán el próximo año con la misma fuerza, o incluso más.
Y si la primera impresión es la que cuenta, la de este domingo ha sido mejor de lo previsto. Melilla ha cerrado la temporada no con un adiós, sino con un hasta pronto.
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