Cultura y Tradiciones

Dos guitarras, una conversación entre cuerdas y miradas a través de dos siglos

Herminia Navarro y Pablo Rioja recorren en el Teatro Kursaal la edad dorada de la guitarra con un diálogo musical entre Sor, F. de Fossa y Mertz

Antes de que una sola nota atravesara la sala, el concierto ya había comenzado a desplegarse entre las manos del público. A la entrada del Teatro Kursaal-Fernando Arrabal, un díptico esperaba a los espectadores con los nombres de los compositores, algunas referencias históricas y las claves de un viaje que, minutos después, iba a abandonar el papel para convertirse en sonido. Fernando Sor, F. de Fossa y Joseph Kaspar Mertz aparecían unidos por un tiempo en el que la guitarra dejó poco a poco de ser un instrumento relegado al acompañamiento para reclamar una voz propia, una literatura propia y, sobre todo, un espacio propio entre los instrumentos de concierto.

"Fue una época de gran trascendencia para el desarrollo del instrumento, en la que se sentaron las bases de la técnica moderna y se buscó el lenguaje propio más allá de su faceta acompañante que predominó en la etapa anterior", advertía el programa. Era la puerta de entrada a una mañana dedicada enteramente a las seis cuerdas, a una época de transformación musical y a dos intérpretes que han hecho de ese repertorio una parte esencial de su recorrido artístico.

Herminia Navarro y Pablo Rioja llegaron al Kursaal después de haber vencido una primera dificultad antes incluso de que comenzara la música. Su vuelo había sido cancelado el día anterior y los dos guitarristas habían conseguido alcanzar Melilla esa misma mañana. Desde Amigos de la Música se quiso reconocer expresamente ese esfuerzo antes de presentar al dúo, nacido en 2005 y formado desde entonces en distintos cursos de perfeccionamiento y escenarios de festivales de guitarra nacionales e internacionales. En los últimos años, su especialización se ha dirigido hacia la música del periodo clásico-romántico escrita para dos guitarras, un repertorio que interpretan además con reproducciones de instrumentos de la época.

El público recibió la explicación, apagó sus teléfonos y guardó el silencio reclamado antes del primer acorde. Sobre el escenario quedaron dos guitarras, dos sillas y dos atriles. Nada más parecía necesario.

Herminia Navarro y Pablo Rioja ocuparon sus lugares entre los aplausos de bienvenida y comenzaron con Fernando Sor. "L'Encouragement", Op. 34, apareció como una declaración de principios y, al mismo tiempo, como una presentación. Cantabile, Tema y variaciones y Vals trazaron los tres movimientos de una obra que no tardó en revelar por qué había terminado dando nombre al propio dúo.

Las primeras notas llegaron con una delicadeza casi física. Los dedos acariciaban las cuerdas y las presiones sobre ellas parecían suficientes para extraer un sonido que no necesitaba imponerse para llenar la sala. La guitarra hablaba en voz baja, pero hablaba con claridad. Una frase encontraba su respuesta en el instrumento vecino y, entre ambas, comenzaba a levantarse una conversación hecha de pulsaciones, silencios y pequeñas inflexiones.

Había algo especialmente revelador en observar las manos. Mientras una de las guitarras se elevaba sobre las primeras cuerdas, la otra parecía buscar su lugar en las últimas; después, el dibujo se invertía. Los dedos de uno de los intérpretes avanzaban por los primeros trastes mientras los del otro se alejaban hacia la caja. Las manos no competían por el espacio: lo repartían. Cada una sabía dónde terminaba su territorio y dónde comenzaba el del otro.

Pero la verdadera conversación no estaba únicamente en las cuerdas. Estaba también en las miradas. Herminia y Pablo recorrían las partituras y, casi al mismo tiempo, buscaban al otro. Había instantes en los que una pequeña inclinación de cabeza contenía toda una indicación musical. El movimiento de la muñeca, la pausa de una mano, una mirada fugaz o apenas una elevación de las cejas podían anunciar el momento exacto de entrar, detenerse o dejar paso a la otra guitarra. Herminia, en ocasiones, parecía congelar durante un instante el gesto antes de regresar a la melodía; Pablo respondía con otro movimiento, con la cabeza ligeramente impulsada hacia delante, como si ambos fueran colocando sobre la marcha las piezas de una conversación que solo ellos conocían por completo.

La partitura estaba delante, pero no parecía suficiente. Había que mirarse. Y así, mientras las notas de Sor recorrían el teatro, el público podía contemplar algo que normalmente queda oculto detrás del sonido: el mecanismo íntimo de un dúo, esa suma de anticipaciones, respiraciones y señales mínimas que permite que dos intérpretes dejen de parecer dos para convertirse en una sola voluntad musical.

Cuando terminó la obra, Herminia Navarro tomó la palabra. Explicó que el periodo al que estaba dedicado el recital había sido una auténtica época dorada para la historia de la guitarra y que aquella pieza de Sor había dado nombre a la formación que comparte con Pablo Rioja. "L'Encouragement" alude a aquello que alienta, que da coraje, que da ánimo. Y quizá no había mejor manera de nombrar una formación cuya música iba a construirse precisamente desde el impulso mutuo.

"Les proponemos un viaje por la música para dos guitarras de finales del siglo XVIII y esta primera mitad del siglo XIX, que fue tan interesante como una especie de época dorada para la historia de la guitarra", explicó la guitarrista.

Ese viaje tenía dos ciudades como puntos de referencia: Viena y París. Allí, la guitarra llegó a vivir un verdadero periodo de esplendor. Fue un instrumento apreciado, buscado, escuchado y, en París, incluso rodeado de una auténtica fiebre que recibió el nombre de "Guitarromanie". La expresión resume bien el espíritu de aquellas décadas en las que los compositores escribían para el instrumento y los intérpretes exploraban las posibilidades de una formación que todavía estaba construyendo su propio lenguaje.

En ese contexto, el dúo de guitarras fue adquiriendo una identidad cada vez más definida. La guitarra había dejado atrás parte de su antigua condición de acompañante y comenzaba a reclamar para sí un repertorio en el que podía dialogar, responder, contraponer voces y sostener una obra completa entre dos instrumentos.

La siguiente pieza permitió comprobar hasta qué punto ese repertorio también podía crecer a través de la adaptación. Pablo Rioja explicó que la obra que iban a interpretar era la única del programa que no había sido concebida originalmente para dos guitarras. Se trataba del "Gran dúo nº 9 pour deux guitares tiré de l'oeuvre de Haydn", una transcripción realizada por el guitarrista francés F. de Fossa (1775-1849) a partir de una obra de Joseph Haydn.

Las transcripciones, explicó Rioja, fueron una práctica habitual en aquel tiempo. Permitían trasladar la música más conocida a otros formatos y contribuir a su difusión. La guitarra podía así apropiarse de páginas que habían nacido para otras formaciones y hacerlas circular a través de sus propias posibilidades sonoras. El guitarrista recordó, como ejemplo de esa práctica, a Franz Liszt y sus transcripciones de las nueve sinfonías de Beethoven para piano. Y señaló la particular fortuna de los guitarristas, que cuentan con nueve cuartetos de Haydn transcritos por F. de Fossa.

La explicación dio paso a cinco movimientos: Allegro, Menuetto-Allegro, Adagio, Menuetto-Allegro y Finale Allegro. Y la música volvió a ocupar el lugar de las palabras. La escritura de Haydn, filtrada por la transcripción de De Fossa, adquirió en las dos guitarras una nueva dimensión. Las notas se desplegaron de nuevo por el escenario y las seis cuerdas de cada instrumento fueron construyendo un tejido en el que las frases se perseguían, se encontraban y se cedían el paso.

Después de la primera parte, el concierto se detuvo durante diez minutos. Un breve paréntesis antes de continuar el viaje. A la vuelta, la música cambió de paisaje. Joseph Kaspar Mertz, nacido en 1806 y fallecido en 1856, condujo al público hacia una sensibilidad más cercana al Romanticismo a través de "Nänien Traulieder" y "Unrühe". Para el final, Fernando Sor regresó al escenario con la "Fantasía" Op. 54 bis. Andante, Allegro, Andantino y Allegro "al estilo español" pusieron el punto final a una mañana que había sido, en realidad, un recorrido por la propia transformación de la guitarra.

Las dos guitarras mantuvieron esa relación de equilibrio que había recorrido todo el recital. Una frase parecía nacer en una de ellas para encontrar su continuación en la otra. La música se desplazaba de un mástil al siguiente y, con ella, cambiaba también la expresión de los intérpretes. Las miradas volvían a encontrarse. Las manos seguían su recorrido preciso. La complicidad continuaba detrás de cada interpretación, con delicadeza y sutiliza permitiendo que las melodías también conviviesen con el lenguaje no verbal de sus intérpretes en armonía.

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