Le encantaba Melilla y sus gentes, pues la respetaban y eran muy cariñosos con ella. No le daba reparo hacer cosas ‘impropias’ de su edad, ni si quiera hacer topless en la playa de Los Cárabos.
Ella se tumbaba en el sofá. Le encantaba tenderse entre cojines y elegir desde esa postura la película que iban a ver por la tarde. Nada de últimos entrenos ni los clásicos de Elizabeth Taylor o de Hitchcock. Tras hacer todo el repaso a la hemeroteca, él le preguntaba si prefería ver un clásico del cine español, como por ejemplo ‘El último cuplé’. Eso sí le complacía. Le encantaba ver estas películas, pero no para sentirse la gran protagonista del salón, sino para recordar cómo fueron aquellos rodajes y las anécdotas que surgieron en aquellos decorados, tiempos en los que los hombres la miraban con deseo y las mujeres con admiración. Era una diva, una estrella desde que se levantaba hasta que se acostaba. Era Sara Montiel en todo momento, tanto saludando a la gente que se quería fotografíar con ella como en la playa de Los Cárabos haciendo topless. Caminando, cantando, fumando o atendiendo a la prensa. Es un mito porque su luz natural alumbraba más allá de lo que se podía ver o intuir sobre ella. “Tenía tanto arte que no necesitaba demostrarlo”, asegura el melillense Armando Pelayo, que durante 20 años fue su director musical, además de un gran amigo para la actriz y cantante española.
Fue hace diez días cuando habló con ella la última vez. Antonia, como la llamaba Pelayo, le prometió comer con él cuando pisara tierras madrileñas. Hacía un tiempo que no se veían y tenían ganas de charlar mientras disfrutaban de una rica comida. Pero ya no será posible.
Pelayo sabía que tenía sus achaques y que hace unas semanas se había quemado con agua hirviendo al caérsele el mango de un cazo, pero no se esperaba por nada del mundo recibir la noticia de que Sara Montiel, su compañera de escenario durante años y una gran diva de la escena española, falleciera ayer a los 85 años. Parece que las partidas de los amigos nunca son previsibles.
Mientras contaba cómo fueron esos años de trabajo con la gran Sara Montiel, no paraba de sonar el teléfono. Amigos comunes, músicos, actores y otros conocidos le llamaban ayer a Pelayo para darle su pésame y preguntarle si podría asistir a su entierro. Pelayo no podrá estar presente por motivos personales y de trabajo, pero serán muchos los admiradores que seguro asistirán a su adiós definitivo.
“Si es tonta, me voy”
Pelayo estaba trabajando con Martirio cuando le dijeron que Sara Montiel necesitaba un director musical. Fue a la prueba por ver a esta diva y pensó: “Si es de esas tontas, me voy porque yo ya tengo suficiente trabajo”. Recuerda cómo de niño se escondía tras las rendijas de la puertas para poder ver las películas de esta gran actriz en el Cine Monumental sin pagar. Sus padres la admiraron y eso fue lo que le llevó a tocar el piano para ella y a dirigir a una orquesta.
Cuando la prueba acabó, Montiel le dijo: “Maestro, es como si usted y yo hubiéramos estado toda la vida juntos”. Y se quedó con ella para hacer giras y miles de espectáculos. En España y en América.
Pelayo, en ocasiones, se adelantaba y llegaba el primero a Miami o Buenos Aires y allí se entrevistaba con los admiradores de Sara Montiel. Le invitaban a comer para que les hablara de ella y el pobre de Pelayo acababa cansado de tanto escuchar el nombre de su amiga.
Asegura que era una mujer guapísima, llena de vitalidad y muy divertida. No era de las que guardaba las apariencias porque todo lo que hacía, lo hacía con naturalidad y no necesitaba simular que era una estrella. Lo era y punto. Por mucho que se le echara en cara que hacía cosas ‘impropias’ de su edad, no escuchaba esas críticas. Le daba igual todo.
También era algo distraída y le costaba concentrarse en las canciones, aunque las llevara cantando toda la vida. María Antonia Abad, su nombre real, fue una mujer hermosa, no sólo físicamente, que cuando rodaba se conformaba con tomar vasos de agua para mantener la línea. Fue de las que vivió su vida como quiso en todo momento.
Cuplés y todo su cariño para los melillenses
Armando Pelayo le pidió a Sara Montiel que viniera a Melilla para intentar lanzar una imagen de la ciudad alejada de los accidentes de avión y las protestas en la frontera con Marruecos. Ella acudió sin dudarlo un momento y disfrutó en varias ocasiones de días de vacaciones en Melilla. Por la ciudad sentía una verdadera adoración, los melillenses la trataban con cariño y con mucho respeto y eso le encantaba. Además, tuvo la oportunidad de cantar varios cuplés para sus admiradores en esta tierra. Así compartió escenario en 2007 con Pelayo y Sebastián Alarcón.
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