La Ensenada de los Galápagos se ha convertido esta tarde en una postal irrepetible. Guitarras encendidas, voces enérgicas y el Mediterráneo como cómplice. Allí, entre la brisa y el sonido lejano de las olas, Dique Sur y Noviembre han firmado la clausura del festival Música y Mar. Una primera edición que se despide con la sensación de haber encontrado su sitio en la agenda cultural de Melilla.
Durante semanas, los Galápagos se han llenado de vida. No había butacas numeradas ni entradas a la venta. Solo un espacio abierto al público, barra para refrescarse y un ambiente que mezclaba a familias, curiosos y melómanos. La apuesta era sencilla —pero arriesgada—: llevar la música en directo a la orilla del mar y confiar en que la ciudad respondiera a sus grupos locales. Algo que, sin duda, ha hecho.
Cuando a mediados de agosto se anunció que los Galápagos acogerían varios conciertos gratuitos, muchos lo recibieron con curiosidad. La propuesta era sencilla. Música en directo al aire libre, un servicio de barra y un entorno privilegiado. Con el paso de las semanas se ha demostrado que la fórmula ha cuajado. Cada jornada ha reunido a públicos diferentes, desde familias con niños hasta veteranos melómanos, pasando por grupos de jóvenes que encontraron en este rincón un lugar perfecto para despedir el verano.
El objetivo de la organización era dar visibilidad a los grupos locales y demostrar que Melilla puede ofrecer cultura de calidad en espacios abiertos.
El primero en subir al escenario ha sido Dique Sur, una banda que carga con casi tres décadas de historia. Los hermanos Mabel, Jesús y Javier Romero Imbroda lideran un proyecto que ha sabido mutar sin perder su identidad, sumando a músicos como Sergio Muela y Antonio Sierra para dar cuerpo a un sonido que viaja del bolero al rock.
En los primeros años del siglo XXI, el grupo vivió una etapa intensa, con actuaciones en Madrid, Granada o Málaga, hasta que llegó un parón que parecía definitivo. Pero la música, como la marea, siempre regresa. Tras la pandemia, Dique Sur volvió a los escenarios con nuevas canciones y con más de 60 composiciones disponibles en plataformas digitales.
Su concierto ha sido un repaso vital. Canciones que muchos habían escuchado hace veinte años se alternaron con temas recién publicados en plataformas digitales. Mabel, con la voz intacta, se adueñó de los momentos más íntimos; Muela y Sierra empujaron con fuerza en los pasajes más eléctricos. El público, cómplice, celebró cada guiño a esa historia compartida. Para muchos, ver a Dique Sur en los Galápagos fue como reencontrarse con un viejo amigo.
La segunda parte de la noche tuvo otro aroma. Noviembre salió con la energía del rock melódico de los 90, el que marcó a toda una generación. Nacieron en 2017 casi por accidente, tras la disolución de otro grupo, pero con un convencimiento firme. “La música forma parte de nuestra vida; era imposible dejarlo”, dijeron hace tiempo en una entrevista. Y se nota.
El nombre quedó fijado porque su primer ensayo fue un 17 de noviembre, y desde entonces han cultivado un estilo reconocible, marcado por el rock melódico y la fuerza de los estribillos coreables.
El quinteto formado por Juan Antonio Mimon, Miguel Ángel Vidal, Paco Caparrós, José Mari y Tete Ramos desplegó un sonido compacto, con guitarras que recordaban a los años en que ese estilo llenaba estadios y teclados que aportaban matices. La voz de José Mari encontró eco en un público entregado, que coreó estribillos como si fueran himnos personales.
La verdadera magia del festival no está solo en el cartel. Es el lugar. La Ensenada de los Galápagos, iluminada al caer la tarde, se convierte en un anfiteatro natural. No hay artificios. La brisa mueve el pelo de los músicos, el olor a sal se mezcla con la cerveza de la barra, y cada acorde parece fundirse con el mar. “Tenemos que explotar esta zona, es maravillosa”, insistía anoche Lola Padial, convencida de que este rincón puede ser motor cultural de la ciudad.
Cuando las luces se apagaron y los últimos aplausos se deshicieron en la arena, quedó una certeza: Música y Mar no ha sido un experimento aislado, sino el inicio de una tradición. La ciudad ha respondido, los artistas locales han tenido un escaparate a su altura y el público ha descubierto que la cultura también puede vivirse de pie, junto al mar, sin protocolos ni distancias.
Si todo sale como se espera, Música y Mar regresará el próximo verano. Y quizá, dentro de unos años, cuando se hable de la tradición musical de Melilla, alguien recuerde que todo empezó aquí, en esta primera edición que cerraron con éxito Dique Sur y Noviembre, con el Mediterráneo como aliado y un público que ya pide más.
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