Coto Privado. -Cedida por el grupo. Fotógrafa: Inca Rojas-
Skell y Coto Privado llevan años compartiendo algo más que escenarios. Comparten local de ensayo, amigos, músicos y una manera de entender el rock que pasa por hacer canciones propias y defenderlas aunque el circuito no siempre facilite las cosas. Juan Miguel Requena forma parte de las dos historias: es cantante y guitarrista de Skell y batería de Coto Privado. Andrés Carretero es la voz y guitarra de Coto Privado. La conversación entre ambos, a preguntas de la entrevistadora, va pasando de la historia de las bandas a la composición, de las dificultades para tocar en Melilla a la necesidad de salir a la Península y, finalmente, al concierto que ambas formaciones ofrecerán este viernes, a partir de las 21:30, en el Espacio Joven de la Feria.
Skell nació a finales de 2013, ya entrando en 2014, como un grupo de amigos que se juntaron para hacer lo que les gustaba. Juan Miguel Requena, Javier Nieto, José Mari Madrid y Juan José Brecia encontraron en el rock y el metal el punto de encuentro para desarrollar una música que se mueve, en palabras de Juan Miguel, en "la delgada línea entre la parte más camberra del rock y la cara más técnica o más musculosa del metal". Coto Privado tiene una historia más larga y con diferentes etapas. Andrés sitúa los comienzos alrededor de 2002 o 2003, cuando eran "un puñado de amigos que bebíamos mucha cerveza y nos pagaban por tocar". Aquella primera formación llegó a vivir de los conciertos durante un tiempo, pero Andrés diferencia claramente aquella época de la actual. Eran "más sinvergüenzas, 20 años más jóvenes". Para él, la formación que comienza en 2018, junto a José Luis Pérez "Salvaje", Suso Luque y Juan Miguel Requena, es la que "de verdad ha hecho música". Lo que hacen ahora es rock and roll.
A medida que la conversación avanza, entre risas y naturalidad, aparece uno de los puntos en los que las dos bandas coinciden con más claridad como parte de su identidad: las canciones propias. Juan Miguel entiende la música como una forma de tener algo que decir, de vivir y poner después esa vida sobre una página en blanco para convertirla en acordes. Para quienes no hacen esto por dinero, tiene que existir algo que quieran dejar dicho. Andrés lo lleva a su terreno con una broma sobre el supuesto legado: "los derechos de autor y la deuda de la hipoteca". Coto Privado publicó su último álbum con Maldito Records y tiene sus canciones registradas en la SGAE. Para Andrés, esa protección cobra especial importancia cuando se compara el esfuerzo de crear música con la situación de las bandas de versiones y tributos, que pueden aprovechar canciones, imagen y estética ya conocidas. Su postura no pasa necesariamente por negarles un lugar, sino por reclamar un reconocimiento al trabajo de quienes compusieron las canciones que otros interpretan.
Ahí aparece una de las dificultades que más preocupan a ambos músicos. Los tributos tienen una ventaja evidente: cuando una banda anuncia que va a tocar canciones de un grupo conocido, el público sabe de antemano qué va a encontrarse. Eso facilita llenar una sala. Una banda que presenta repertorio propio, en cambio, necesita primero conseguir que alguien escuche sus canciones, que las conozca y que quiera volver a verla. Andrés plantea que los espacios de menos de cien personas deberían poder servir para esas bandas que están empezando a crecer. Una banda nueva necesita empezar por algún sitio: reunir a 25 amigos, después a 50 y más tarde intentar llenar una sala de cien personas. Si esos lugares están ocupados por tributos que pueden acumular cientos de seguidores, el proceso se hace más difícil. La conversación entra entonces en los carteles de algunos festivales, donde se acumulan nombres como Iron Maiden, AC/DC, Metallica, Judas Priest o Kiss acompañados de la palabra "tributo". Juan Miguel señala que en ocasiones incluso se utilizan los logotipos originales y relaciona esta situación con una tendencia más general: la preferencia por lo conocido frente a la curiosidad por descubrir música nueva. Si el público deja de buscar cosas diferentes, plantea, dentro de cincuenta años puede seguir existiendo un tributo a Queen mientras cada vez resulte más complicado encontrar nuevas bandas y nuevas canciones.
Andrés describe la evolución del circuito con una frase que resume su percepción: "ha ido a peor". Coto Privado llegó a tocar tres veces por semana durante su primera etapa y hubo momentos en los que el caché de los conciertos les permitía incluso dedicarse profesionalmente a ello. Ahora la situación es muy diferente. Mantener una banda supone gastos y, si el objetivo fuera ganar dinero, sería una ruina, sostiene. Lo siguen haciendo porque son "unos viciosos" y porque siempre aparece esa necesidad de tocar y de decir cosas con una guitarra. En Melilla, además, el número de oportunidades es reducido. Andrés recuerda que para una banda de la ciudad tocar una vez al año resulta insuficiente. Juan Miguel aporta una anécdota relacionada con Sôber: un amigo que compartía local de concierto con la banda tenía a su vez un grupo tributo y llegó a cobrar más por un concierto que Sôber, a pesar de que el grupo madrileño ya tenía discos de oro. La comparación sirve para ilustrar hasta qué punto el nombre conocido de un grupo puede pesar más, a efectos de contratación, que el trabajo de una formación que está creando repertorio propio.
La manera en que nacen esas canciones también ocupa buena parte de la conversación. Andrés explica que escribe cuando necesita "vomitar algo", cuando hay algo dentro que tiene que sacar. Puede ser una noticia, algo que le ha ocurrido, una situación cercana o cualquier cosa que le haya tocado de alguna manera. Entonces coge la guitarra, pero no solamente para buscar acordes: la guitarra se convierte en el lugar al que le cuenta esas cosas, dice. Es ahí, especialmente cuando está solo con una guitarra acústica en una habitación, donde aparece la parte más vulnerable, esa primera idea que todavía no ha pasado por ningún filtro. La guitarra funciona casi como una confidente; cuando algo duele, molesta o simplemente necesita salir, se lo cuenta a ella y empieza a construir un boceto.
Después llega el local de ensayo y cambia todo. Aquella idea que nació de una necesidad personal deja de pertenecer únicamente a quien la escribió y empieza a pasar por las manos de los demás. "Vienen los cabrones estos y me la destrozan", bromea Andrés al explicar lo que ocurre cuando lleva una composición al ensayo. A partir de ahí aparecen las frases, los acordes, la armonía, los ritmos, las subidas y las bajadas, hasta que aquella primera ocurrencia termina convertida en una canción de Coto Privado. Algunas composiciones hablan de asuntos personales y otras de cuestiones diferentes, pero suele existir un elemento común: aquello que "te pincha un poco o escuece" tiene muchas posibilidades de acabar convertido en música. Juan Miguel explica que a él le sucede algo parecido. Puede escribir prácticamente sobre cualquier tema y reconoce que su "mala leche" hace que muchas de sus canciones terminen teniendo un componente reivindicativo.
Andrés relaciona precisamente esa necesidad de componer con los momentos en los que uno está emocionalmente peor. Cuando todo marcha bien con la pareja, explica, quizá apetece más estar con ella y disfrutar. Cuando te dejan, en cambio, coges la guitarra y "le lloriqueas a la guitarra". El instrumento vuelve a ocupar ese lugar de confidente: uno se queda a solas con ella y le cuenta lo que no sabe, o no puede, contar de otra manera. Esa conversación con la guitarra es el primer paso, pero no necesariamente el resultado definitivo. El impulso puede ser completamente personal, incluso crudo, y después necesita pasar por el trabajo de la banda para convertirse en una canción.
Algunas composiciones necesitan tiempo antes de estar preparadas. Andrés recuerda que hubo temas sobre los que otras personas le habían animado a escribir, pero no se encontraba en el momento adecuado para hacerlo. Ahora esas canciones están terminadas. Juan Miguel, por su parte, trabaja actualmente en una composición relacionada con algo que ocurrió en 2017. La sensación volvió recientemente y esta vez sintió que había llegado el momento de convertirla en canción. En ese proceso, la primera conversación con la guitarra acaba dando paso a otra etapa: encontrar las frases, trabajar los acordes, la armonía, los ritmos, las subidas y las bajadas. Es ahí donde una emoción que necesitaba salir empieza a adquirir una estructura musical. La pandemia fue también un periodo especialmente productivo para Andrés. Escribió constantemente y llegó a pensar que algunas de aquellas canciones eran muy buenas, pero cuando pasó aquella etapa volvió a escucharlas de otra manera y terminó descartando algunas porque las encontraba demasiado punk y demasiado rabiosas.
La relación entre Skell y Coto Privado hace que ese intercambio sea todavía más natural. Llevan años siendo amigos, comparten espacios de ensayo, se enseñan canciones y se acercan a los ensayos de la otra formación. Los músicos incluso pueden terminar cubriéndose entre ellos cuando alguien no puede tocar. Juan Miguel lo resume diciendo que "el local es un putiferio". Ya ha ocurrido que un integrante de una banda haya tenido que echar una mano a la otra. Por eso el concierto conjunto en la Feria tampoco supone enfrentarse a un escenario desconocido. Para Juan Miguel será parecido a cualquier día en su local de ensayo: dos bandas de amigos, con estilos distintos pero con muchas cosas en común, que llevan años haciendo música porque les gusta. Andrés utiliza otra comparación para describir la relación: compartir escenario con Skell es como que un amigo vaya un sábado a su casa para comer paella. "El rock and roll es una fiesta" y esa es la intención que el concierto sea, ante todo, una fiesta para ellos y para quienes estén delante.
En cuanto al circuito, las dos bandas viven actualmente situaciones diferentes. Skell está tocando menos y este año tiene entre tres y cuatro conciertos, todos en Melilla, además de Granada el próximo año. Coto Privado está teniendo más actividad fuera: han pasado por Jaén, Madrid, Granada y Valladolid y tienen otros destinos en el horizonte, como Sevilla y Pamplona. Salir de Melilla obliga a organizar viajes, trabajos y horarios y a asumir las dificultades que supone el transporte. Andrés puede encontrarse trabajando en la Península sin saber exactamente cómo llegará a su siguiente concierto, pero sí tiene claro que "ese día, a las 10 de la noche yo voy a estar en el escenario". Juan Miguel lo lleva a la broma y asegura que terminarán encontrándose "en el estribillo". La logística forma parte de la experiencia de cualquier banda melillense que intenta construir una trayectoria fuera de la ciudad.
La diferencia entre tocar en casa y hacerlo fuera se nota también en el público. En Melilla suelen encontrarse con gente que ya los conoce, amigos, seguidores y personas que llevan años preguntándoles cuándo vuelven a tocar. En la Península, en cambio, llegan ante un público que en principio no tiene por qué saber quiénes son. Precisamente por eso les sorprendió la respuesta que encontraron en Vallecas, donde parte del público conocía sus canciones y las cantaba. Aquella experiencia confirmó para Andrés que salir tiene sentido. También porque un concierto puede abrir la puerta a otro. Coto Privado ha repetido en algunos lugares y ha vuelto a trabajar con determinados promotores. Andrés explica que no ha habido un concierto en la Península del que no hayan sacado algo más: una nueva llamada, un contacto, otro concierto o la posibilidad de volver a coincidir con alguien.
Ese es uno de los motivos por los que Andrés anima a las bandas jóvenes de Melilla a salir siempre que tengan la posibilidad. Tocar para gente que no conocen, conocer otras bandas, ver cómo funciona el circuito en otras ciudades y acumular experiencias forma parte también de la trayectoria de un grupo. Son experiencias que después se recuerdan y que pueden servir para abrir nuevas puertas. Juan Miguel añade que hay que asumir que muchas veces esas salidas no serán rentables. Para una banda de Melilla, el transporte puede hacer que se vuelva a casa con muy poco dinero o incluso perdiéndolo. Pero considera que incluso si, después de todos los gastos, cada miembro vuelve con 50 euros, o si directamente han tenido que poner dinero, la experiencia puede compensarlo. Está el contacto, el aprendizaje, el nombre que empieza a moverse y la posibilidad de que alguien vuelva a llamar. El festival conjunto de Skell y Coto Privado es un ejemplo de ello: después de aquella experiencia empezaron a recibir nuevas llamadas.
Para una banda de Madrid, la situación logística es completamente diferente. En Melilla, salir implica asumir un coste que condiciona todo. "Aquí con 100 euros no has sacado ni la guitarra del maletero", sostienen. Aun así, las bandas más recientes de la ciudad están empezando a mirar hacia fuera con herramientas diferentes. Graban sus canciones, las suben a Spotify, hacen vídeos y buscan contactos. Ya no hace falta enviar un CD desde Melilla y esperar veinte días para que llegue. Se puede mandar directamente un enlace a Spotify o YouTube y mostrar el trabajo de la banda. No siempre se puede conocer al responsable de una sala tomando un café, pero sí se puede establecer un primer contacto a través de internet.
Después de hablar de todo ese circuito, el regreso al escenario de casa tiene un significado diferente. Este viernes, Skell y Coto Privado actuarán juntos en el Espacio Joven de la Feria a partir de las 21:30. Para Juan Miguel, tocar en Melilla también supone responder a quienes llevan años siguiendo a las bandas, a quienes les preguntan cuándo volverán a tocar y a quienes han estado ahí desde el principio. "¿Cómo les vamos a decir que no? Si son colegas, coño." La Feria ofrece, además, la posibilidad de que quienes todavía no conocen su música se acerquen por primera vez. Es un concierto para el público de siempre, pero también una oportunidad para que aparezcan nuevos oyentes.
Andrés compara la Feria con "romper la piñata en tu fiesta de cumpleaños". La diferencia respecto a un concierto en la Península está en que aquí están rodeados de su gente, sin la tensión de llegar a una ciudad desconocida y tener que demostrar desde cero quiénes son. Delante estarán amigos, vecinos, gente del barrio y personas que les han preguntado en algún momento, en un café o por la calle, cuándo vuelven a tocar. Las canciones serán las mismas que pueden llevar a un escenario de fuera, pero la relación con quienes las escuchan es diferente. Es precisamente esa cercanía la que hace que quieran darlo todo.
Al mismo tiempo, la Feria pone sobre la mesa una carencia que ambos comparten: la necesidad de contar con más lugares donde tocar en Melilla durante todo el año. Juan Miguel lo expresa con claridad: "Ojalá no tuviéramos que echar tanto de menos la Feria porque podemos tocar en más sitios de Melilla." Andrés apunta a los bares y a los pequeños conciertos que podrían celebrarse sin grandes montajes ni equipos descomunales. No hacen falta 50.000 vatios para que una banda pueda tocar delante de un público reducido. Si existieran más espacios de ese tipo, la Feria dejaría de ser una de las pocas ocasiones en las que las bandas pueden tocar para su ciudad. Por ahora, el escenario del Espacio Joven vuelve a reunirlas. Dos grupos de amigos, con años de música detrás, canciones propias, ensayos compartidos y experiencias acumuladas dentro y fuera de Melilla.
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