Cedida
Juan Alonso Pérez de Guzmán, III duque de Medina Sidonia
Cada 12 de octubre con motivo del Día de la Hispanidad, nuestra mirada suele dirigirse hacia América y aquel extraordinario viaje de Cristóbal Colón de 1492.
Sin embargo la historia de la expansión castellana durante el reinado de los Reyes Católicos también tiene otros protagonistas y escenarios, entre ellos Canarias y Melilla. Ambos territorios comparten una sorprendente vinculación histórica: la intervención decisiva de Juan Alonso Pérez de Guzmán, III duque de Medina Sidonia cuyas tropas participaron en la culminación de la conquista de Tenerife en 1496 y, apenas un año después en la incorporación de Melilla a la Corona de Castilla.
Una historia de navegantes, soldados, tratados internacionales y poderosos linajes nobiliarios que nos conduce desde las costas canarias hasta el Mediterráneo africano.
Mucho antes del descubrimiento de América, Castilla y Aragón habían comenzado a delimitar sus intereses mediterráneos. El Tratado de Monteagudo de 1291 suscrito por Sancho IV de Castilla y Jaime II de Aragón establecieron un reparto de futuras áreas de expansión norteafricana, tomando como referencia el río Muluya.
Aquella delimitación anticipaba la importancia estratégica que adquirirían las costas del Magreb. Casi dos siglos después, el Tratado de Alcáçovas de 1479 entre Castilla y Portugal reconoció los derechos castellanos sobre Canarias, mientras Portugal consolidaba sus intereses sobre Madeira, Azores, Cabo Verde y buena parte de la expansión atlántica africana.
La incorporación del reino nazarí de Granada en 1492 y el descubrimiento colombino de América, aquel mismo año transformarían definitivamente este escenario. Castilla comenzaba a mirar simultáneamente hacia tres horizontes: el Atlántico, las Indias y el norte de África.
El 7 de junio de 1494 Castilla y Portugal suscribieron los célebres acuerdos de Tordesillas. Habitualmente se recuerda únicamente la línea imaginaria situada a 370 leguas al oeste de Cabo Verde que delimitaba las respectivas áreas de expansión oceánica.
Pero aquel mismo día se alcanzó otro acuerdo mucho menos divulgado relativo a África, las pesquerías y las áreas de actuación en el Reino de Fez, donde aparecen dos nombres fundamentales: Melilla y Cazaza. Resulta paradójico que, transcurridos más de quinientos años, España no conserve territorios americanos derivados de aquella demarcación atlántica mientras Melilla continúa siendo una ciudad española en el continente africano.
A ella se suma Ceuta que fue portuguesa desde 1415 permaneciendo vinculada a la Monarquía Hispánica tras 1640 y cuya soberanía española fue reconocida por Portugal mediante el Tratado de Lisboa de 1668. La dimensión africana del Tratado de Tordesillas merece, por tanto, mayor presencia en nuestras publicaciones, museos y explicaciones turísticas.
Las investigaciones del historiador Mariano Gambín García -Universidad de La Laguna- permiten comprender mejor la intervención de la Casa de Medina Sidonia en la fase final de la conquista de Tenerife.
Tras la derrota castellana en la primera batalla de Acentejo en 1494, Alonso Fernández de Lugo necesitaba importantes refuerzos. El III duque respondió aportando soldados experimentados, caballería, provisiones y recursos logísticos. Las cifras documentales manejadas por los investigadores mencionan alrededor de 38 jinetes y varios centenares de peones, con estimaciones próximas a los 800 efectivos.
Entre los hombres relacionados con aquella empresa aparece Bartolomé de Estopiñán, hermano de Pedro de Estopiñán protagonista de la posterior expedición melillense.
La participación ducal contribuyó decisivamente a culminar la conquista de Tenerife en 1496. Aquella empresa también tuvo consecuencias dolorosas para la población guanche, incluidos cautiverios y esclavización, una realidad que no debe omitirse al recordar estos acontecimientos.
Apenas un año después el 17 de septiembre de 1497, una expedición organizada por el III duque de Medina Sidonia, bajo dirección de su comendador Pedro de Estopiñán y Virués ocupaba Melilla.
La operación aprovechó el debilitamiento de la plaza y consistió en un desembarco seguido de una rápida fortificación. Las dos empresas contaron con el respaldo político de los Reyes Católicos y utilizaron la capacidad militar y logística de la poderosa Casa Ducal. Las cifras de hombres y embarcaciones empleadas en Melilla varían considerablemente según las crónicas. Aunque algunas estimaciones permiten comparar su magnitud con la expedición tinerfeña, no puede asegurarse que ambas utilizaran prácticamente idénticos efectivos.
El Asiento de Alcalá de Henares de 13 de abril de 1498 regularía posteriormente las obligaciones económicas y defensivas de la Corona y del duque respecto a Melilla con la presencia del primer Veedor Don Diego Olea de Reinoso.
Aquí encontramos una de las conexiones más sorprendentes de esta historia. Mientras se preparaba el tercer viaje de Cristóbal Colón finalmente iniciado en 1498; determinados barcos y recursos navales previstos para la empresa colombina fueron destinados a la expedición de Melilla.
La noticia aparece en la tradición historiográfica recogida por Jerónimo Zurita y ha sido examinada por investigadores como Mariano Gambín García. El desvío de recursos contribuyó a los retrasos y al malestar del almirante, cuyas dificultades para organizar su expedición contrastaban con los medios movilizados hacia África.
Más que una simple cuestión de barcos, existía una competencia por los recursos y presupuestos disponibles para dos proyectos estratégicos de la Corona. Así, América y Melilla llegaron a compartir e incluso disputar los medios navales de la expansión castellana.
No deja de resultar fascinante que una parte de la historia del tercer viaje colombino nos conduzca directamente hasta las murallas de Melilla.
El Palacio de Juan II, en Madrigal de las Altas Torres donde nació Isabel la Católica en 1451, constituye otro escenario de especial interés. Los Reyes Católicos mantuvieron una corte itinerante y conocieron las iniciativas de Tenerife y Melilla desarrolladas con su respaldo.
La vinculación de Madrigal con la noticia de la ocupación de Melilla resulta especialmente sugestiva, aunque todavía sería necesario acreditar documentalmente que los monarcas la recibieron precisamente dentro del palacio.
Este edificio convertido posteriormente en convento de las Madres Agustinas, representa un magnífico espacio para divulgar los vínculos históricos entre Madrigal, Canarias y Melilla.
La figura de Isabel permanece presente en el patrimonio artístico de ambos territorios. En la Casa de Colón de Las Palmas de Gran Canaria encontramos representaciones pictóricas de los Reyes Católicos y su relación con el descubrimiento de América.
Merece especial atención el retrato de Isabel con guirnaldas objeto de comentarios culturales del cronista oficial de Las Palmas -Juan José Laforet- gran conocedor y apasionado de la figura de la soberana.
Melilla conserva por su parte, una singular escultura dedicada a la reina, considerada la única existente en África. Realizada por Restituto Martín Gamo en 1971, se encuentra actualmente ubicada en el Parque Hernández. Su iconografía permite una interesante lectura: la espada en forma de cruz evoca la dimensión religiosa y evangelizadora de su reinado; la figura infantil protegida por la reina recuerda su imagen como defensora de los indígenas frente a la esclavitud, y las tres carabelas representadas en el monumento aluden a la empresa colombina y los navíos empleados en la toma de Melilla.
Estas últimas constituyen una referencia simbólica al descubrimiento de América que también permite recordar la sorprendente conexión naval entre Colón y Melilla.
Existe una coincidencia extraordinaria: Isabel la Católica otorgó su testamento en Medina del Campo el 12 de octubre de 1504, exactamente doce años después de la llegada de Colón a América.
En aquel documento mencionó expresamente el reino de Granada, las Islas Canarias y las tierras descubiertas en el océano, cuya vinculación a Castilla deseaba preservar. También dejó a sus sucesores una significativa exhortación: “que no cesasen en la conquista de África”.
Cuando escribió aquellas palabras Melilla llevaba ya siete años incorporada a Castilla. Por tanto, aquella plaza representaba un precedente de la política africana cuya continuidad recomendaba.
El codicilo del 23 de noviembre de 1504 reforzaría esa preocupación mediante disposiciones económicas relacionadas con los fondos destinados a las empresas militares y religiosas.
Conmemorar el 12 de octubre supone también recuperar episodios menos conocidos de nuestra historia compartida.
Tenerife en 1496 y Melilla en 1497 unidas por el III duque de Medina Sidonia y por los hermanos Estopiñán, nos recuerdan que la expansión castellana tuvo dimensiones atlánticas, mediterráneas y africanas.
Sus consecuencias fueron profundas y complejas, tanto para las sociedades conquistadoras como para las poblaciones indígenas y norteafricanas. Y cuando contemplamos la escultura de Isabel la Católica en Melilla o sus retratos en la Casa de Colón de Las Palmas encontramos dos expresiones artísticas de una misma época histórica.
Quizá este 12 de octubre sea una buena ocasión para recordar que la historia de la Hispanidad no solamente se escribió navegando hacia América pues también tuvo capítulos fundamentales en Canarias y en las costas africanas de Melilla.
(Este reportaje está dedicado a la memoria de la escritora canaria Albertine de Orleans que ha fallecido recientemente el 8 de octubre de 2026).
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