El Faro de Melilla entrevista a Álvaro Menéndez Bartolomé, padre de familia con tres hijos adolescentes, trabaja como profesor de Filosofía y Religión Católica, con una amplia experiencia en la enseñanza, donde comenzó como profesor con la especialidad de Educación Física. Además, es asesor de inversiones desde hace casi quince años, certificado como asesor financiero. Actualmente compatibiliza ambas actividades. Su enfoque educativo se caracteriza por un pensamiento crítico y contraintuitivo, alejándose de las respuestas obvias y apostando por la complejidad del conocimiento y la formación del criterio. A lo largo de su trayectoria ha combinado la reflexión filosófica con la práctica pedagógica, desafiando tanto a sus alumnos como a las ideas establecidas sobre la enseñanza. Para Ménendez Bartolomé, la transmisión de conocimiento incluye la necesidad de suscitar en los alumnos más preguntas de las que tenían antes de entrar en el aula.
-Usted es maestro. ¿Cómo vive usted su profesión? ¿Qué es ser maestro?
-Los maestros, los profesores, en el sentido de conjunto, somos como todos los profesionales; los médicos, los abogados, los traductores, los mecánicos. En cada profesión hay algunos excelentes, otros terribles y la gran mayoría se ubica en el medio: son trabajadores del montón que trabajan para pagar la hipoteca y, en definitiva, ganarse el pan. Es decir, somos profesionales que intentan ejercer su oficio con lo que tienen: sus conocimientos, sus limitaciones y, en el mejor de los casos, su vocación. Si lo piensa, el desempeño en nuestra profesión, como en muchas otras, se distribuye como una campana de Gauss: en un extremo están los maestros excepcionales, esos que transforman vidas y dejan huellas imborrables; en el otro, aquellos que desafortunadamente hacen daño, a veces sin siquiera darse cuenta. Pero la gran mayoría estamos en el grueso de la curva, haciendo nuestro trabajo lo mejor que podemos, tratando de ser útiles sin pretender ser héroes. Así lo vivo yo, en el sentido de conjunto. Ahora, desde un punto de vista más personal, individual, trato de entrar al aula, primero, como si fuera el primer alumno y, en segundo lugar, como si esa fuera mi última sesión de clase. Me gusta jugar a esa dinámica de hipótesis: ¿qué sucedería si supiera que me tengo que dejar asombrar? ¿Qué sucedería si supiera que es la última clase? Esa hipótesis crea una “tensión superficial” muy estimulante y, aunque no siempre esté uno a la altura, al menos apunta hacia un sentido.
-¿A qué va un niño a la escuela?
-Un niño va a la escuela a perder el tiempo y a cometer errores. Y eso está bien, porque perder el tiempo no es inútil, es necesario. ¿Saben lo que significa la palabra ‘escuela’? Esto los griegos lo entendieron muy bien: el griego scholé, que da origen a nuestra ‘escuela’, no significa otra cosa que ‘ocio’, ‘tiempo libre’, tiempo para aprender sin la tiranía de lo inmediato. En ese sentido, perder el tiempo en la escuela es aprender a habitarlo: a convivir con la espera, con la curiosidad, con el aburrimiento incluso. Es un espacio para descubrir que hay cosas que solamente se logran con paciencia, con ensayo y error. En una sociedad que idolatra la productividad y la inmediatez, recuperar el espíritu de la scholé es quizás el mayor acto revolucionario que podemos enseñarles a los niños. Falla, falla cuanto antes y falla muchas veces. En el tiempo libre que significa la palabra escuela es donde uno va a aprender del error, de la repetición deliberada, donde existe siempre algo de hormesis. La hormesis es el principio por el cual nos vamos acostumbrando a las dosis adecuadas de presión, de negociación con la frustración y de fortalecimiento, no sólo de la razón sino también de la voluntad. Y esto nunca se hace en soledad: Platón, en labios de Sócrates, recordó que “comunes son las cosas de los amigos”. En la escuela se traba esa dinámica en común donde el ver a otros querer ser mejores, nos hace mejores.
-¿Qué aporta internet al proceso de aprendizaje hoy día? La otra cara de la moneda sería preguntarle, ¿en qué momento internet no aporta?
-Aporta todo. No aporta nada. Se suele decir que todo está en internet, lo cual no es realmente cierto, pero incluso si lo fuera, no significaría gran cosa. Permítame proponer una metáfora, que sería muy del gusto de San Agustín. Pensemos en el Museo del Prado, una de las mayores pinacotecas del mundo. Imaginemos que, aunque no sea cierto, todos los cuadros del mundo estuvieran allí. Ahora bien, si ignoro siquiera lo que es un cuadro, ni siquiera entraré al museo. Me perderé el conocimiento. Si tengo una vaga idea de lo que es un cuadro, puede que entre y contemple los pasillos, pero si pienso que solo por pasear por las afueras del museo ya poseo todo ese conocimiento, estaré haciéndome trampas al solitario.
Lo mismo ocurre con internet. El verdadero problema no es cuánto conocimiento contiene, sino quién lo busca, cómo y por qué. Para un mapache, internet no existe. Para quien no ama el conocimiento, tampoco. ¿Quién ama aquello cuya existencia ignora? ¿Quién escribe en un buscador ideas que ni siquiera sabe que existen? Nadie. Y aquí es donde está la paradoja: internet amplifica enormemente el acceso al conocimiento, pero no puede despertar el deseo por él.
La inteligencia artificial, como los modelos LLM, nos está dando una lección clara al respecto: el prompter, es decir, el que sabe hacerse preguntas, es el verdadero dueño del aprendizaje. Internet puede ser el museo más grande del mundo, pero solo quien sabe preguntar sabe cómo recorrerlo. Sin amor por el conocimiento y sin buenas preguntas, internet no aporta nada. Para quien se hace preguntas, y muchas, internet aporta muchísimo. Algo semejante pasa con nuestras “antiguas” bibliotecas. Internet puede ser enriquecedor o puede convertirse en el fármaco del olvido sobre el que advertía el rey Thamus del mito platónico.
-En el colegio el niño aprende a socializar. ¿Podría desarrollar esta idea?
-En la escuela los niños aprenden a socializar, sí, pero esto no es forzado, ni debería serlo. Socializar significa que lo que se aprende en la escuela no es tanto a ser social, sino a reconocer la naturaleza social que ya poseemos. Somos seres sociales por naturaleza, no porque nos lo impongan, sino porque nuestra naturaleza humana lo exige. Aquí viene lo contraintuitivo: nadie enseña a otro a ser lo que por naturaleza ya se es. El ser humano no necesita ser educado para ser social; lo que necesita es un espacio adecuado para que esa socialización se desarrolle y fluya. Es decir, en la escuela se aprende a desarrollar la naturaleza social que el ser humano ya posee. No se enseña a ser social, sino a saber cómo desarrollar plenamente nuestra naturaleza del mejor modo posible. La verdadera socialización no se basa en reglas, digamos, cívicas. Lo que ocurre en la escuela es el reconocimiento de que, en el fondo, lo que hace a los niños sociales es su capacidad de observar a otros en acción, de reconocer que, al ver a los demás querer ser mejores, quieren ser mejores ellos también. Este dinamismo de crecimiento colectivo es algo tan intrínseco que ni siquiera es necesario que alguien lo explique. La interacción entre los niños es un proceso orgánico que refleja la verdadera esencia de lo que somos: seres diseñados para vivir en comunidad y aprender de ella. Sin embargo, socializar no equivale a diluirse en el grupo, ni a abrazar un igualitarismo acrítico. Como afirmó Isaac Asimov: "La corriente de antiintelectualismo ha sido un hilo constante que recorre nuestra vida política y cultural, alimentada por la falsa idea de que la democracia significa que mi ignorancia es tan válida como tu conocimiento". La socialización verdadera no conduce al buenismo igualitarista. Al contrario, debe ser un proceso que permita reconocer que no todos los aportes son equivalentes y que el progreso colectivo exige tanto la humildad de aprender como la valentía de destacar. Sin este discernimiento, la socialización degenera en conformismo, y la comunidad pierde su capacidad de crecer y mejorar.
-¿Hoy día en los colegios se lee y se escribe menos que hace unos años ( y no tantos)?
-Hay una profunda relación entre dos cosas: la idea de transformación personal frente a la pasividad y el hecho de que no nacemos con una predisposición natural a la lectura. La lectura implica un acto deliberado de trascender lo meramente dado o funcional. En el caso de la transformación personal, no se trata solamente de que la cosas que hacemos hagan algo para nosotros, sino de convertir esas actividades en un proceso de autoconstrucción, un hacer algo de nosotros. En la lectura y en la escritura esto no significa un reflejo innato, sino una elección activa de desconectarse del automatismo cotidiano para explorar, reflexionar y, en última instancia, transformarse. Ambas ideas apuntan a que el crecimiento personal —ya sea a través del trabajo o de la lectura o de cualquier otra actividad humana— no ocurre por defecto, sino que exige una intervención consciente, una voluntad de ir más allá de lo inmediato y lo práctico.
Responder con un “sí” o un “no” a esta pregunta es quedarse en la superficie. La cuestión no es solo cuantitativa, sino existencial: ¿qué significa hoy “leer” y “escribir”? Si leer se reduce a entender un meme y escribir a redactar un mensaje de WhatsApp, entonces podríamos decir que nunca se ha leído y escrito tanto. Pero si leer implica construir un pensamiento propio a partir de un texto complejo, y escribir significa articular una idea con precisión y profundidad, entonces la respuesta es clara: hoy se lee y se escribe menos. No en cantidad, sino en sustancia.
El problema de fondo es el antiintelectualismo roussoniano que nos envuelve. La exaltación de “lo natural” y la desconfianza hacia lo adquirido han calado en la educación. Leer y escribir son actividades artificiales en el mejor sentido: no nacemos con ellas, no son impulsos espontáneos. Son actos que nos construyen, que nos sacan de la inmediatez de lo biológico para elevarnos a lo humano. Pero Rousseau y sus herederos han convencido a muchos de que lo que no surge de manera natural es una imposición, una carga innecesaria. Y así, en la escuela se cultiva cada vez más la espontaneidad y cada vez menos el rigor.
El resultado es que se lee y se escribe menos de verdad. No porque haya menos texto, sino porque se ha degradado la experiencia de la lectura y la escritura. Se han vuelto herramientas funcionales, útiles para resolver tareas, pero no para transformar a la persona. Y cuando algo deja de transformar, se convierte en un trámite.
-Usted afirma que "Un buen maestro te complica la vida". ¿Por qué?
-Porque si no te la complica es que no es un buen maestro. Todos los maestros que realmente dejan huella tienen dos características: primero, son exigentes; segundo, tienen la capacidad de hacer que lo difícil se vuelva inteligible, aunque nunca cómodo. Un maestro que no te incomoda, que no desafía tu pensamiento y que no te enfrenta a tus propias limitaciones, es solo un animador educativo, un facilitador de información. Pero un maestro de verdad no está ahí para que aprendas con facilidad, sino para que aprendas de verdad.
Peter Kingsley, al principio de En los oscuros lugares del saber, lo expresa de forma brutal: la única forma de encontrar lo que realmente deseas es verte en una encrucijada donde no hay escapatoria, donde todos los caminos parecen llevar al infierno. Un buen maestro te empuja a esa encrucijada intelectual, te deja sin respuestas fáciles, te enfrenta a la realidad de que el conocimiento no es un derecho automático, sino una conquista personal. Y aquí está la clave: en ese punto de máxima dificultad, si estás preparado, algo dentro de ti despierta. Si no estás preparado, si nadie te ha llevado hasta ahí, llegarás a ese punto cuando ya sea demasiado tarde. Y esto no está reñido con el hecho de que el maestro aparece cuando el alumno está dispuesto, ni un minuto antes.
Hoy se confunde la educación con la comodidad. Se evita la incomodidad como si fuera un error del sistema. Pero un buen maestro te complica la vida porque en la complicación surge el crecimiento. Si alguien dice que aprendió mucho con un profesor “porque se lo puso fácil”, en realidad no aprendió nada. Solamente acumuló información sin haber sido transformado por ella. Como dice aquel proverbio oriental: “Prepara al niño para el camino, no el camino para el niño”.
-¿Le ayuda el ser filósofo para desarrollar su profesión de maestro?
-Bien, en primer lugar, ser filósofo, en todo caso, lo admito como el hecho de que todo ser humano lo es de modo exotérico. En segundo lugar, el sentido de filósofo especialista o “con una obra” o experto, es decir, filósofo esotérico, no lo soy. Prefiero ser uno más de los que están aprendiendo. Eso es todo.
Por otro lado, la materia que uno imparte posee unos contenidos. Son los contenidos los que configuran la metodología, no al revés. Parece un detalle nimio, algo en lo que uno no se fija. Sin embargo, como siempre sucede en la vida, podemos elegir. Podemos pasar por alto esa evidencia o podemos elegir preguntarnos por qué eso es así. Es decir, podemos preguntarnos por qué motivo el contenido de lo que se enseña condiciona el modo en el que dicho contenido se transmite.
Esto significa que al desarrollar la profesión de maestro uno se da cuenta de que está ante un proceso enormemente complejo ante un ser –el ser humano– que es el sistema complejo por excelencia. No hay una promesa de “apretamos estas teclas y entonces los alumnos hacen A, B, C”. Entender al ser humano como un sistema mecanicista y determinista es no entender qué es ser humano. Es una realidad que, como toda realidad, tiene la complejidad que tiene. Y esta realidad es muy compleja. Lo que no puede hacerse –me digo como profesor de Filosofía– es negar la complejidad que realmente tiene este tema por intentar adecuarla a mi capacidad por entender complejidades. Es decir, no puedo adecuar la complejidad a la cantidad de complejidad que yo soy capaz de procesar.
Hoy en día se insiste en metodologías que parecen querer eliminar el esfuerzo intelectual del aprendizaje, como si el conocimiento se pudiera "entregar" sin que el estudiante tenga que hacer el trabajo de pensar. Pero si algo enseña la Filosofía es que la realidad es irreductible a fórmulas fáciles y que la educación no puede convertirse en una colección de atajos. Eso me lleva a admitir que la transmisión de conocimiento incluye la necesidad de suscitar en los alumnos más preguntas de las que tenían antes de entrar en el aula.
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