Con la finalización del verano y la temporada específica de playa, comienza a animarse la escena de los Pinares de Rostrogordo. Grupos diseminados de familias y amigos se acercan el domingo a disfrutar de un día nublado pero caluroso. El cielo encapotado apenas ha dejado caer algunas gotas dispersas. Entre los árboles se divisan mesas, sillas, hamacas y tiendas de campaña dispersas por esta particular zona arbolada de Melilla.
Los Pinares de Rostrogordo tienen la particularidad de acoger un ambiente familiar y distendido, compartiendo comida y bebida. Los pequeños sonidos de la naturaleza apenas se escuchan en las zonas donde las familias se asientan; sin embargo, este domingo, en la zona acondicionada de barbacoas de ladrillo, una derbuka acaparaba la atención. Abdu sostenía este instrumento típico del norte de África mientras sus amigos acompañaban, disfrutaban y alguno se animaba a tocar. El percusionista va siempre acompañado de su derbuka, “como si fuese una riñonera”, sostiene el joven, que lleva practicando “desde pequeño” y, como si de un maestro se tratase, nos muestra cómo es la técnica de golpear la derbuka para lograr sonidos diferentes. El centro, los laterales: cada golpe genera un sonido que acaba con un fuerte impacto en el centro, con el que se “termina la rima”, nos explica. Con esta mezcla de sonidos se genera una melodía que acompaña diferentes ceremonias, como las bodas, junto con otros instrumentos que participan en los eventos. Esta vez, en los Pinos sólo se escuchaba la derbuka entre sonidos, risas, correteos y conversaciones distendidas. Abdu ponía melodía a las veladas dejando que la música acaparase el espacio.
Este grupo de amigos no suele venir todos los fines de semana; sin embargo, este domingo ha dado la casualidad de que el descanso ha permitido reunirlos allí. Y no de cualquier forma, pues además del ritmo musical han traído todo preparado para elaborar un tajín de ternera. Abdu es el cocinero; él es el encargado de realizar este plato típico marroquí mediante carbón depositado en el suelo, permitiendo que el utensilio culinario pueda cerrarse para hacerse con el calor en su interior. Después de una hora y media, la ternera estará lista para acompañar la velada y hacer que los comensales disfruten de este plato típico marroquí, sin importar las horas, pues el día acompaña al sosiego y a la distancia del reloj.
A su lado, un grupo amplio con niños y adolescentes se encuentra reunido. Entre ellos están José y Susana, junto con sus hijos. Todos los presentes no suelen juntarse mucho en los Pinares de Rostrogordo; sin embargo, esta pareja sí suele disfrutar del aire libre mediante pequeñas rutas en Río Nano y otros caminos aledaños. Ellos preparan sus mochilas con bocadillos y, junto a sus hijos, hacen pequeñas caminatas, animando a los pequeños a andar y pasar tiempo al aire libre “disfrutando de la naturaleza” y alejándolos de las pantallas. Son de los que se fijan en los pequeños detalles. Este domingo, de forma casual, al colocar una hamaca entre dos árboles, han descubierto el rastro de un insecto: “Es una cigarra, lo hemos investigado”, sostienen. En el interior de esta piel ya no había nada, pero su forma, con todo detalle, había permanecido intacta, enganchada al árbol. A través de esta observación han podido recordar y explicar la metamorfosis a los más pequeños, dando espacio para descubrir de forma práctica contenidos educativos.
Un poco más alejadas, otras familias se reúnen, esta vez para celebrar el cumpleaños de una de las mujeres presentes, María Victoria. Entre comida, bebida, juegos de mesa para los adultos y juegos deportivos para los niños, los amigos allí reunidos comienzan a charlar sobre anécdotas infantiles relacionadas con el medio natural; sus vivencias y prácticas con los insectos cuando eran niños, y cómo la educación ambiental de padres a hijos ha ido modificándose. Recuerdan la práctica “de hacer la corbata” a los escarabajos, mientras en la mesa se escucha “es una asquerosidad” y se abre el debate sobre las distancias generacionales y el respeto a los seres vivos, una actitud que hace algunas décadas no era tan visible, ni generaba tanta conciencia entre los más pequeños.
Siguiendo los caminos de tierra entre piedras, una familia pasea con su pequeño hijo, el cual busca insectos y se empeña en seguir a un gato que llama su atención tras una de las vallas del camping. Sufian Mohamed y Alejandra García, junto al pequeño, no suelen pasearse mucho por los coloquialmente llamados Pinos, aunque esta vez se han visto motivados por el tiempo y por las características naturales del entorno. “Es un buen sitio para traer al niño”, sostienen ambos. A lo lejos, se divisa el parque infantil. Cerca de él se encuentra un grupo de mujeres pertenecientes a una misma familia, “de sangre y política”, recalcan. Ellas no suelen venir en verano, pues es una época estival que dedican más a la playa, en su mayoría. Sin embargo, para estas vecinas, los Pinares de Rostrogordo aportan tranquilidad, aire puro y desconexión, algo que les permite pasar el día de una forma sosegada en compañía y que aprovechan hasta el último rayo de luz, y un poco más. Muchas veces el tiempo se pasa y la oscuridad llena el espacio, viéndose obligadas a recoger utilizando las linternas de sus teléfonos móviles relatan entre risas y recuerdos cercanos. Una característica propia de esta zona natural y silvestre, pues con ella te envuelves y te entregas a no reconocer el tiempo, y cuando te quieres dar cuenta, las horas han pasado.
Para ellas, esta zona de la ciudad “está poco aprovechada por los melillenses”, aunque en algunas épocas del año se vuelve difícil encontrar un sitio en el que asentarse con la familia o las amistades, algo que obliga a anticiparse y salir antes de casa. Además, las fuentes no tienen agua y los servicios son escasos; tampoco hay papeleras de reciclaje. Son demandas que esta familia pone sobre la mesa, pues consideran que con “poquito dinero podrían arreglarlo”. También apelan a que haya alguna zona más infantil habilitada para los más pequeños y hacer un poquito más acogedor el espacio para los niños. A pesar de ello, la familia disfruta la temporada y la compañía entre el entorno natural y el aire puro que propicia esta zona de Melilla, y que aporta no sólo la familiaridad y la acogida, sino el disfrute de la naturaleza y el reconocimiento y mantenimiento de un área no urbanizada, permitiendo que el aire puro invada los domingos de otoño.
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