El reciente accidente ferroviario ocurrido en Adamuz ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad que, más allá del balance de heridos o de las investigaciones técnicas, suele quedar en un segundo plano: el impacto psicológico que sufren las víctimas directas e indirectas de este tipo de tragedias. El shock, la desorientación, el miedo persistente o la aparición de recuerdos intrusivos forman parte de una experiencia traumática que no termina cuando cesan las sirenas de los servicios de emergencia.
Para comprender cómo se aborda psicológicamente una situación de este calibre, El Faro ha hablado con Juan Manuel Fernández Millán, psicólogo, quien desgrana las fases por las que pasan las víctimas, el papel crucial de los primeros intervinientes y la necesidad de un acompañamiento humano y profesional que va mucho más allá de la atención inmediata.
Según explica Fernández Millán, los primeros momentos tras un accidente de gran magnitud no son el espacio para una intervención psicológica en sentido estricto. "La primera fase es la de shock, y ahí es muy difícil trabajar psicológicamente", señala. En ese instante inicial, la prioridad no es analizar emociones ni verbalizar lo ocurrido, sino garantizar la supervivencia y la seguridad.
"Lo único que hay que hacer es un trabajo de los medios, de los servicios de emergencia y de rescate", subraya.
En este contexto, la comunicación debe adaptarse radicalmente a la situación mental de las personas afectadas: mensajes breves, claros, directivos y comprensibles. "La comunicación tiene que ser muy corta, muy directa y sobre todo hay que alejar a las personas de la zona de peligro".
En muchos casos, añade el psicólogo, son los propios afectados quienes, de forma espontánea, adoptan un papel activo. "Empiezan a ayudarse entre ellos, a sacar a otros, a organizarse como pueden. Muchas veces esos primeros momentos los solventan los propios afectados".
Superada la fase inicial, la intervención se vuelve más compleja y exige diferenciar claramente los perfiles de las víctimas, ya que no todas se encuentran en la misma situación ni requieren el mismo tipo de atención.
Fernández Millán identifica varias tipologías fundamentales: personas que salen ilesas, personas heridas pero conscientes y documentadas; personas heridas inconscientes y sin documentación; fallecidos plenamente identificados; y, finalmente, desaparecidos o cadáveres sin identificar.
"Cada una de estas situaciones exige una forma distinta de trabajar, tanto con las víctimas como con los familiares", explica.
En el caso de las personas ilesas o heridas con las que se puede comunicar, el psicólogo es claro: lo primero es escuchar. "No se trata de dar consejos ni de explicar nada al principio. Lo primero es escuchar, acompañar, evitar que se sientan solos".
Las víctimas necesitan relatar lo ocurrido, ordenar mentalmente una experiencia caótica. "Tienen que darle forma a todas esas ideas que les están pasando por la cabeza", afirma Millán.
Solo después de ese proceso de verbalización llega el segundo paso: la normalización.
"Hay que explicarles muy bien que todo lo que están sintiendo es normal en una persona normal ante una situación anormal". Miedo, llanto incontrolable, bloqueo emocional o incluso la ausencia total de lágrimas entran dentro de lo esperable. "Eso hay que hacérselo ver para que la persona no piense: 'me estoy volviendo loco'".
Uno de los aspectos más delicados tras un accidente de estas características es la comunicación con los familiares. Fernández Millán reconoce que existen protocolos legales estrictos - especialmente en la confirmación de fallecimientos -, pero advierte del riesgo de olvidar el factor humano.
"La gente necesita saber. Lo peor en estas situaciones es la incertidumbre", afirma. La necesidad es doble: los familiares quieren información y los afectados necesitan comunicar que están vivos, heridos o a salvo.
Por ello, el psicólogo insiste en medidas tan simples como facilitar teléfonos a quienes han perdido los suyos durante el accidente. "En estos siniestros se pierden muchos móviles. A esas personas hay que facilitarles un teléfono para que llamen a sus familiares". Esta acción, además de aliviar la angustia, evita el colapso de líneas oficiales por llamadas desesperadas.
En los casos más graves, cuando las personas están inconscientes o en coma y no están documentadas, la intervención se vuelve más lenta y compleja. "Hay que esperar a que se pueda reconocer a la persona", explica el psicólogo. Una vez identificada, la comunicación con los familiares debe ser clara y honesta, incluso cuando el pronóstico es incierto. "Hay que decir la verdad y, en algunos casos, preparar para lo peor".
Cuando se confirma un fallecimiento con certeza absoluta, la información también debe trasladarse a los familiares, siempre con sensibilidad y acompañamiento. Y en los casos de desaparecidos o cadáveres sin identificar, el trabajo pasa por recopilar descripciones físicas y datos que ayuden a poner nombre a quienes aún no lo tienen.
Una vez escuchada la víctima y normalizada su reacción emocional, llega una tercera fase: ayudarla a mirar hacia adelante. "Cuando el psicólogo ve que esa persona puede, es el momento de preguntarle '¿y ahora qué vas a hacer?'".
Puede tratarse de reencontrarse con un familiar, iniciar terapia psicológica o plantearse, poco a poco, la vuelta a la normalidad. "Facilitar el reencuentro con los seres queridos es fundamental", subraya Fernández Millán.
Uno de los efectos más frecuentes tras un accidente ferroviario es el miedo persistente a volver a utilizar ese medio de transporte. "Eso es casi seguro que va a ocurrir", reconoce el psicólogo. Pero el problema no suele quedarse ahí.
"Se produce lo que llamamos generalización: el miedo empieza en el tren, pero luego se extiende al avión, al coche, a los espacios cerrados". Este proceso puede acabar condicionando gravemente la vida diaria de la persona afectada.
Durante las primeras semanas es normal experimentar síntomas como pesadillas, 'flashbacks' o recuerdos intrusivos. "Si eso va a menos, estamos dentro de lo esperable. Si va a más, entonces hay que ponerse en manos de un especialista".
Juan Manuel Fernández Millán es contundente en este punto: "Para los miedos solo hay una solución, que es exponerte a la situación que te provoca ese miedo". Evitarla únicamente refuerza el problema y amplía sus efectos.
La exposición, sin embargo, debe hacerse de forma progresiva y controlada. "Al principio se puede trabajar imaginándolo, luego viendo imágenes de trenes, después yendo a un andén, entrando en un tren y saliendo". Este proceso, conocido como desensibilización sistemática, permite recuperar la confianza poco a poco.
"Si empiezas a evitar lo que temes, eso va a influir en cómo llevas tu vida", advierte. Algo tan cotidiano como coger un autobús para ir al trabajo puede convertirse en un obstáculo insalvable.
Las palabras de Juan Manuel Millán resaltan que un accidente ferroviario como el que ha ocurrido en Adamuz no termina cuando se retiran los restos del siniestro. Sus consecuencias psicológicas pueden prologarse durante meses o años si no se abordan adecuadamente.
Escuchar, normalizar, comunicar con humanidad y acompañar en el proceso de recuperación son pilares fundamentales para que las víctimas no queden atrapadas en el trauma. Porque, como recuerda el psicólogo, sobrevivir no siempre significa haber salido ileso.
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