La feria melillense dibuja cada año un mapa económico particular donde conviven tradición y modernidad. Tres tipos de empresarios feriales muestran diferentes grados de evolución en sus modelos de negocio, revelando las tensiones entre el carácter público del evento y las exigencias comerciales actuales.
En el primer extremo se sitúan los organizadores de reuniones gastronómicas en torno a la paella. Su negocio apenas ha variado en décadas: mismos fogones, similar clientela, idéntico ritual social. "La paella es lo que es", explica uno de estos empresarios veteranos, que prefiere mantener el anonimato. "Aquí no necesitas pantallas ni luces de colores. La gente viene a comer y charlar como siempre".
Esta resistencia al cambio contrasta con la presión que sienten otros sectores feriales por innovar y competir en un mercado cada vez más exigente.
En el extremo opuesto, los propietarios de casetas-pub han protagonizado una auténtica revolución empresarial. La inversión en equipos de entretenimiento se ha disparado en los últimos años. Pantallas LED gigantes, sistemas de sonido profesionales, espectáculos en vivo y experiencias inmersivas forman parte ahora del catálogo habitual.
"Cada año tienes que sorprender o te quedas atrás", reconoce un empresario del sector que ha invertido más de 100.000 euros esta temporada en renovar su equipamiento. "La competencia es feroz y el público es muy exigente".
La transformación no se detiene en el espectáculo. La seguridad emerge como el nuevo terreno de batalla comercial, con empresas peninsulares que han detectado un nicho de mercado prometedor. Personal especializado, tecnología de control de accesos y cámaras de alta definición se han convertido en elementos indispensables para los empresarios más ambiciosos.
Esta dualidad define el presente de la festividad melillense: un ecosistema donde conviven desde el chiringuito familiar que sirve el mismo menú desde 1985 hasta complejos de ocio que rivalizan con las mejores discotecas europeas. Dos mundos que se observan mutuamente con una mezcla de respeto y desconcierto, mientras la ciudad celebra en esta extraña simbiosis entre lo ancestral y lo ultramoderno.
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