Claveles rojos y lecturas a viva voz, permitieron recordar la vida y la obra de Federico García Lorca desde la intimidad de una mesa compartida. -Cedida-
Querido Federico:
Tengo que contarte algo, allá donde estés. Anoche estuviste presente. No era tu imagen la que presidía aquella mesa sostenida entre murallas que guardan memoria, bajo estrellas suspendidas sobre un cielo oscuro, entre el calor, las velas y los faroles; los claveles rojos, las palabras y los recuerdos. Eras tú, o algo de ti. Tu esencia, tu vida, tu legado. Esa huella que, noventa años después, sigue apareciendo allí donde alguien pronuncia tus versos, intenta comprender tus símbolos o vuelve a preguntarse quién fuiste y todo lo que todavía podrías haber sido. “Velada la memoria de Federico”, fue el nombre que describía el encuentro promovido por Sibila Teatro bajo la coordinación de Ceres Machado.
Quizá nunca llegaras a imaginar hasta dónde podía llegar tu mirada. Esa capacidad profunda de retratar lo invisible, de encontrar debajo de las palabras aquello que un pueblo guarda y que casi nunca sabe explicar. La intimidad de una voz que anhela justicia y presencia. Tu forma de observar sacudió la historia y sigue sacudiendo la creación. Anoche, alrededor de aquella mesa, estaban tus claves, tu memoria, tu vida, tu personalidad, tus palabras en verso y tus obras de teatro. Y estaba también esa pregunta inevitable que acompaña a quienes te leen: ¿qué habría escrito Federico si le hubieran dejado vivir?
¡Ay, Federico! Cuánto has invocado en quienes te han seguido leyendo, interpretando, estudiando y admirando. Tu corta vida fue arrebatada con tan solo treinta y ocho años, en aquellas primeras semanas en las que la oscuridad se cernió sobre un pueblo y la violencia se cobró la sangre de miles de personas. Donde las amistades y las familias se enfrentaron; y al igual que tú, las personas no encontraron refugio para conservar la vida.
No tenemos una figura tuya ante la que recordar, ni siquiera un lugar cierto donde dejar unas flores. Pero anoche hubo memoria. Hubo recuerdo de lo que fuiste y, sobre todo, de lo que pudiste llegar a ser. Tan joven. Tan genio. Tan especial a la hora de mirar y describir.
Anoche, el arte y la identidad -sexual, femenina, gitana…- se encontraron para celebrar tu vida y tu obra. Y allí sucedió algo maravilloso: las voces se entretejieron con tus poemas. Tus mujeres se alzaron y cobraron vida. Los gitanos del Sacromonte se alzaron también y descubrieron su universo, su cultura. Pero no eran las voces de aquellos que te inspiraron y que tú convertiste en personajes, imágenes o versos. Eran las voces de artistas, creadores, hombres y mujeres melillenses que, tantos años después, siguen recordándote y admirándote.
Hablaron de tu vida, de la profundidad con la que escribías, de esa capacidad tuya para recoger la esencia más profunda de un pueblo, del arraigo, de las tradiciones… y convertir esa mirada en literatura. Hablaron del mundo gitano que conociste y al que te acercaste con una sensibilidad poco común; de esas palabras tan propias de una cultura que tú supiste escuchar, comprender y trasladar después a tus poemas, aunque a veces todavía nos cueste descifrar todo lo que contienen. Su significado, tan arraigado a las costumbres.
También hubo espacio para el amor, la forma de amar libre entre personas del mismo sexo. También para tu capacidad de sumergirte en los albores femeninos, en los retratos de una sociedad árida y áspera. En la negritud de Cuba donde seguiste encontrando lugar entre los desarraigados y desposeídos.
Y allí, aquella noche de martes, tus poemas cobraron voz. También de la manera en que los artistas te han mantenido vivo durante todos estos años: cantando tus versos. Invocándote en las composiciones flamencas. Entre amigos sentados alrededor de aquella mesa, las palmas y los golpes sostenidos sobre la madera acompañaron las lecturas. “Verde que te quiero verde. Viento verde. Verdes ramas. El barco sobre el mar y el caballo en la montaña”, se escuchaba sobre las murallas. Y aquellos versos resonaron de una manera íntima, en voz baja. Suave y compartida. Entonces, las palabras se fundieron con voces diferentes.
¡Qué bonito, Federico! Qué bonito y necesario desprender el compás alrededor de tus palabras. Celebrando. Tú pusiste las palabras. Eran tuyas y de nadie más. Ellos las recordaban, las cantaban, las volvían a mirar y, al hacerlo, resignificaban tu obra. Una obra inmensa a pesar de tu juventud. Y quizá por eso, alrededor de aquella mesa, había también cierta orfandad: la de quienes sienten que se quedaron sin poder leer más de ti. Sin descubrir qué caminos habría tomado tu escritura. Qué giros nuevos habría dado tu lenguaje. Qué habría sucedido con aquel tono cambiante, con aquel realismo capaz de describir con precisión la raíz y, al mismo tiempo, alcanzar lo universal. Qué otras puertas habrías abierto hacia ese surrealismo que ya acariciabas antes de que la muerte interrumpiera tu camino.
Tu cuerpo cayó, pero tu obra no. Quizá ese sea uno de los grandes misterios de tu historia. Intentaron arrebatarnos tu voz y acabaron convirtiéndola en memoria. Tu silencio se llenó de lectores, de músicos, de actores, de investigadores, de poetas, de gitanos, de artistas y de personas que todavía encuentran algo de sí mismas en tus palabras. En lo que guardamos de ti sigue estando tu genio. Sigue estando la inspiración. Sigue estando el valor.
¡Ay, Federico! ¿Quién te hubiese contado esto noventa años atrás? No sé si lo habrías creído. Quizá no te habría sorprendido saber que también hubo risas. Risas contagiosas. Comentarios dicharacheros que aligeraban por momentos la emoción. Tal vez te habría gustado saber que aquella alegría tuya, la que recordaron quienes tuvieron la fortuna de conocerte, también estuvo presente. Porque recordarte no significa convertirte únicamente en tragedia. También significa devolverte la vida, aunque sea por unas horas, a través de aquello que fuiste.
Hubo lágrimas y congoja. Hubo identidad. Hubo reconocimiento. Hubo identificación sexual y creativa. Hubo, sobre todo, un reconocimiento a esa mirada tuya que no se quedó en la superficie, sino que buscó el significado escondido detrás de los gestos, de las palabras, de los silencios y de las formas de vivir. Y hubo versos de otros escritores, como Neruda, que escribieron desde la desdicha sobre tu muerte y sobre aquello que el mundo perdía contigo. De lo que tu pluma podría haber escrito y no pudo.
Noventa años después, siguen teniendo sentido. Porque anoche no se celebraba únicamente una obra. Se celebraba una ausencia. La ausencia de todo lo que no pudimos conocer de ti. La ausencia de los poemas que no escribiste, de los personajes que no inventaste, de los escenarios que no llegaste a mirar, de las palabras que se quedaron para siempre dentro de ti.
Pero también se celebraba tu permanencia. La certeza de que, pese al tiempo, pese al silencio y pese a aquella violencia que quiso borrarte, sigues apareciendo. En una voz. En una guitarra. En unas palmas. En una mesa compartida entre amigos. En la memoria de un pueblo. En los ojos de quienes vuelven a leerte. Y anoche, Federico, estabas allí. No como una fotografía. No como una estatua. No como un nombre detenido en la historia. Estabas vivo en las voces.
Y mientras alguien volvía a pronunciar tus versos, mientras unas manos marcaban el compás sobre la mesa y las luces temblaban entre las murallas, pensé que quizá esa era la forma más hermosa de recordarte. Querido Federico, anoche volviste a caminar entre nosotros.
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