Opinión

Balerma, ha llegado el momento

Mientras mi razón y mi corazón tratan de ponerse de acuerdo, la bilis de mis tripas, como la de los balermeros, brota a borbotones

Poco podemos hacer ante la fuerza de la naturaleza. Lo inteligente, como están haciendo en otros lugares, es reconocer la derrota, asumir los desmanes cometidos y empezar a deconstruir el litoral. Lo sé, es fácil decirlo y muy difícil hacerlo, pero seguir insistiendo en los mismos errores, construyendo barreras para estabilizar nuestro rinconcito, ignorando hasta cuándo, a sabiendas de que desestabilizamos el de los demás, es perder tiempo y dinero.

Todos lo sabemos, por eso el pesimismo, el cansancio, la resignación, el desánimo, y la frustración por no saber qué más se puede hacer, eran las sensaciones que embargaban a los que se reunieron en el paseo marítimo convocados por la Mesa de Trabajo por la estabilización de la Playa de Balerma.

Pero sobre todas ellas, había una más poderosa que surge de las tripas, de las entrañas, que se ramifica en otras muchas, y a la que nuestros dirigentes tienen miedo, verdadero pánico, porque saben que una vez desatada, ni el corazón, ni la razón, podrán apaciguarla: la rabia de estar sufriendo una injusticia, un agravio comparativo con los municipios vecinos y sentir que se están riendo de todo un pueblo al ignorar sus peticiones, buscando soluciones insuficientes y prorrogando una y otra vez la ejecución de estas.

La ira, al descubrir que las excusas de las leyes, la burocracia y los estudios son solo la manera de justificar su inacción, su incapacidad, sus intereses partidistas; que las bonitas palabras de apoyo, comprensión y las promesas de actuar son su estrategia para ganar tiempo, silenciar los gritos, calmar los ánimos para que pataleemos en casa mientras ellos calculan hasta donde llegará el presupuesto, y por consiguiente, qué trozos de costa, historia y vivencias personales sacrificarán; que sus medias verdades susurradas, confidencias, consejos, notas de prensa contradictorias, y la polémica de la bandera negra, buscan dividir al pueblo, dispersar el impacto de la ola, la intensidad del seísmo, la fuerza de la corriente que se les viene encima.

En esa disyuntiva me muevo, en la del sentido y el bien común, y la del interés sentimental por no perder la playa de Balerma. Y mientras mi razón y mi corazón tratan de ponerse de acuerdo, la bilis de mis tripas, como la de los balermeros, brota a borbotones. Es por eso, que el discurso del portavoz de la Mesa de Trabajo, que empezó recordando que estamos en una crisis ambiental, económica y social sin precedentes, me pareció un acertado aviso a navegantes, una llamada a la rebeldía, a la revolución, a un levantamiento popular que ponga nerviosos, contra las cuerdas, a los que deben tomar las decisiones y nos saben mansos, dóciles y manejables.

Hay que recordarles que fueron muchas malas decisiones las que nos han llevado a esta encrucijada, pero también algunas ilegalidades que callamos, y quizás, habría que tener la valentía de cometer ahora nosotros. No debemos olvidar que cien espigones ilegales resaltan entre el río Adra y Balanegra, y que el alcalde de Berja y la alcaldesa pedánea en ese momento, construyeron un espigón ilegal que los obligaron a retirar en 2009, pero que sirvió para advertir de que estaban dispuestos a todo y, quién sabe, si no fue el chantaje para acelerar la declaración de urgencia y construir los espigones del 2015.

Da igual el partido al que votes, si consideras que los aspectos ambientales son prioritarios, si hay que seguir confiando en los plazos que sabes serán insuficientes y llegarán tarde, si crees que las soluciones son definitivas o parciales, si defiendes la historia de Malerva, la vieja almadraba, los recuerdos de tu infancia, o la casa junto al paseo marítimo recién comprada.

Ha llegado el momento de tomar una decisión, a vida o muerte, es ahora o nunca. O, como canta Amaral, nos tumbamos sobre lo que queda de arena a esperar que suba la marea, se lleve la playa, la Balerma pesquera, los momentos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, mientras cantamos el precioso himno rociero de los recuerdos del abuelo; o pasamos al rock and roll, y convertimos la bandera negra en la bandera pirata, rebelde, insumisa que nos cobije y nos guíe a todos juntos, como la Libertad con el pecho al aire de Delacroix.

O mejor, mostrémosles el culo desnudo como los escoceses de Braveheart, mientras gritamos, que podrán robarnos nuestra playa, pero no la libertad, o al menos, la oportunidad de luchar por ella. Si el 10 de mayo los ejidenses no nos unimos y nos amotinamos, un día agacharás la cabeza cuando tus nietos pregunten por qué Balerma no tiene playa. Mejor mostrar las cicatrices de la derrota, que la falsa sonrisa del sometido.

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