Opinión

El arte de perdonar

“Significa renunciar a castigar un delito o una ofensa, a cobrar una deuda o a exigir una equivalencia”

Tras leer la reflexión de la semana pasada sobre la venganza estética, varios amigos me han pedido que me refiera al perdón, ese valor, ese arte y esa virtud que las ciencias humanas y las religiones explican y aplican de diferentes maneras. En el ámbito del derecho, de la política, de la ética y de la economía, se suele emplear como sinónimo genérico de indulto, amnistía, condonación, absolución, gracia o clemencia. En su sentido más estricto, es una aportación religiosa de diferentes creencias y más concretamente de la judía, la musulmana y la cristiana, aunque los respectivos creyentes lo expresan y lo practican de diferentes maneras.

Recordemos que esta palabra etimológicamente procede de “donar” y significa renunciar libre y gratuitamente a castigar un delito o una ofensa, a cobrar una deuda o a exigir una equivalencia. Si analizamos el fondo de las acciones de perdonar y de ser perdonados descubrimos que son experiencias vitales muy hondas que están dotadas de múltiples dimensiones vitales, no sólo religiosas individuales y colectivas, sino también antropológicas, psicológicas, sociológicas, jurídicas y políticas.

Por muy petulantes o ingenuos que seamos, hemos de reconocer que, por el mero hecho de ser humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, estamos cargados de limitaciones, de deudas y de culpas, y que, en consecuencia, el perdón, más que un rebajamiento, es una necesidad y una grandeza. Todos -por muy íntegros que nos creamos-, para vivir en paz con nosotros mismos y con los demás, necesitamos continuamente perdonar y ser perdonados.

La experiencia del perdón fortalece la convicción de que no estamos de más en una comunidad, de que podemos ser alguien y hacer algo, de que no somos simplemente tolerados y, sobre todo, que, a pesar de nuestros errores, podemos seguir siendo nosotros mismos aceptando nuestra fragilidad consustancial. Cuando la experiencia del perdón es creativa, se instauran nuevas relaciones interhumanas y nuevos lazos interpersonales que, incluso, puede dar origen a una amistad más profunda, a una colaboración más eficaz y, en consecuencia, a una nueva vida. Perdonar, efectivamente, es asumir la apuesta y el riesgo de rememorar el pasado asumiéndolo, y de encontrarse con el otro adoptando una actitud positiva, por encima de la culpabilidad que le atribuimos. Perdonar es un arte y hay que aprenderlo. Francisco recuerda que el primero en pedir perdón es el más valiente; que el primero en perdonar es el más fuerte y que el primero en olvidar es el más feliz.

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