En una ciudad donde África y Europa se dan la mano cada mañana, donde el habibi convive con el buenos días y donde las llamadas a la oración se mezclan con el bullicio mediterráneo, hablar de lactancia materna es adentrarse en un territorio tan complejo como fascinante. Melilla, esa perla enclavada en el norte de África pero con corazón español, se enfrenta este año al reto de "construir sistemas de apoyo sostenibles" para la lactancia, como reza el lema de la Semana Mundial que acaba de celebrarse.
"Aquí no hay Mercadona en cada esquina", bromea Mercedes Morilla, miembro del área de Salud mientras explica por qué la lactancia materna cobra especial relevancia en la ciudad autónoma. Y no le falta razón: en un territorio que depende del ferry para todo –desde los pañales hasta las fórmulas infantiles–, dar el pecho se convierte en algo más que una decisión sanitaria. Es, literalmente, una apuesta por la sostenibilidad.
La peculiar situación geográfica de Melilla, esa condición de isla en tierra firme, ha forjado una mentalidad particular. "Cuando tienes que traer todo de fuera, valoras más lo que produces en casa", reflexiona Morilla, que prefiere mantener el anonimato pero no la pasión con la que habla de su trabajo.
Si algo caracteriza a Melilla es su diversidad, y en materia de lactancia esta riqueza cultural se manifiesta de formas sorprendentes. "Tenemos madres que vienen de tradiciones donde amamantar hasta los dos años es lo normal, y otras donde el biberón se ve como sinónimo de modernidad", explica la matrona.
Las cifras oficiales se desconocen –algo que la propia profesional reconoce como una asignatura pendiente–, pero la experiencia de consulta dibuja un panorama complejo. Las mujeres musulmanas practicantes, por ejemplo, suelen prolongar la lactancia siguiendo preceptos religiosos que ven en ella una bendición. En el extremo opuesto, algunas familias de tradición europea asocian el destete precoz con la incorporación laboral de la mujer.
"El mayor enemigo de la lactancia materna no está en los hospitales, está en el salón de casa", sentencia la entrevistada con una sonrisa cómplice. Y es que, en Melilla como en tantos otros lugares, el peso de la tradición familiar puede más que todos los consejos médicos del mundo.
La escena se repite una y otra vez en la consulta: madre primeriza que quiere dar el pecho, suegra que insiste en que "con biberón crecen igual de sanos" y pareja que navega entre dos aguas sin saber muy bien hacia dónde remar. "Al final, muchas optan por lo fácil, que no siempre es lo mejor", lamenta la profesional.
En una sociedad donde conviven múltiples tradiciones, los mitos sobre la lactancia florecen como flores silvestres. "Que si el pecho pequeño no da leche, que si comes ajo el bebé lo nota, que si duele es que lo estás haciendo mal...", enumera la matrona mientras pone los ojos en blanco. "Es increíble cómo perduran estas creencias en pleno siglo XXI".
La labor de desmitificación se ha convertido en una constante en su trabajo diario. Armada de evidencia científica y dosis generosas de paciencia, esta profesional se enfrenta cada día a siglos de tradiciones orales que, aunque bienintencionadas, no siempre están fundamentadas.
La pandemia dejó huella en Melilla de manera particular. El cierre de la frontera con Marruecos, que tradicionalmente nutría las estadísticas de natalidad de la ciudad, provocó un descenso drástico en el número de partos. De los 3.000 anuales que se llegaron a registrar, las cifras cayeron en picado.
"Pero eso no ha afectado a la calidad asistencial", matiza la entrevistada. "Al contrario, al tener menos volumen hemos podido dedicar más tiempo a cada familia, y eso se nota en el acompañamiento de la lactancia".
La formación del personal sanitario se ha convertido en una prioridad. La unidad docente de matronas organiza seminarios regulares, y la colaboración con la Iniciativa para la Humanización de la Asistencia al Nacimiento y la Lactancia (IHAN) ha reforzado los conocimientos del equipo.
"No basta con saber técnica", reflexiona la profesional. "Hay que entender que cada familia es un mundo, y que en Melilla ese mundo puede incluir cuatro idiomas, tres religiones y dos continentes en una misma consulta".
Los planes para mejorar las tasas de lactancia exclusiva hasta los seis meses pasan por varias líneas de actuación. Desde la formación continuada del personal hasta la mejora de los espacios físicos, pasando por algo tan básico como disponer de datos fiables sobre la situación actual.
"Necesitamos saber de dónde partimos para poder medir hacia dónde vamos", reconoce la matrona. La falta de estadísticas específicas sobre lactancia en Melilla es, quizás, uno de los retos más urgentes por resolver.
Al final de la conversación, Morilla resume su filosofía con una frase que encierra toda la complejidad del tema: "La lactancia no puede recaer solo en la madre, requiere del entorno, de la cultura y, sobre todo, del acompañamiento profesional constante".
En una ciudad donde cada día amanece entre dos continentes, donde las culturas se encuentran y a veces chocan, donde la diversidad es norma y no excepción, la lactancia materna busca su espacio. No es tarea fácil, pero tampoco imposible. Como dice el refranero melillense, adaptando una máxima universal: "Para criar a un niño hace falta toda una ciudad". Y en el caso de Melilla, esa ciudad tiene la suerte de ser única en el mundo.
La Semana Mundial de la Lactancia Materna 2025 ha servido para poner el foco en una realidad compleja pero esperanzadora: la de una sociedad diversa que busca puntos de encuentro en beneficio de sus pequeños ciudadanos.
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