Álvaro Salvador Prieto, el juez que da una oportunidad cada Jueves Santo

Este año, B.H.M, un interno de 55 años será liberado con libertad condicional y acompañado durante un año por la cofradía y voluntarios cristianos

En Melilla hay una escena que se repite cada año cuando se acerca la Semana Santa, pero que nunca deja de llamar la atención. Un preso sale de la cárcel y recupera la libertad en pleno Jueves Santo. Puede sonar a historia de película pero lo cierto es que esto ocurre de verdad en la ciudad autónoma. Detrás hay decisiones legales, informes, reuniones y un juez que tiene la última palabra.

Ese juez es Álvaro Salvador Prieto, magistrado del Juzgado de Menores, juez de vigilancia penitenciaria y también juez decano de la Melilla. Lleva desde 2019 tomando una de las decisiones más delicadas (y a la vez más humanas) dentro del sistema penitenciario local. Elegir quién será la persona que tendrá esa oportunidad.

Porque, conviene aclararlo desde el principio, aquí no hay ningún “perdón” ni atajo legal. “Lo que se concede es una libertad condicional”, explica. Es decir, no se borra la condena, sino que se permite al interno terminarla fuera de prisión si cumple ciertos requisitos. Y eso cambia bastante las cosas.

Todo empieza muchos meses antes, en septiembre, cuando la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo de Medinaceli solicita al centro penitenciario que se inicie el proceso. A partir de ahí, se pone en marcha una maquinaria discreta pero constante. La Junta de Tratamiento estudia casos, revisa expedientes y, junto a la cofradía y el voluntariado, selecciona tres candidatos.

Tres nombres que llegan a la mesa del juez.

“Se me presentan tres personas y yo elijo entre ellas la más adecuada”, cuenta Salvador Prieto. Así, sin rodeos. Pero esa elección, aunque suene sencilla, tiene bastante fondo. No se trata solo de mirar cuánto tiempo ha cumplido cada interno, sino de entender su situación personal, su entorno, sus posibilidades reales de empezar de nuevo.

Y aquí hay un detalle que sorprende: no importa el delito. “No hay ningún tipo de exclusión de perfil delictivo”, asegura. Es decir, no se descarta a nadie de entrada por lo que hizo, sino que se valora cómo está ahora y qué opciones tiene de reinsertarse.

El caso de este año encaja bien con esa idea. El interno elegido, B.H.M, tiene 55 años, ha cumplido más de la mitad de su condena por un delito contra la salud pública y tiene cinco hijos. Su situación familiar y económica ha pesado en la decisión. Porque al final, como reconocen desde el propio centro penitenciario, no se trata solo de números, sino de personas.

Claro que esta oportunidad viene con condiciones. No es salir y olvidarse de todo. “Si incumple, reingresa en prisión y pierde el beneficio”, advierte el juez. Así de claro. Es una segunda oportunidad, sí, pero con reglas muy concretas.

Lo interesante de Melilla es que la historia no acaba cuando el interno cruza la puerta de la cárcel. De hecho, ahí es donde empieza lo más complicado. Durante un año entero, la cofradía y el voluntariado se vuelcan con él. Le ayudan a encontrar trabajo, a conseguir una vivienda, a tener ropa, a gestionar papeles incluso a reformar una casa si hace falta.

No es un gesto puntual, es un acompañamiento real. “Es un trabajo arduo”, reconocen desde la dirección del centro penitenciario. Y esa implicación es, probablemente, lo que marca la diferencia.

El juez, por su parte, no está encima del día a día del liberado. Solo interviene si surge algún problema. El seguimiento habitual lo llevan los servicios penitenciarios. Es una forma de dar margen, pero sin perder el control.

Aun así, Salvador Prieto tiene clara su opinión sobre todo este proceso. “Es una tradición muy bonita y es darle una oportunidad a una persona para que rehaga su vida con ayuda”, comenta. No lo dice desde lo teórico, sino desde la experiencia de haber visto varios casos de cerca.

Y la pregunta que muchos se hacen: ¿cómo reacciona la gente ante algo así? ¿Se entiende que un preso salga en estas circunstancias? El magistrado no duda: “Sí, la sociedad lo entiende bien”. En una ciudad como Melilla, donde esta práctica lleva más de dos décadas repitiéndose, la sorpresa inicial ha dado paso a cierta normalidad.

Quizá porque, en el fondo, la historia engancha. Tiene algo que mezcla justicia, oportunidad y un punto de esperanza. No todos los días se ve cómo alguien pasa de estar entre rejas a tener la opción de empezar de cero, con apoyo y con condiciones, pero también con margen para demostrar que puede hacerlo mejor.

Y ahí, en ese momento en el que todo depende de una decisión y de lo que venga después, es donde el papel del juez cobra todo el sentido. No como alguien que simplemente firma un documento, sino como quien debe equilibrar la ley con la realidad de una persona.

En Melilla, cada Jueves Santo hay un nombre propio que sale de la cárcel. Pero detrás de ese nombre hay meses de trabajo, muchas miradas puestas en un mismo objetivo y una pregunta que, en el fondo, lo sostiene todo: ¿merece esta persona una segunda oportunidad?

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