Los Cuernos de don Friolera interpretación - MarcosGpunto-
El Teatro Kursaal Fernando Arrabal acoge desde este viernes 27 de marzo Los cuernos de don Friolera, la adaptación dirigida por Ainhoa Amestoy del texto de Ramón María del Valle-Inclán. La obra, que también se representará el sábado 28 a las 20:30 horas, llega a Melilla tras un año de gira y como uno de los montajes más ambiciosos dentro del recorrido reciente de la directora, tanto por su complejidad escénica como por el alcance del proyecto.
El recorrido de Amestoy dentro del teatro comienza desde la interpretación. Sus primeros pasos como actriz, con apenas 18 años, estuvieron ligados a la formación y al trabajo junto a distintos directores, en una etapa marcada por el aprendizaje y la experiencia sobre el escenario. Sin embargo, ese vínculo con el teatro fue ampliándose con el tiempo hacia una mirada más global. Fue, en buena medida, a partir de su experiencia docente en un colegio donde las artes tenían un peso fundamental cuando empezó a construir espectáculos desde otra perspectiva. Allí, trabajando con alumnos y preparando montajes, comenzó a pensar el teatro no solo desde el personaje, sino desde el conjunto.
Ese contexto, explica Amestoy, le permitió descubrir la dirección como un espacio donde convergen todos los elementos de la escena: la interpretación, la luz, la escenografía, el ritmo, la construcción del universo dramático. A partir de ahí, decidió formarse en dirección de escena en Madrid y orientar su trayectoria hacia ese terreno. Desde entonces, su trabajo ha ido consolidándose a través de Festival Producciones, la compañía con la que ha desarrollado numerosos proyectos y desde la que ha mantenido una línea de trabajo centrada en los textos clásicos y en la literatura española.
En ese planteamiento hay una idea que atraviesa su trayectoria: trabajar con un autor implica reivindicarlo. No se trata, sostiene, de intervenir el texto hasta desdibujarlo, sino de ponerlo en valor, de entender su potencia y trasladarla al escenario desde el presente. Esa relación con los clásicos ha llevado a la compañía a investigar sobre distintos autores y a construir un discurso que conecta la tradición literaria con la sensibilidad contemporánea.
En Los cuernos de don Friolera, ese enfoque se despliega con especial intensidad. El montaje se apoya en el texto de Valle-Inclán respetando su estructura, su lenguaje y la construcción de sus personajes. Durante el proceso de trabajo, las acotaciones originales han sido incorporadas a la escena a través de narradores, integrándose como parte activa del relato. No son un añadido, sino un elemento que completa el discurso del autor y que, en palabras de Amestoy, permite escuchar esa otra dimensión literaria que acompaña a la acción.
La obra, que cumplió cien años, presenta una estructura que sigue resultando exigente. Una misma historia se cuenta desde tres puntos de vista diferentes, un recurso que hoy el espectador reconoce con facilidad, pero que en su momento supuso una propuesta formal innovadora. Valle-Inclán, señala la directora, se adelanta a formas de narrar que ahora forman parte del lenguaje audiovisual, lo que refuerza su carácter moderno y su capacidad para dialogar con el presente.
Trasladar esa estructura al escenario implica un trabajo interpretativo de gran precisión. El reparto asume la multiplicidad de personajes y la necesidad de transitar constantemente entre registros. Algunos actores encarnan hasta seis o siete papeles distintos a lo largo de la función. Entre ellos se encuentra el melillense José Bustos, cuya participación se integra en un elenco que sostiene la complejidad del montaje y que combina distintos perfiles y experiencias.
El trabajo sobre el lenguaje ocupa un lugar central en la propuesta. La escritura de Valle-Inclán, con su riqueza y su aparente distancia, exige un estudio profundo para poder ser trasladada con claridad al espectador. Amestoy explica que el proceso ha sido exhaustivo, tanto desde el punto de vista lingüístico como desde el físico. La palabra y el cuerpo se articulan en una puesta en escena que busca hacer comprensible el texto sin perder su singularidad.
El esperpento atraviesa toda la obra como un eje fundamental. Valle-Inclán lo desarrolla tanto desde la teoría como desde la práctica, y en Los cuernos de don Friolera encuentra una de sus expresiones más completas. Se trata, concreta Amestoy, de un género propio que mezcla la tragedia y la comedia, y que permite construir una mirada deformada, crítica y profundamente humana de la realidad. Esa combinación se traduce en escena en una alternancia entre momentos de tensión y otros en los que la risa aparece como parte del propio discurso.
Esa mirada crítica no se limita al contexto histórico del autor. La obra aborda cuestiones que siguen presentes en la sociedad actual. La violencia, la presión social, la identidad o la influencia de la mirada ajena atraviesan la historia y conectan con el espectador contemporáneo. En ese sentido, Amestoy sostiene que el teatro tiene una responsabilidad: no solo entretener, sino también generar preguntas. La escena se convierte así en un espacio donde se activa una reflexión que va más allá de lo inmediato.
La puesta en escena permite, además, diferentes niveles de lectura. Por un lado, ofrece una aproximación al texto desde su complejidad literaria y su construcción formal. Por otro, permite seguir la historia desde una dimensión más directa, vinculada a los conflictos que atraviesan a los personajes, como los celos o el entorno familiar. Ambas capas conviven dentro de un mismo planteamiento escénico.
En el plano visual, la escenografía adquiere un papel determinante. El espacio se construye a partir de una estructura que permite alternar interiores y exteriores, generando distintos ambientes dentro de una misma composición. Al mismo tiempo, introduce una sensación constante de vigilancia. El personaje se mueve en un entorno en el que parece observado, juzgado y expuesto, en una imagen que remite al drama del juicio social y al sacrificio.
Los distintos niveles escénicos refuerzan esa construcción. La disposición en altura permite mostrar diferentes formas de mirar al personaje, tal y como plantea el propio Valle-Inclán: desde una posición horizontal, desde arriba —donde el personaje se reduce casi a un títere— o desde abajo, donde se eleva. Esa dimensión conecta directamente con el esperpento y con la manera en que los personajes se deforman, se fragmentan o se convierten en figuras manipuladas.
Cada elemento de la escena participa en esa lógica. La iluminación, el vestuario, el movimiento o la disposición de los actores forman parte de un sistema en el que todo tiene un significado. “En teatro todo significa”, sostiene Amestoy, al explicar cómo el espectador va descodificando esos signos, incluso cuando no es plenamente consciente de ello. En ese contexto, el cuidado del detalle se convierte en una base del trabajo, especialmente en un momento social en el que, según señala, parece imponerse la inmediatez.
La creación del espectáculo se desarrolla desde la colaboración entre los distintos integrantes del equipo artístico. La dirección organiza ese proceso, integrando las aportaciones de cada área en una propuesta que se construye de forma progresiva. El resultado es un montaje en el que cada decisión responde a una lógica interna y en el que todos los elementos avanzan en la misma dirección.
Con esta propuesta, Los cuernos de don Friolera llega a Melilla como una adaptación que recupera a Valle-Inclán desde la escena contemporánea, manteniendo su complejidad, su lenguaje y su mirada crítica. Un montaje que se sostiene sobre la investigación, el trabajo de texto y la construcción escénica, y que sitúa al espectador ante una obra que, cien años después, sigue interrogando la realidad.
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