Adela Trifan expresa en sus retratos la energía invisible de lo humano

Más allá de la imagen, cada trazo captura emociones y energía, revelando que aquello que está vivo está en movimiento constante

Las obras de Adela Trifan (Adelacreative) invitan a mirar más allá de lo evidente. En la exposición colectiva Miradas de Mujer, organizada por la Fundación Baleària en la sala del Real Club Marítimo de Melilla hasta el 7 de diciembre, sus piezas se convierten en un diálogo íntimo con quien las contempla, dejando percibir que algo se mueve bajo la superficie de aquello que nuestros ojos pueden observar. Sus retratos no son meras representaciones realistas de rostros, sino espacios de vibración, de energía contenida, de emociones que atraviesan la materia. Cada trazo parece respirar, cada fragmento cuenta una historia que no se ve, pero se intuye. En sus pinturas hay un pulso invisible que recuerda que lo humano, lo emocional y lo cuántico están más cerca de lo que creemos.

Nacida en Rumanía, Adela se sintió atraída por el arte desde la infancia. Pasaba horas dibujando, su predisposición por los rostros, le ha llevado a observarlos con detenimiento, a captar empáticamente aquellos detalles que nos ayudan a  comprender qué hay detrás de una mirada o una sonrisa. Estudió en una escuela de arte y se preparaba para ingresar en la Facultad de Bellas Artes cuando su vida dio un giro: se trasladó a Canadá, donde residió durante casi una década. Allí estudió Diseño Multimedia y Visual Studies, ampliando su campo creativo hacia el diseño gráfico y web, disciplinas que más tarde se integrarían con naturalidad en su proceso artístico y su bagaje profesional. Sin embargo, su impulso hacia la pintura permaneció latente.

Ese regreso llegó con una revelación inesperada. Durante su paso por la Universidad de Toronto, cursó un año de arte, aunque su camino, finalmente le le llevó a estudiar física cuántica. Aquello transformó su manera de entender el mundo. “En el nivel subatómico somos energía”, explica. “No somos la misma persona de un momento a otro, porque la energía se transforma constantemente”. Esta idea, tan científica como poética, se convirtió en el corazón de su obra. Adela empezó a pensar en el retrato no como una imagen fija, sino como una manifestación de esa energía cambiante que nos compone. En sus cuadros, los rostros se fragmentan, se deforman o se superponen, revelando lo invisible, el proceso incesante de transformación que define la existencia.

Su pintura parte del realismo, pero no se conforma con él. Aunque domina la técnica del óleo con precisión clásica, busca que sus obras transmitan algo más que la imagen fiel de lo que observamos. “Intento capturar la esencia de las personas, no solo su apariencia”, resalta la artista. Esa búsqueda la ha llevado a observar detenidamente los rostros, las sombras, los gestos. “A veces me descubro mirando a alguien por la calle demasiado tiempo”, confiesa con humor. “Pero no estoy mirando a la persona, sino las luces, las sombras, la forma en que podría llevarlo al lienzo”, explica.

Esa observación profunda se traduce en retratos que parecen mirar desde dentro hacia afuera. Los ojos, siempre presentes, son ventanas hacia lo intangible, pero también hay obras donde los omite deliberadamente, experimentando con lo que sucede cuando esa profundidad se ausenta. “Hice una serie de retratos sin ojos y sentí que les faltaba alma”, recuerda. En su universo pictórico, la mirada es un punto de conexión entre el cuerpo físico y la energía interior.

La idea de la fragmentación se consolidó como un símbolo de identidad cambiante. “Nacemos de una forma, pero estamos en transformación constante. Intentamos mantenernos iguales, pero nunca lo conseguimos”, reflexiona. “Somos como un ordenador que se fragmenta: tratamos de volver a colocar las piezas donde estaban, pero ya no encajan del mismo modo”. Así, cada obra se convierte en una metáfora visual de ese proceso: rostros que se disuelven y se recomponen, líneas que vibran, colores que respiran.

Su serie Aire, creada durante la pandemia, incluye retratos que aparecen cubiertos por un film transparente que impide respirar. “El plástico simboliza la sensación de asfixia que vivíamos, no solo por las mascarillas”, explica. La serie se convirtió también en una reflexión sobre el medio ambiente, sobre el agotamiento de los recursos del planeta y la urgencia de volver a conectar con la naturaleza. Curiosamente, ese tiempo de encierro fue para ella un periodo fértil. “Tuve más tiempo para pintar, y eso me dio paz”.

Actualmente, Adela vive de forma temporal en Bulgaria. En esta etapa, su obra está evolucionando hacia una experimentación más libre, en la que el retrato sigue siendo el eje central, pero se abre a nuevas formas de expresión. En sus últimos trabajos, incorpora motivos florales y animales en peligro de extinción, símbolos de la conexión entre el ser humano y la naturaleza, representando la fragilidad del equilibrio natural y nuestra dependencia mutua con el resto de las especies. Estas figuras se entrelazan con los rostros humanos, como si compartieran la misma energía vital. Mantiene el retrato como eje central, pero sus obras han comenzado a incorporar elementos abstractos que le permiten explorar nuevas formas de expresión. “Siento la necesidad de libertad”, reconoce. “El realismo me da una base, pero lo abstracto me permite poner más de mí misma en las obras. Es un desafío que me motiva”. Su proceso incluye ahora la combinación de acrílico y óleo: el primero para las capas iniciales, que seca rápido, y el segundo para las veladuras que aportan profundidad. El resultado son piezas donde la figura humana convive con manchas, texturas, hojas, animales y velos de color que amplían su lenguaje visual y refuerzan su mensaje de transformación y unidad con la naturaleza.

Esa expansión no se limita a la pintura. Adela es también ilustradora de cuentos infantiles y trabaja en proyectos editoriales para público joven. Bajo el sello Fat Pepper Illustration, da vida a personajes y escenas llenas de ternura, imaginación y delicadeza. Además, desarrolla una línea de ilustraciones a tinta en blanco y negro, que comparte bajo el nombre Inki Imaginarium. En ellas, la precisión del trazo y el contraste entre luz y sombra revelan otra faceta de su talento: una sensibilidad gráfica que combina fantasía, naturaleza y humor sutil.  “Cada formato me permite expresar una parte diferente de mí”, expresa ante la capacidad inquieta de realizar obras diversas.

Pintar, para Adela, es una necesidad vital. “Cuando paso mucho tiempo sin pintar, no me siento bien”, confiesa. En el estudio, el tiempo desaparece. “Me concentro tanto que olvido comer. Es una forma de meditar”. Esa entrega absoluta convierte su proceso en una experiencia casi espiritual, una manera de canalizar la ansiedad y transformar el pensamiento en color. En su universo creativo, cada capa de pintura es una respiración, cada trazo un latido.

En ese contexto, las piezas de Adela dialogan con fuerza: sus retratos fragmentados, sus rostros en tránsito, su exploración entre lo visible y lo invisible son una metáfora de la mujer contemporánea que se reconstruye, se transforma y se afirma desde la sensibilidad. Mirar las pinturas de Adela Trifan es enfrentarse al misterio de la energía que somos. Sus obras no buscan respuestas, sino resonancias. Invitan a detenerse, a respirar, a reconocerse en la vibración sutil de lo humano en piezas que conforman un mismo ser. En sus lienzos, la materia y el espíritu se funden, la ciencia se vuelve emoción y la emoción se convierte en luz. Porque, como ella misma intuye, quizá el arte no sea más que eso: una forma de recordar que, aunque cambien los rostros y los tiempos, seguimos siendo pura energía en movimiento.

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