Cañas, canas y carcajadas: el experimento La Salle sigue funcionando

Antiguos alumnos lasalianos se reúnen tras 25 años para celebrar la historia compartida en La Salle

Hay algo mágico en los reencuentros que se cocinan a fuego lento. Y este fin de semana lo comprobamos. Un grupo de antiguos alumnos –ya con alguna cana rebelde, pero aún con el guiño intacto– nos dimos cita 25 años después de haber dejado atrás nuestro pequeño universo común: La Salle.

La excusa era sencilla: celebrar, recordar, brindar. Pero lo que pasó fue mucho más. Porque La Salle no fue solo un colegio. Fue un experimento educativo donde coincidió una promoción que tuvo la dicha de cruzarse con una serie de profesionales de los que dejan huella.

Porque La Salle no fue solo un colegio. Fue un experimento educativo donde coincidió una promoción que tuvo la suerte –sí, con todas las letras– de cruzarse con una serie de profesionales de los que dejan huella. Cada uno con su color, con su forma de estar y enseñar. Maestros, sí, pero también deshiladores de caos. Supieron mirar con ternura nuestros garabatos mentales, esos propios de animalitos ingenuos, llenos de vida y hambre de mundo. Y nos engañaron con dulzura, porque sin que nos diéramos cuenta, fueron deshaciendo ese ovillo de ideas locas, de emociones desbordadas, y lo pusieron todo… recto. Así. Como el camino que después seguimos.

Pero lo verdaderamente extraordinario son los lasalianos. Esos animalitos en bruto, inquietos e indómitos, a los que las clases -tan aburridas a veces, es cierto- les calaron tan hondo que acabaron convirtiéndose en artistas que crean belleza, en técnicos que resuelven lo imposible, en abogados que defienden la justicia, en maestros que iluminan nuevas mentes, en biólogos que descifran la vida, en médicos que la salvan.

En esto nos ha convertido La Salle: en la prueba viviente de que la educación auténtica no es solo transmisión de conocimiento, sino alquimia pura. La transformación de la energía dispersa en vocación, del caos adolescente en propósito adulto, de la rebeldía en compromiso. Nosotros somos el verdadero milagro de aquellas aulas.

Y entonces, claro, el reencuentro no fue un acto nostálgico. Fue una celebración de lo que fuimos y -más aún- de lo que seguimos siendo. Porque en cuanto nos vimos, bastaron segundos para que todo volviera: las bromas, los motes, las risas que te sacuden desde dentro. Y también las confidencias nuevas, los abrazos que ahora se dan con más fuerza, como quien sabe que la vida es corta y los afectos, un tesoro.

Gracias, La Salle, por ser brújula, refugio y hogar. Y lo mejor, por enseñarnos sin darnos cuenta a descubrir que pensar es un acto hermoso. Que sentir, también se podía aprender.

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